La cruz

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En el año de 1977 mi familia y yo nos cambiamos de domicilio, después de vivir en la Delegación Tlalpan nos vinimos a Iztapalapa, sobre todo porque mis padres no tenían  dinero y terminamos en la colonia San Miguel Teotongo, la cual estaba recién fundada y apenas contaba con muy pocas casas.

En mi calle sólo había siete predios ocupados, el de la esquina que tenía una finca grande y bonita, sus dueños sólo venían los fines de semana; al lado de esta casa había otra muy pequeña que constaba de dos  cuartos y un baño en el patio, allí vivía un matrimonio con sus tres hijos, de edades similares a mis hermanos y a mi; nosotros éramos cuatro: mi hermano mayor de seis años, mi hermana de cuatro, mi hermano pequeño de tres y yo de cinco.

Nuestra casa estaba justo a la mitad de la calle, en medio de varios lotes  baldíos. En el otro extremo de la calle, vivía Juanita, una mujer de edad avanzada, estatura baja, pelo cano, ondulado y alborotado, además de tener una nariz prominente, que se notaba más por porque sus ojos eran muy pequeños, caminaba encorvada, apoyándose en un bastón.

En la acera de enfrente había tres casas más, una ocupada por la abuela, la hija y las nietas. La señora mayor como de cuarenta y tantos, pero atractiva y siempre bien maquillada, la hija de veintidós y ya con tres hijas. Estas mujeres trabajaban por la noche, así que de día, ellas dormían y las niñas salían a jugar a la calle.

La segunda casa era habitada por una señora que vivía con sus cuatro hijos, ya que según decía su marido estaba en los Estados Unidos, me imaginó que no había comunicación entre ellos y mucho menos le enviaba dinero para sus hijos,  pues recuerdo que los aboneros se cansaban de tocar su puerta y el tendero de cobrarle.

La última casa era también tienda, no muy bien surtida, pero si te sacaba de un apuro, como decía mi abuela, ya que vendían lo básico: huevo, azúcar, frijol, arroz, aceite y refrescos. Esta familia estaba compuesta por los abuelos (padres de la señora),  los hijos y los nietos que eran gemelos.

La convivencia entre vecinos se podía calificar como buena, dado que éramos pocos, los adultos  se limitaban a los saludos y reuniones en pro de la comunidad. Los niños solíamos salir a jugar; aprovechando la tierra suelta y  la abundancia de hierba, lo mismo preparábamos exquisitos manjares, o nos convertíamos en exploradores o cazadores, expertos domadores de mayates, asesinos de pequeños arácnidos. Como las tardes eran largas también nos daba tiempo de jugar con resorteras, “encantados”, “burro castigado”  y otros tanto juego de la niñez.

Juanita solía asomarse y a veces enojada gritaba: ¾¡cállense no me dejan oír mi novela, chamacos escandalosos! Nuestros vecinos y amigos de juego aseguraban que Juanita era bruja, mis hermanos y yo les decíamos que sólo era una viejita, un poco fea, pero eso no la hacía bruja.

En casa nos habían enseñado que debíamos a respetar a los adultos, pero sobre todo a los de edad avanzada, así que siempre le contestábamos bien a Juanita y le hacíamos ciertos favores, como ir por sus tortillas, ayudarle a barrer su patio o regar sus plantas. A cambio doña Juanita nos ofrecía dulces, refresco o nos invitaba a ver la novela “Mundo de juguete” con ella, mientras comíamos galletas y chocolates, que ella misma preparaba, todo esto en su cocina, a los demás cuartos nunca entrabamos. Nuestros amigos nos aconsejaban no comer nada, pues decían ellos: “los puede embrujar”. A veces sí nos daba miedo, pero la gula nos ganaba y terminábamos comiendo todo lo que nos ofrecía Juanita.

Mi casa tenía muy bonita vista, dado que no teníamos barda, el panorama que se veía   justamente a través de las ventanas de las recámaras era de calendario, decía mi abuelita, dado que se veía el  cerro en todo su esplendor, mismo  que simulaba una tortuga gigante, que además decían fue un volcán activo hace muchos años.  A mí me gustaba asomarme en las noches e imaginar todo lo que acontecía allí; según había escuchado, además de los grandes árboles y arbustos, había liebres, zorros, víboras, zorrillos, mapaches, entre otros. Mi hermana y yo por las noches nos dormíamos mirando con la esperanza de ver bajar alguno de esos animalitos, incluso llegamos a poner trampas en nuestro patio, donde los únicos animales que atrapamos fueron algunos perritos, gatos y hasta un ratón.

Durante algún tiempo nuestro nuevo hogar nos agradaba, sobre todo porque mis hermanos ya tenían su propia recámara y era mucho más cómodo compartir el cuarto sólo con mi hermana, y no con todos mis hermanos, como en la casa anterior.

Un día ya muy entrada la noche, sentí como alguien se metía a la cama, se acurrucaba en medio de nosotras y sollozaba quedito. Abrí los ojos y me di cuenta que mi hermano pequeño estaba muy asustado. Lo único que acertaba a decir era: “Las brujas me están viendo desde la ventana”, cuando escuché esto me dio tanto miedo, que no pude voltear hacía la ventana, decidí que lo mejor era dormirnos cuanto antes. Abracé a mi pequeño hermano, que durante toda la noche estuvo de espaldas a la ventana, igual que yo.

