Reportaje a Gustavo De Vera: en defensa del taller literario

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Es un experimentado hombre de prensa y de letras. Cultiva con tenacidad la poesía, la prosa y el periodismo. Es además un gran comunicador. Piensa la cultura desde la metodología de la planificación y la gestión. Cuando explica los intrincados procesos de su desarrollo, sus ideas adquieren el mismo tono de su voz porque se enciende para poner en claro lo que conceptualmente le brota y pugna por salir. Gustavo De Vera coordina talleres literarios desde hace más de veinticinco años en la ciudad de Esquel, en la austral provincia del Chubut, Patagonia Argentina. Aprendió con grandes maestros del oficio, reflexiona permanentemente alrededor de la dinámica del taller y ofrece cinco claves para participar de ese submundo de la literatura.

 Mencioná cinco motivos por los cuales, alguien que tiene alguna necesidad de tipo literario, debe participar de un buen taller

Yo creo que hay que participar y atravesar varios talleres literarios porque de ese modo se recupera una vieja tradición como la de los talleres del medioevo donde se aprendían los verdaderos oficios. Los luthiers, pintores, escultores, artesanos, músicos, zapateros, ceramistas, los sastres, en todos esos oficios comenzabas de aprendiz viendo a tus maestros trabajar, aprendiendo, y terminabas codeándote con tus maestros; y después hay que ir con otros maestros, para comparar y seguir aprendiendo. Y el escribir es un oficio y la metodología es la misma. Uno va buscando, la exploración es incesante, hay que pasar por varios. Los cinco motivos fundamentales son:

1) Porque es un oficio y se aprende haciéndolo y observando a los que más saben, a los maestros.

2) Porque lo que uno más tiene que poder desarrollar es la propia crítica para sus propios textos, en el sentido de escribirlo, lo cajoneo dos meses, lo vuelvo a sacar y lo leo como otra persona y tengo que poder encontrar ahí qué cosas son las que me conducen a lo que en ese texto hay como necesidad expresiva; yo tengo que construir en torno a ese núcleo expresivo con mi oficio. Ese texto que yo escribí no es otra cosa que la materia prima que el escultor tiene en la piedra o en la madera, el músico en los sonidos y en el silencio, y el pintor lo tiene en la tela; nosotros los escritores no tenemos la materia prima, la tenemos que hacer y la primera versión del texto no es más que eso, la piedra como decía Miguel Ángel, la belleza está ahí adentro, hay que empezar a sacarla y ese es el oficio.

3) El tercer motivo es la cosa colectiva, la construcción colectiva que no hay que perder nunca, porque  la mirada del otro es siempre la mirada del lector, eso me parece fundamental.

4) El tema de las consignas para mi es fundamental, como motivadoras, yo uso una consigna que tiene la búsqueda específica de un recurso, una propuesta de trabajo, escriban tal cosa pero buscando siempre que en esa consigna, en esa propuesta, esté siempre escondido, presente o ausente, un recurso, una técnica. De modo tal que a veces hay grupos numerosos y no llegamos a leer todos los trabajos en una sesión del taller, no importa porque lo que vimos reflejado en el texto de uno le está sirviendo para el otro que escribió un texto con la misma consigna y mirá como uso esto y aquello que en definitiva es como tener una biblioteca de tus compañeros de taller y estuviéramos leyendo sus obras, fíjense como utilizó la repetición como estructura, buscando qué cosa y cómo el tipo, en la segunda parte hace que desparezca esa reiteración y se vuelva un texto vertiginoso, cómo logró una cosa y la otra para potenciar un final determinado, entonces, cuando uno lo construye desde la consigna, eso le va permitiendo al tallerista que de algún modo vaya viendo el revés de la trama.

5) El quinto punto, y aunque no escribas nunca más en tu vida, el hecho de leer, se aprende a leer, se aprende a atravesar la superficie del texto, porque el texto tiene una superficie que nos cuenta algo, que linda la historia, lo guardamos ya lo leímos y listo. La otra es ver la densidad literaria que puede tener el texto, uno pierde la ingenuidad, ya no se come el garbanzo de la primera historia sino que ya empezás a buscarle, yo lo asocio mucho al tema de la comida, cuando uno empieza a afinar las papilas gustativas, comer la comida de un trago o empezar a jugar en el paladar, empezás a tener sentido de la textura, temperatura, el color de la palabra y comenzás ver el oficio del escritor porque el autor, llegado el punto, lo importante es de qué modo se fue entramando ese texto para crearte las sensaciones que vos tenés respecto del texto, entonces uno, además, empieza a ejercitar las sensaciones y esto para mi abre puertas a un universo que de otra forma nos sería vedado. Borges dice algo muy importante ¿Qué son las palabras que uno escribe como escritor? No son más que elementos inanimados dentro de un libro inanimado dentro de una biblioteca que es un universo de objetos inanimados, todo eso es así hasta que llega un lector, toma el libro indicado, lo abre y ese universo empieza a vivir, entonces nosotros construyéndonos como escritores, ante todo nos construimos como lectores.