La señorita Ortiga

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La señorita Silvia que en realidad se llamaba Cleofas, era una mujer, poco agraciada, de cara ancha y brillosa. Tenía un vientre inflamado y brazos anchos. Usaba abrigos negros, grandes, caros; vestidos de buena tela, acompañados de medias y zapatos con tacón bajo. Le gustaban los hombres, pasaron por ella sacerdotes, sobrinos, hombres casados, esos son de los que nos dimos cuenta.

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Las señoritas Ortiga eran dos mujeres solteronas, grandes, con dinero, muy católicas, afanosamente ayudaban en la iglesia desde muy temprano, los domingos y cualquier otro día. Los padres de la iglesia, tenían un aprecio especial por ellas. Cuando juntos salían de vacaciones o iban a fiestas se presentaban como sus tíos.

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Imagino que atrás de la casa hace más o menos sesenta años todavía había milpas en donde ahora está la clínica del ISSSTE, ahí ha trabajado mi mamá. Un día de reunión, la señorita Silvia y su sobrino Cachón, no aparecían por ningún lado. Gil, ve a ver en dónde está tu tía. El niño regresa gritando están en la milpa y mi tía Silvia tiene una tripa en la mano. Estaba jugando con su sobrino Cachón, hijo de su hermano.

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Silvia, la señorita de más de cincuenta y con varios abortos en su haber. Silvia, la señorita que vociferaba, “los niños sin padre, son hijos del diablo”, incluyéndome. Era la señorita más respetada por los hombres y detestada por las mujeres de los hombres con los que se acostaba. Silvia guardaba mucho dinero en un cajón de madera, con él pagaba el amor de los hombres.  A falta de belleza, riqueza.

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La señorita Silvia murió llagada por su cama. La mujer que Cachón sacó de la cantina hace muchos años, que tenía muchos hijos de varios hombres, que ahora llevan el apellido Ortiga y viven en el terreno del abuelo Pedro, la tiró en el baño y jamás se pudo levantar más. Murió con el alma mala, odiando al que seguramente fue el único hombre al que amó, el esposo de su hermana

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Bióloga por la UAM-A con maestría en la UACH. Ha publica poemas en El financiero y relatos en molino de letras.