Al otro día mi hermanito y yo decidimos no decir nada, pues yo le aseguré que haríamos una trampa para que cayeran las brujas. Según la versión de mi hermano eran dos bolas de fuego, que bajaban del cerro y ya frente a la ventana tomaban forma humana, pero eran muy feas.

Durante el día estuvimos ideando qué hacer y aprovechando que bajo las ventanas había jardín, hicimos un gran hoyo, argumentando que allí se metería todo el desperdicio orgánico, que sirve para que las flores crezcan más bonitas.

La idea era que las brujas que venían rodando, desde la punta del cerro cayeran allí. A las doce de la noche mi hermano ya estaba acurrucado junto a mi, asegurándome que lo estaban viendo, por supuesto que ni siquiera volteé hacia la ventana.

Nosotros seguimos callados, mis otros dos hermanos parecían no haberse dado cuenta. En una de las ocasiones en que platicábamos con nuestros vecinos, uno de los gemelos comentó que a su casa iban brujas por la noche, que su papá había comprado una pistola de diábolos, y que no dudaría en dispararles para ahuyentarlas.

Días más tarde, nos dijo que  su papá les había disparado a las brujas  y que una de ellas quedó herida, que la sangre que había dejado regada parecía ceniza. En toda esa semana, las brujas no fueron a mi casa. Tal vez nos hubiéramos sentido felices, de no ser porque a Juanita le estalló la olla exprés y le sacó un ojo, como la pobre señora vivía totalmente sola, mi mamá y nosotros la apoyábamos.

La tuvieron que operar y le colocaron en el hueco un ojo de vidrio, que la única función que tenía era cubrir el vacío. Durante los días que estuvo hospitalizada, nos encargó sus plantas y nos dio llaves de su zaguán, pero no de sus cuartos, los cuales estaban completamente cerrados, pues hasta las cortinas eran muy pesadas y oscuras. A su regreso, mamá le guisaba y le aseábamos su cocina, el resto de la casa  ni siquiera lo conocimos, las luces estaban apagadas y las cortinas cerradas, ya que a Juanita  le lastimaba la luz.

Pronto le dio las gracias a mi mamá y le dijo que ya no era necesario que fuera, sólo nos pedía le hiciéramos ciertas compras. Tan ocupados estuvimos durante casi un mes, mismo en que curiosamente las brujas no visitaron mi casa.

Por fin nos reunimos nuevamente con nuestros amigos, al llegar  el gemelo nos puso al tanto, decía que las brujas habían dejado de venir porque seguramente su papá había matado a una de ellas, mi hermano y yo pensábamos que tal vez así era.

Misteriosamente uno de los gemelos empezó a enfermar a tal grado que ya no podía salir de su cama, los síntomas eran cansancio extremo, palidez, sed y fiebre, lo extraño es que ninguno de los médicos que lo visitaron lo pudieron diagnosticar de manera acertada. Así, poco a poco,  decía su mamá,  fue secándose hasta que murió.

El día del sepelio fueron todos los vecinos hasta doña Juanita, quien iba acompañada de una amiga, lo doble de fea que ella y a lo mejor también lo doble de grande, parecía que tenía más de cien años. Cuando pasé a ofrecerles galletas y té, doña Juanita dijo: “a tus hermanos y a ti nunca les pasará nada malo, pues son niños buenos, no debes preocuparte, sigan respetando a sus mayores y no les pongan apodos”. Al escuchar esto me pregunté, si  doña Juanita sabría que los niños de la calle le decían bruja y ahora la ojo de canica.

Después de tres meses de total calma, las brujas volvieron a bajar, así que tuvimos que contarle a nuestro hermano mayor y él que ya sabía leer nos llevó a la biblioteca, donde pidió un libro de brujas, allí decía que para ahuyentarlas nada mejor que una cruz, en la almohada de la víctima, de preferencia con unas tijeras, cuchillos o bien de cal, así que decidimos poner la tijeras en forma de cruz y aprovechando que se murió nuestro periquito, lo enterramos justo en el jardín y allí pusimos una cruz de cal.

No sabemos si la receta es cierta, pero efectivamente las brujas ya no llegaban a nuestras ventanas, decía mi hermanito que las veía bajar, pero se perdían en el camino. Estábamos contentos por haber logrado vencer a las brujas, pero una fatal noticia ensombreció nuestra felicidad, doña Juanita había sido atropellada al cruzar la calle, pues no alcanzó a ver el carro que venía, debido a su ojo de vidrio, murió al poco tiempo, su amiga se llevó sus pertenencias y la casa quedó abandonada durante mucho tiempo.

Mi hermanito sólo volvió a ver a una de las brujas, tiempo después, diciéndole desde lejos adiós.

 

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Nació en la ciudad de México. Egresada de la Carrera de Letras Hispánicas de la UAM-Iztapalapa. Docente Tutor Investigador de la materia Lengua y Literatura en la Preparatoria Iztapalapa 1 del IEMS de la Ciudad de México. Ha publicado en La aparecida, Molino de Letras y en el libro colectivo Cartas Marcadas (Cofradía de Coyotes, 2014) y en la antología Escribir para leer y no morir en el intento (Ed. AMEICAH, 2015).