MINIFICCIONES

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EL OGRO FILARMÓNICO

TODO COMENZÓ en el teatro. La orquesta interpretaría algunos valses de Strauss, el conocidísimo, hasta el aburrimiento, Cuatro estaciones de Vivaldi, y alguna rareza de Satie. Sin embargo, el joven apenas pudo llegar a tiempo. Había lleno y él aún no estaba lo suficientemente concentrado como para salir al escenario. Quiso cancelar, posponer o que un director suplente sacara el evento.

Volvió a casa. Entró cauteloso, sin hacer ruido. La casa estaba deshecha. Vidrios, trastes, lodo en las paredes, sangre en el techo, rastros de una batalla o como si un huracán hubiera decidido levantar la casa, sacudirla con violencia para dejarla caer. Entre el desorden descubrió las piernas de su compañero, con quien compartía la renta, separadas de su cuerpo, y la mancha de sangre cual estela. Los aparatos electrónicos saltaron sobre él, de la misma manera que lo habían hecho toda la mañana. Pequeños robots que se habían reproducido a sí mismos y no le permitían escapar. Corrió a su estudio, encendió el estéreo y apuntó los altavoces hacia ellos, los acordes de La Valquiria de Wagner inundaron el aire, y las máquinas se detuvieron, hipnotizadas.  El joven director, se colgó un reproductor portátil en el pecho, dejó escuchar la misma obra y con premura y cuidado, fue pasando entre los robots hasta salir de casa.

Regresó al teatro donde la oscuridad era tal que pareciera haber entrado a una caverna. Miró las butacas abandonadas llenas del polvo que dejan los años. Volvió sobre sus pasos, hacia la luz para alcanzar la salida a la calle. Al salir se vio frente a un amplio paisaje de jardines que se extendían hacia el horizonte.  Como a doscientos metros, calculando, observó una gran columna de roca maciza con escaleras alrededor para alcanzar la cima. Una sombra cruzó encima de él, levantó la vista y el cielo estaba cubierto de mujeres desnudas que volaban amaneradamente, como si nadaran en un estanque de aguas profundas.  El joven sintió que le faltaba oxígeno, que levitaba, elevándose hacia el cielo, hacia las mujeres que lo llamaban ansiosas. Se descubrió nadando en un mar tempestuoso para no ahogarse. Nadó hacia la columna de roca y cuando se sintió a salvo, el concierto terminó.

El público aplaudió de pie, hilarante. El joven director temblaba frente a la orquesta. Dio la cara al público y agradeció. Saladas lágrimas le devolvieron la cordura.

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Doctor en Ciencias Marinas, Posdoctoral Researcher en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la Universidad Autónoma de Baja California. Autor de las novelas Seremos tumba y Arena.