La leyenda maldita del palacio Blandeaux

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Alló, me llamo Jeanny, vivo en el Mediodía Francés, cerca de Tolosa, tengo dieciocho años y soy afortunada porque me ha tocado vivir las maravillas de este siglo xx que recién empieza; además, trabajo en el palacio de los duques de Blandeaux, soy ayuda de cámara de la duquesa, una hermosa mujer de veinte años casada con mi señor, un hombre mayor que pasa de los cuarenta, a quien ha rejuvenecido y ha hecho olvidar las penas de su viudez.

 Mis amos duermen en recámaras distintas, lo cual no significa que no se amen pues la duquesa lo visita todos los jueves por la noche y dicen los ayudantes de cámara del duque que a lo largo de la noche se escuchan murmullos, risas y gemidos de placer. Todos los jueves por la tarde la preparo para su encuentro: la baño, paso delicadamente la esponja por su largo cuello, me detengo en las axilas y sigo con sus blancos pechos que parecen flotar en el agua de la tina. Al contacto de la esponja y del suave frotamiento sus pezones se endurecen y sus mejillas se sonrosan, desciendo por las costillas que se marcan levemente, llego a su pequeño vientre, me detengo en su ombligo y mi mano se pierde en su entrepierna mientras su vello se tiñe de blanco por la espuma; froto sus alargadas piernas y al llegar a los pies, como si fuera una caricia, lavo cada uno de sus dedos; luego la seco, con suaves lienzos cubro su rostro y mis manos recorren su afilada nariz, sus delgados labios, la recuesto boca abajo y seco sus caderas que se perfilan como dos suaves colinas que se estrechan en la levedad del talle y continúan en la planicie de su espalda que se abre en flor. Cepillo su larga cabellera, la ayudo a vestir y la acompaño al salón donde aguarda mi amo. Nos vamos por los oscuros pasillos, alumbradas por la tenue luz de un candelabro, ya que eso que llaman luz eléctrica sólo hay en los salones principales del palacio y en las recámaras  de mis señores.

Parecerían ser felices pero no es así pues pesa sobre palacio una maldición. Cuentan que en los aposentos de mi señora se aparece el diablo. Que algunas noches, cuando ella se sienta en el retrete una ráfaga de viento helado apaga las bujías y en esa completa oscuridad se escuchan ruidos de cadenas que se arrastran, de láminas que se golp3.ean y voces del maligno. Belcebú toca la cadera de mi señora con su garra helada y a través de ella le transmite su maldad; la duquesa se contorsiona al recibir la descarga de esa energía, sufre convulsiones e, incapaz de hacer el menor movimiento, se desmaya. Satanás la lleva a su cama, la desnuda y la posee frenéticamente una y otra vez. Al día siguiente los moretones y rasguños en cuello y hombros dan fe de la violencia sufrida.

Una noche de jueves, cansada por el trajín del día decidí quedarme a dormir en un camastro que hay en el cuarto de mi ama. Pasada la media noche sentí la urgencia de orinar, me senté en el retrete de mi señora, malamente, pues Dios me castigó; apenas lo hice, una helada ráfaga de viento apagó las bujías y en esa completa oscuridad escuché ruidos de cadenas, de láminas, murmullos, gritos macabros y como un hielo sentí la garra del diablo tocando mi cadera, noté cómo descargaba en mí esa energía maligna y antes de que fuera tarde busqué la daga que guardo bajo la media, tiré un mortal tajo y se escuchó un ruido metálico, seguido de humo, de un fuerte olor a quemado y un horrible zumbido, la daga se puso al rojo vivo por haber tocado al diablo, saltaron chispas, luego llamas que al iluminar fugazmente el aposento hicieron que mi sombra creciera y danzara como si estuviera poseída por Satanás. El cuarto empezó a girar en mi cabeza, perdí el sentido, cuando lo recuperé estaba en la cama de mi señora, traté de mover los brazos y las piernas, pero fue imposible, en aquella oscuridad dos demonios me poseían: el malo, de manos pequeñas y regordetas me pellizcaba y arañaba bruscamente; el bueno, manos suaves y dedos alargados iba pulsando con ternura los sitios que aún en medio de esa noche de espanto y de terror no dejaban de excitarme; acercó sus labios a los míos, apreté los dientes pero él me besó con ternura sin dejar de acariciar mis mejillas, al relajarme introdujo su lengua en mi boca, respiré su aliento a vino, a canela, a clavo o a anís, muy distinto al olor a azufre que esperaba o al de ajo y cebolla que tenían los jóvenes que me besaron antes. Bajó a mis pechos, siguió por mi vientre hasta llegar al pubis y en vez de llevarme al infierno me condujo al cielo; parecía conocer todos los secretos de mi cuerpo y de mi alma. De pronto diablo malo me montó y me poseyó con tal fuerza que creí volvería a desmayarme, aunque diablo bueno me consoló y me ofreció su pubis para consolarme.

 Al día siguiente me sentí mal, pero mi ama me consoló. Al verme desconcertada y triste me abrazó, besó mi frente y me regaló un vestido, repitiendo lo importante que era para ella tenerme a su servicio.

La maldición ha seguido repitiéndose, sólo que ahora antes de vaciar la tina donde bañé a mi señora me aseo yo también y aunque sea algo indebido me unto algunas de sus cremas para suavizar mi piel y utilizo sus perfumes. He dejado de permanecer inmóvil, ahora también actúo y prodigo mis caricias, especialmente cuando sólo viene el diablo bueno, entonces nuestra intimidad no conoce límites, nos besamos y acariciamos con la pasión, la ternura y delicadeza como quizás sólo sean capaces de entregarse dos mujeres.

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Autor de siete novelas, de ellas, Cábulas fue publicada por Plaza y Valdés en 1987 y ha obtenido varios premios en cuento. Escribió guiones para “Hora Marcada” y en su columna “Taches y Tachones” ha publicado material diverso desde hace varios años en varios medios impresos y en la web, como cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión. Editorialista en dos programas de radio.