El río y el olvido

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Escurrido el cuerpo ya hasta del río que dicen se hizo

en la vileza del verdugo.

Escurrido de sus huesos, del polvo que ha de ser el salitre

carcomedor en la memoria del vástago.

Escurrido de todo y de su nada,

de la imposible voz para nombrar el crimen.

Escurrido y queda la oquedad del cansancio hacia otro lado

del que dicta el ruido y sordo se bate en sus miedos

cada vez que el gesto mecánico del muñeco de ventrílocuo

se mutila a sí mismo. Escurrido el cuerpo casi,

impregna los días, las semanas, los años,

la historia del llanto de la madre,

las palabras de roble del padre,

los pasos por todos lados, los rastros cuyo rostro

no sabíamos y aprendimos a nombrarlos.

¿Qué gritar si se te muere tu pierna y no la encuentras,

qué si se pudre tu hígado, hace huella la bilis

y deja su miasma en el vestigio del cuerpo?

*

Un poema de carne y hueso, jugoso. El

esqueleto que sostenga duro, expresado

en la suavidad de su blancura. Cuidar el

verbo como se cuida a un hijo con el

otro escondido en el espejo.

En lo oscuro, una línea más en la hendidura.

Y sílaba por sílaba medir el tuétano

y que el acento caiga sordo en el sueño más profundo.