El hombre bala

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Selección y palabras introductorias de Eusebio Ruvalcaba

Un cuento de Luis David Juárez Delgado  

Quién más, quién menos, todo el mundo ha tenido en su mentalidad el destino de los hombres del circo. Ganarse la vida en el trapecio, montando caballos, o acariciando hocicos de leones no es cosa fácil. Es un mundo sólo apto para quienes se atreven a tocar la dicha. Como para Luis David Juárez Delgado, que a través de su escritutra estira la mano y vive la osadía. Dichoso él. Que tiene tan de cerca la aventura.

 El hombre bala

El cañón R9-11 salió desde el fondo del escenario, sus seis metros de largo se posaban ante el asombro de más de cien espectadores, que asombrados veían sus descomunales dimensiones, las luces lo bañaban embelleciendo sus tonos blanco y rojo en rayas verticales, en la punta se dibujaba un arillo plateado alumbrado por pequeños focos de todos los colores, la boca del cañón apuntaba al techo de la esplendorosa carpa del Circo Hermanos Gasca.

Ocho bailarinas con una vestimenta de azafatas de alguna aerolínea y gorro de aviador hacían dos filas en el escenario, sus cortas faldas de lentejuela azul entallaban la finura de su cuerpo, en cada mano llevaban una linterna que movían al ritmo de la coreografía.

La voz oficial del circo se escuchó con gran talante y desenfreno: —El circo Hermanos Gasca se complace en presentar a un hombre disparado por un cañón, el último de los hombres bala… Israel Gasca, —el cual salió con una vestimenta ajustada con las mismas tonalidades del cañón. Caminó entre las bailarinas hasta llegar al frente del escenario, saludó como los grandes pilotos de aviación a la concurrencia que aplaudía y silbaba, que gritaba y ondeaba las manos, los niños boquiabiertos miraban embelesados, hechizados y maravillados por aquel hombre que estaba a punto de salir volando desde el fondo del cañón.

Toda la parafernalia estaba desbordada, el estruendo de la música plagaba de éxtasis la atmósfera, la energía del público se hacía notar desde sus lugares, las bailarinas sonreían con júbilo y entusiasmo, las luces bañaban la pista e iban de un lado al otro destellando y haciendo lunas policromáticas en toda la carpa, la red de seguridad pendía de unos postes en espera del vuelo frenético de “el hombre bala” que se dirigió valeroso, audaz e intrépido a su encuentro con el cañón.

Auxiliares del circo colocaron una escalera para que Israel Gasca subiera a una plataforma colocada encima de una grúa con sirenas que salpicaban luz a cada giro, sobre la plataforma se erguía la base del R9-11; desde ese punto “el hombre bala” escalaba el cañón, tambores con redobles acompañaron su camino hacia la punta; el nerviosismo acrecentaba, algunas damas apretaban sus labios y juntaron ambas manos en posición de rezo colocándolas en su frente agachando la mirada, la mayoría de los caballeros gritaban y silbaban alborozadamente, media docena de niños preferían no ver lo que sucedía, mientras otros tantos se colocaban al filo de sus asientos con las cuencas de los ojos a punto de reventarles.

“El hombre bala” llegó a la punta de cañón, levantó su mano derecha haciendo una señal con el puño cerrado, el presentador dijo que todo estaba listo, los tambores repiquetearon con locura y se introdujo con habilidad en la boca, bajó hasta el fondo precedido de una cuenta regresiva… cinco… cuatro… tres… dos… uno…

Aquella noche “el hombre bala” se encontraba saciado en su camerino, había llevado a cabo un gran vuelo y los asistentes al circo quedaron satisfechos, colapsados, entregados totalmente con su acto, sentía el aire aún en su rostro y el camino que recorría desde la boca del cañón hasta la red de seguridad le parecía estar lleno de nubes que surcaba, que rompía y traspasaba una a una con su cuerpo de aeroplano, para él el vuelo duraba lo que dura el más alucinante sueño nocturno, lo que tarda una oruga en volverse mariposa y lo que tarda un río colmado de agua en secarse, pese a que solo unos segundos duraba la trayectoria.

 La puerta de su camerino fue tocada desde afuera interrumpiendo sus cavilaciones, se levantó para abrirla, al girar las bisagras se dejó ver en el marco a la hermosa Isabela, la contorsionista que era capaz de girar treinta aros en su cintura, hacer de goma su cuerpo para realizar un sin fin de posturas y cautivar con su belleza y talento al público. Isabela entró y al cerrar la puerta se colgó del cuello de Israel, un beso apaciguó a la pareja que se abrazaba en una postal idílica y poética.

Isabela lo felicitó por su acto y se derramó en elogios para su amado, que la escuchaba y la miraba contemplando cada finura de su rostro, sus ojos lo embrujaban, tenían el color del plumaje de los colibríes.

