Flor de tuna

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Capítulo 10

El mensaje de fray Sebastián me había dejado indiferente, mas no así el manuscrito sobre la historia de los conventos de Riva Salgado. Jamás en mi vida había escuchado los nombres de fray Tomás Chico ni el de Felipe Hurtado. Sobra decir que no pasó mucho tiempo para que me sentara frente a la computadora, curiosa de indagar sobre el tema. Sin embargo, la información que encontré en internet, además de escasa y breve, divergía notable- mente entre sí. No sólo en las fechas, que quizá después de todo no era lo que más me interesaba, sino en la historia misma. En cierta página web de autor anónimo no se decía nada respecto a que Felipe Hurtado hubiera sido un ladrón y un mujeriego; por el contrario, en ella se señalaban las virtudes de un hombre íntegro, defensor notable del Catolicismo frente a la amenaza latente del Protestantismo holandés. Según este sitio de internet, Felipe Hurtado habría nacido al menos tres cuartos de siglo antes de los acontecimientos relatados en el manuscrito de Ariel Franco Figueroa en un pequeño poblado cerca de Brujas, en la actual Bélgica, cuando aún estaba bajo el dominio español de Felipe II. Tras defender la fe católica contra los protestantes holandeses, Felipe Hurtado habría viajado efectivamente a Córdoba y de allí a la Nueva España, donde nunca dejaría de luchar a favor de la Santa Iglesia Romana. En esa misma página se decía muy poco de Modesto de Riva Salgado. No se negaba que él había sido un mártir protector de indígenas, mestizos y mulatos, pero no se es- pecificaba tampoco de quiénes había sido mártir ni mucho menos se hacía referencia a la forma especial en la que su féretro hubo de ser construido.

La mayoría de los sitios de internet que trataban sobre los conventos de Riva Salgado omitían por completo la historia de Felipe Hurtado o fray Tomás Chico. En un par de libros de memorias, resultado de sendos coloquios de historia, se citaba el nombre de fray Tomás Chico, pero al intentar consultarlos me hallé con el contratiempo de que a uno le faltaban capítulos en  teros, incluyendo las páginas que hubieran podido interesarme, y el otro simplemente no abría el enlace o hipervínculo.

En ese momento yo no me había dado cuenta aún, pero ahora que lo escribo, después de todo lo que he descubierto de Huelelagua de los Llanos, estoy convencida de que fue entonces cuando empecé a desconfiar de la información que se halla en internet. No estoy diciendo que toda ella sea falsa, porque en realidad me parece que uno encuentra sobre todo cosas ciertas en la web. La cuestión más bien radicaba en cómo saber si lo que uno lee allí es falso, verídico o, en todo caso, medianamente falso o medianamente cierto. Porque, tras haber consultado aquella página de internet acerca de la historia de Felipe Hurtado, veía frente a mí al menos cuatro posibilidades: 1) que el manuscrito de Ariel Franco Figueroa decía la verdad y la página de internet  mentía; 2) que la página de internet decía la verdad y el manuscrito mentía; 3) que tanto el manuscrito como la página de internet mentían; 4) que tanto el manuscrito como la página de internet contenían verdades y mentiras. Lo más sensato, en ese instante, fue inclinarme por la última posibilidad, pero aun ésta contenía otra interrogante: si tanto el manuscrito como la página de internet contenían falsedades y hechos verídicos, ¿qué texto se acercaba más a lo que realmente había pasado y cuál al embuste? Además, quedaba la pregunta de si el autor era consciente de sus aciertos y errores, de si se habían ocultado, omitido, trocado o retocado algunos acontecimientos deliberadamente, ya sea por iniciativa propia o por censura de terceros… ¿y por qué?

Recuerdo también que más tarde, acordándome precisa- mente del caso de fray Tomás Chico, habría de preguntarme –mi vida ya se había vuelto una gran interrogante para entonces– si las dificultades para recuperar la historia de lo que realmente había acontecido cientos de años atrás, no serían exactamente las mismas con las que uno se enfrenta al indagar sucesos más recientes o incluso el pasado inmediato y el presente. Cabía la posibilidad de que fuera aún más complicado saber lo que verdaderamente sucedía en el presente, ya que los hechos podían ser encubiertos, enmarañados, minimizados o acallados inmediatamente después de acontecidos. Concluí que la dificultad para conocer “la verdad histórica” (llamémosla así) sobre cualquier suceso era proporcional a la facilidad con que dicha verdad podría ser escondida o distorsionada y finalmente perdida u olvidada.