Flor de Tuna

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                                              Capítulo 8

Mi conflicto con Arturo estaba lejos de resolverse. Me refiero a que con él, en la casa, las cosas marchaban casi nuevamente como antes, y eso era precisamente lo que me preocupaba: no estaba segura de que, volviendo a la vida previa, fingiendo ambos que nada había ocurrido, no se repetiría el incidente. Claro está que Arturo era libre de hacer lo que quisiera, como yo también lo era de decidir si continuaba con él o no.
Pese a las horas y días que había pasado en internet buscando una respuesta, una curación milagrosa, la herida de sentirme traicionada, engañada por mi marido, volvía a abrirse con frecuencia. Cuánto me hubiera gustado que en mi caso las cosas se hubieran resuelto tan rápido y de manera tan sencilla como lo relataba la mujer española, pero la realidad es que, luego de haber indagado a fondo cómo soy, concluí que quizás me asemejaba más a su abuela o a su madre que a ella: jamás he creído en príncipes azules, pero en mi concepción del amor tampoco ha cabido nunca la intimidad como simple sexo, como simple acto físico… para mí era eso, y algo más.
Aunque aquella noche de la pelea en el colegio de los niños Arturo y yo platicamos de buena forma sobre la riña, nuestros hijos, Carlos Alberto y otros sucesos del día, el tema de nuestra intimidad siguió siendo tabú.
A la mañana siguiente, incómoda y molesta conmigo misma por no haber sido capaz de platicar con Arturo sobre lo que realmente me inquietaba, hice lo que ya empezaba a hacérseme costumbre: pasar horas enteras en internet.
Casi todas las mañanas, después de que los niños se marchaban al colegio y Arturo al trabajo, yo me dirigía a la computadora. Buscaba y leía sobre una infinidad de temas diversos. Como me había sucedido respecto a Arturo, escribía en Google o en otro buscador cualquier palabra o frase que me interesara y en seguida me ponía a explorar las páginas que arrojaba el buscador.
Escasos días antes del pleito de mis hijos en la escuela, el telenoticiero matutino había informado sobre la muerte de un joven en el zoológico estatal. El joven, al parecer un estudiante universitario, había saltado a la jaula de los tigres movido por alguna idea insensata o bajo el influjo de alguna droga. Aunque visitantes y cuidadores intentaron socorrerlo, arrojando toda clase de objetos a los tigres y disparándoles dardos tranquilizantes, respectivamente, las bestias no pudieron frenar sus instintos asesinos e hicieron de su víctima parte de su platillo diurno.
Estas últimas palabras no son mías, lo que acabo de escribir es más o menos lo que dijo el locutor. Puntualmente, recuerdo la última frase “hicieron de su víctima parte de su platillo diurno”. Ahora que la transcribo, la encuentro inapropiada, ofensiva, inhumana. ¿Acaso el locutor no se conmovía en absoluto por la noticia que daba? Ya sé, el periodismo debe ser objetivo e imparcial (pero en Huelelagua de los Llanos este principio ha sido siempre mera teoría). Sea como fuere, la frase no dejó de resonar en mi cabeza… y las imágenes que no se habían transmitido en televisión, inconscientemente las busqué en internet el día siguiente del altercado de mis hijos en el colegio.
Y digo inconscientemente porque, sin pensar bien lo que buscaba, lo que quería encontrar aquella mañana, no titubeé un instante al escribir en la barra del buscador de internet: “joven universitario muere por ataque de tigres en Huelelagua”. Las primeras páginas que aparecieron fueron las de los mismos diarios televisivos de circulación nacional, seguidas por las de los periódicos estatales. No tardé mucho en encontrar el así titulado “video de la tragedia del zoológico de Huelelagua”. Lo había grabado un visitante con su teléfono celular.
Mi mirada estaba fija en el monitor. El trino de las golondrinas, que siempre han hecho nido en nuestro jardín, llegaba hasta el estudio, donde yo me encontraba. En ese momento la luz del sol me pareció un intruso indiscreto. Me levanté entonces para cerrar la puerta y las ventanas. Corrí las cortinas. Por alguna razón que desconozco, aquella semioscuridad me reconfortaba.
Volví a la computadora. Abrí el video.