—Hablé con tu primo Raúl para que cambiara la categoría de tu seguro de vida, también para que aumentara el monto de indemnización en caso de cualquier accidente. — Dejó caer un folder con los documentos del seguro en el tocador, el espejo dibujaba a la pareja observándose de frente, Israel no opinó nada sobre el asunto e Isabela olvidó mencionar que ella había quedado como beneficiaria del seguro, la pareja se tumbó en el sofá y “el hombre bala” surcó otras nubes, otros cielos, otras aguas y se embriagó del susurro cadencioso de la contorsionista.

Dos años atrás llegó al gran circo Hermanos Gasca el cañón R9-11, maquilado y armado en Minnesota, Estados Unidos, adquirido por Raúl Gasca primo de Israel. El cañón mide casi diez metros de largo, se alza a una altura de once metros desde su plataforma montada sobre una grúa especial, el hombre que sale disparado desde el fondo recorre una distancia de veinticinco metros para llegar a la red de seguridad que lo atrapaba y le impide caer directamente al piso. Un sistema de cilindros con aire comprimido se activan por medio de válvulas electrónicas que impulsan el mecanismo por el cual sale disparado el individuo; un petardo artificial estalla sólo para simular una detonación y darle más espectacularidad al acto, en realidad jamás se expone al fuego a ningún artista.

El acto estaba pensado para que lo realizaran los trapecistas, entre ellos, Ricardo, el más diestro en los columpios, capaz de surcar distancias intrépidamente con giros vertiginosos en el aire, de gran musculatura, agilidad y adiestramiento únicos que lo hacían sobresalir de los demás, sin duda el más capacitado para realizar el acto. Raúl le pidió a Ricardo que se entrenara para salir disparado del cañón y junto con los técnicos que lo trajeron desde Minnesota se encargara de montarlo y capacitarse para ello.

Ricardo así lo hizo, durante un mes se capacitó para el acto, participó en el montaje del cañón y le explicaron cada parte del mismo, su mecanismo, el servicio que tenían que darle cada cierto tiempo y cada una de las piezas del mismo, pasado ese lapso los técnicos que vendieron el cañón al circo Hermanos Gasca partieron a su país.

Todo estaba listo para el estreno del acto de “el hombre bala”, pero por una extraña razón que nadie se explicó jamás Ricardo renunció a ser el protagonista del acto, habló con Raúl Gasca y llegaron al acuerdo de que capacitaría a alguien más para el número, después de todo nadie podía obligarlo y la responsabilidad era demasiada, nada más y nada menos que se jugaría la vida el hombre que saliera volando, así que la decisión tenía que tomarse con mucha cautela.

La preocupación estaba al borde del colapso en el circo, Raúl se devanaba los sesos pensando en quién podía realizar el acto. Una tarde después de los ensayos llegó Israel hasta el camerino de su primo, entró sin anunciarse, rompiendo toda regla de cortesía, se paró frente a su escritorio y sin más, carraspeó la garganta, esperó a captar su atención y le dijo: — Quiero ser “el hombre bala” .

Raúl lo miró perplejo, inmóvil y con cara de circunstancias, después de unos segundos rompió el mutismo soltando una carcajada. Hablaron largo rato.

Israel formaba parte de los trapecistas, no era catalogado como uno de los mejores pero siempre mostraba gallardía y gran esmero en los ensayos y entrenamientos, su corta edad y su rostro agraciado de niño tierno eran sus cualidades principales; su cuerpo escueto y enjuto no se comparaba con el físico marcado de Ricardo que lo rebasaba no solo en eso sino en años de experiencia en el trapecio.

Después de una acalorada charla, Israel expuso un sinfín de motivos rogando por la oportunidad de ser “el hombre bala”, Raúl aunque renuente, decidió darle la oportunidad y lo mandó de inmediato a capacitarse con Ricardo que se mostró hostil al entrenarlo.

Cada día era un suplicio para Israel, los entrenamientos eran duros, los ejercicios lo molían de forma severa. Fue adiestrado en lo físico y poco le mostró Ricardo sobre el funcionamiento técnico del cañón, ni del mantenimiento, mucho menos de la función de cada una de las piezas, Israel se mostraba impaciente, manifestaba su ímpetu por subirse al cañón y hacer la primera prueba para salir disparado surcando el aire hasta llegar a la red de seguridad.

Isabela la contorsionista, novia de Israel veía los entrenamientos cada tarde, no podía evitar admirar y quedar hipnotizada por el porte y galanura de Ricardo, él le lanzaba miradas traviesas y sonrisas mustias, haciendo el sublime juego del coqueteo amoroso. Israel se concentraba cien por ciento a su entrenamiento y no veía el perverso juego que se hacía frente a él.

Así los días pasaron, Israel se entrenó en el acto del cañón, siguió cada consejo y aprendizaje sobre este, se volvió más ágil, trabajó la resistencia de su cuerpo, la condición física  y la concentración. A su vez, el amor clandestino acrecentaba entre su novia Isabela y su entrenador Ricardo, era un juego perverso de citas furtivas, de besos vedados, de pasiones siniestras en cualquier escondite dentro y fuera del circo.

Comenzaron a debatirse entre lo que podía pasar si los encontraban juntos y todas las vicisitudes que conllevaría ello, seguro que Raúl, director del circo Hermanos Gasca, los echaría sin más. En estos tiempos en que la ley que refiere a la prohibición de animales en los circos, muchos cerraron y quedaron en la banca rota, así que sería difícil colocarse en uno, y en el que estaban era de gran renombre y hacían giras tanto nacionales como internacionales, así que antes de marcharse a vivir su desmesurada pasión tenían que asegurarse un buen futuro.

El esperado acto de “el hombre bala” se estrenó con gran éxito en la carpa, Israel se sintió satisfecho con su actuación y sintió algo mágico e indescriptible, una fascinación trepidante le recorrió todo el cuerpo, sentir las luces, los gritos, los aplausos de la gente y él como protagonista único de esas emociones desbordadas.

Pasaron muchos meses, Israel y el cañón se hablaban de frente, susurraban sus miedos y los desechaban a cada vuelo que era un aprendizaje para ambos, surcar el viento una y otra vez como haciendo el amor entre nubes, vapor tibio, entre matorrales cálidos de aroma fresco, altos como los de un roble de décadas; compartían los aplausos y la red que sostenía el vuelo era la cómplice idílica de cada función. El cuerpo de Israel era una auténtica bala que salía de la boca del imponente cañón, su cuerpo se erguía surcando los veinticinco metros de recorrido como una flecha rapante que sale directo al blanco, cada disparo del cañón era un éxito y se ganó el respeto de su primo Raúl y el de todos los artistas del circo, el público lo aclamaba desaforadamente.

El circo Hermanos Gasca partió a Cali, Colombia, al Valle de Lilí; ahí celebrarían el lanzamiento número cien de “el hombre bala”, con gran júbilo y excelsitud fue anunciado el acto. Aquella noche el circo se encontraba desbordado en la butacas, la gente quería ser participe del vuelo cien de aquel hombre que rompía el viento con su cuerpo y que desafiaba a la muerte a cada disparo.

Ricardo e Isabela tenían su propio festejo, su propio plan, su propia función, Ricardo visitó el camerino de la contorsionista dejando dos boletos de avión en su tocador, la miró a los ojos con una decisión inamovible, con una seguridad irrefutable. —En la salida nos espera un taxi, —sentenció antes de abandonar el camerino. Isabela tomó los boletos y los guardó en una mochila junto con un folder que contenía los papeles del seguro de vida de Israel.

Ricardo se dirigió al cañón, era el encargado de vigilar cada punto antes de que se realizara el acto, a fin de cuentas el lo instaló y se preparó para ello con los técnicos del extranjero, ajustó tornillos y arandelas, lubricó válvulas e inspeccionó los dispositivos electrónicos, todo estaba maliciosamente listo. “El hombre bala” salió encrestado al escuchar la música que anunciaba su acto, caminó entre las bailarinas como cada noche, sonrió con su risa de sol matinal, saludó con entusiasmo a la concurrencia y partió a la boca del cañón.

Los tambores y las gradas  reventaban, las luces oscilaban en un ir y venir delirante, el nerviosismo se acumulaba provocando energía cataclísmica como un asteroide lleno de pedazos de estrellas.

“El hombre bala” llegó a la punta de cañón, levantó su mano derecha haciendo una señal con el puño cerrado, el presentador dijo que todo estaba listo, los tambores repiquetearon con locura y se introdujo con habilidad en la boca, bajó hasta el fondo precedido de una cuenta regresiva… cinco… cuatro… tres… dos… uno…

Al salir disparado sintió el aire golpear su rostro, era un aire diferente al que había sentido en anteriores disparos, era un aire frío, montuno, taciturno, un aire bucólico y lapidante, pudo observar desde esa altura a Ricardo y a Isabela dirigirse de la mano a la salida, él le pintó una risa satírica de demonio, ella levantó su delicada mano ondeándola, giraron sin mirar atrás. Israel voló solo quince metros aquella noche a una altura de once metros sin poder llegar a la red de seguridad, su cuerpo cayó en la pista ante el asombro del público que por unos segundos quedaron mudos y perplejos ante lo que sus ojos observaban, aquel vuelo número cien, será recordado por el circo Hermanos Gasca, por que en una noche de función perdió a sus tres mejores artistas en un capricho desenfrenado.