                                               Capítulo 9

¿Por qué había buscado mas información sobre la muerte del joven universitario en el zoológico de Huelelagua? Y sobre todo: ¿Por qué había visto aquel escalofriante video? Aun no logro dar con una respuesta convincente. Lo que es indudable es que, por algunos días, no quise tocar la computadora. Baje rápidamente a la cocina para beber un poco de agua. Fue entonces cuando vi mi bolso colgando del perchero del pasillo y recordé que en ella aun guardaba los papeles que fray Sebastián me había dado. Al tomarlos, lo primero con que me encontré fue con la caligrafía grande y cursiva de fray Sebastián:

Disculpará usted doña Rebeca Ordoñez Cuesta, que me
permita escribirle en estos papeles que casualmente llevaba
hoy conmigo y que no son sino la historia legítima de este
recinto. Me fue inevitable escuchar su conversación con
el abad Higinio (a quien prefiero llamar Ingenuo, aun a
sabiendas de que de ingenuo no tiene un pelo).
Doña Rebeca Ordoñez Cuesta, usted únicamente ha
descubierto una pequeña parte de lo que sucede extramuros
del convento. Si no le teme a la verdad, si sabrá callarla
hasta que algo verdaderamente significativo se pueda hacer
con ella más allá de perder, en mi caso, la orden religiosa, y,
en el suyo, quizás algo más que el renombre de su apellido,
la invito a que me contacte, con la debida discreción, a este
número de celular. Fray Sebastián.

¿Qué quiere este fraile de mí? me pregunté. En ese momento habría jurado por todos los santos de Huelelagua que yo jamás buscaría a fray Sebastián. ¿Qué conexión hubiera podido tener alguien como yo con un religioso?

Mi resolución de tomar por loco disparatado a aquel fraile no evito que yo leyera el resto de las hojas. En ellas yacía un texto manuscrito de diminuta letra de molde, plagado de glosas y tachaduras, firmado por un tal Ariel Franco Figueroa.
He aquí mi transcripción de lo que contenía el manuscrito:

Los conventos de Riva Salgado, como la catedral misma de Huelelagua de los Llanos, fueron construidos con piedras de las antiguas pirámides que se alzaban en la zona. Allá por el año de 1634 desembarcaron en Puerto Bonito dos galeones cordobeses. En uno de ellos venía a bordo el apuesto misionero fray Tomas Chico, joven de cuerpo musculoso aficionado a las mujeres y al trago. En Sevilla lo conocieron como El Matalascallando o El Cuatro Vidas, en proporción de las veces que alguien más había pagado con la suya los delitos cometidos por Felipe Hurtado, verdadero nombre de fray Tomas Chico.
Al desembarcar en Puerto Bonito, el presunto hermano de la caridad bendijo a la ciudad de la manera que mejor sabía hacerlo: dejando encinta a dos sirvientas de la posada en la que se había hospedado y robando las reliquias y el dinero de varia parroquias. Escapo sin rumbo fijo propagando sus bendiciones a discreción por los pueblos y ciudades que dejaba a su paso. Al llegar a Huelelagua de los Llanos, que no era entonces ni el polvo de la ciudad moderna que es ahora, fray Tomas Chico encontró asilo en el convento de Las hermanas piadosas.
Al poco tiempo, agotado ya que en todas sus potencias, temeroso de no sobrevivir a aquel ritmo frenético de tareas misticas y obligaciones litúrgicas, fray Tomas Chico decidió escapar de las manos de las hermanas piadosas y erigir su propio convento, so argumento de poder así derramar sus bendiciones a más feligresas. Cuando las hermanas se enteraron de sus intenciones lo amenazaron con revelar al mundo los dones ocultos de fray Tomas Chico si atrevía a abandonarlas.
El pretexto que lo hacía para hacerse de más propiedades para ellas y que por ella construiría su convento a pocos metros de Las Hermanas Piadosas: de esa forma, el estaría a su alcance para socorrerlas en cualquier apuro o aflicción. El convento fue construido por los indígenas de Huelelagua y de sus alrededores, en cuyo pago recibieron floridos azotes y la bendición de algún nieto mestizo (lo cual si era una autentica bendición, dada la rigurosa división social por castas de la época, valida de una u otra forma hasta nuestros días). Fray Tomas Chico no viviría para ver su obra terminada, pues ciertos curas de alma honrada y auténtico espíritu cristiano (que por desgracia ni ayer ni hoy han sido muchos en Huelelagua) descubrieron la verdadera identidad de Felipe Hurtado.
Amparado por el llanto sincero de las hermanas piadosas, que calificaban de calumnias todo lo que se decía de él, fray Tomas Chico, otrora Felipe Hurtado, fue fusilado por las fuerzas reales. Enterado del caso, el arzobispo ordeno la inmediata suspensión de las labores de edificación del nuevo convento, más no las de la recaudación de fondos que para su causa se llevaba a cabo por toda la colonia. Después de haberse hecho el mismo de extensas propiedades, el arzobispo ordeno la construcción de un tercer convento de dimensiones colosales justo enfrente de los otros dos a fin de hacer olvidar las andanzas e inmoralidades de Felipe Hurtado. Años más tarde, cuando el nombre de fray Tomas Chico había sido borrado de la memoria colectiva de Huelelagua, alguna autoridad misionaria de la Iglesia ordeno que se retomara la construcción que Fray Tomas Chico había comenzado tiempo atrás. Fue así como nacieron los famosos “Conventos de Riva Salgado”, de quien aún no he dicho nada pero que fue el único mártir real en estos hechos.
La iglesia de Huelelagua de los Llanos mucho se vanagloria en nuestros días del bondadoso monje español Modesto de Riva Salgado: de su amor por los indígenas y de su lucha incesante por la justicia social y el amor entre los hombres, pero no hacen nada por atender y enmendar las críticas que el denunciara en su tiempo, así como tampoco lo hicieron las autoridades eclesiásticas de entonces.
Modesto de Riva Salgado llego a Huelelagua a finales del siglo XVIII no tardo en horrorizarse y combatir los abusos cometidos contra los indígenas, los mulatos y la mayoría de los mestizos. Su pecado fue identificarse con los humillados y ofendidos; su herejía, creer en la Palabra. Amén de varios azotes y escupitajos en el rostro, Riva Salgado fue excomulgado en una sección extraordinaria abierta al público y trasladado a la cárcel de la ciudad en medio de una atmosfera entremezclada de injurias y lamentos. Allá lo fue a visitar el arzobispo esperanzado en que la oveja descarriada hubiese regresado al sendero de la cordura. Sin embargo trasgrediendo toda norma de respeto, Modesto de Riva Salgado no solo no quiso claudicar de sus denuncias y pensamientos religiosos, sino que inclusive no reverencio el arzobispo como era debido: cuando este entro a la celda Riva Salgado permaneció sentado, “altivo”, según el juzgar del propio arzobispo, quien al dejar la cárcel Huelelagua ordeno que, “visto que al pecador tanto le gustaba estarse en su silla”, así permaneciera hasta el fin de los tiempos.
La orden fue ejecutada de inmediato aun cuando la iglesia presuntamente no tenía competencia jurídica (pero si administrativa) en los quehaceres de la colonia. Modesto de Riva Salgado paso los pocos meses que le quedaban de vida a todo su asiento. Allí dormía y comía, allí también defecaba.
Cada semana un vigilante se encargaba de limpiar las heces del monje español mediante cubetazos de agua helada, hasta que por fin alguien se dignó en hacerle un orificio a la silla a fin que la atormentada alma de Riva Salgado pudiera descansar en paz cuando fuere necesario.
En Huelelagua de los Llanos se ha querido borrar de la historia (con éxito avasallador, por cierto) que ha Modesto de Riva Salgado fue necesario construirle un ataúd especial en forma de silla, pues, una vez muerto, por más que lo intentaron nadie pudo brindarle al cuerpo una posición diferente. Siguiendo su tradición milenaria, la iglesia nombraría mártin a quien en vida ella misma había despreciado. Para entonces, el nuevo arzobispo en turno descubrió con buenos ojos que indígenas y mestizos comenzaban a rendirle culto secretamente a Modesto de Riva Salgado. Sin ser canonizado aún, el pueblo moldeaba ya estatuillas del monje y mártir español y las posaba sobre adornos florales a la luz de pequeñas veladoras. El nuevo arzobispo se encargó de que la producción de las estatuillas estuviera estrictamente bajo la jurisdicción de la iglesia e hizo parecer, quién sabe de dónde, una reliquia milagrosa perteneciente a Riva Salgado que fue colocada en un rincón de la catedral de Huelelagua de los Llanos, donde los feligreses podían visitarla y depositar según su voluntad y posibilidades, limosnas para su cuidado y manutención. No fue sino ya entrado del siglo XIX, tras las luchas de independencia que se dieron en todo el continente, que la reliquia de Modesto de Riva Salgado fue reclamada por ciertos frailes de Huelelagua bajo el argumento de que Riva Salgado no había sido un sacerdote sino, en efecto, un monje de su congregación. Para arreglar el conflicto, las autoridades eclesiásticas decidieron no concederle la reliquia ni a unos ni a otros, sino ponerle al cuidado de las hermanas piadosas quienes la tuvieron a su resguardo hasta el cierre del convento tras las continuas violaciones, rapto uy fuga de monjas que hubo durante la revolución ya iniciado el siglo XX. El ex convento de las Hermanas Piadosas paso momentáneamente a manos del estado para después regresar, como museo, a las arcas de la Iglesia, tal y como lo conocemos ahora.
Los otros dos monasterios siguen funcionando hasta nuestros días: uno abierto parcialmente al público para la venta de diferentes artesanías, fruto del trabajo de los monjes, y para la celebración de misa de cada domingo; el otro es exclusivamente de aislamiento y meditación.
Quizá está de sobra concluir que la gente de Huelelagua de los Llanos se refiere hoy en día indistintamente a estas tres construcciones como a los conventos de Riva Salgado.

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Estudió Letras Italianas en la UNAM y actualmente cursa estudios de maestría en Europa.