Prólogo a Caracoles extraviados

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UNO. Oriente en América

Contra lo que se cree, no estamos tan lejos del oriente, de hecho muchas culturas autóctonas, muchas civilizaciones americanas y varias de nuestras tribus ancestrales manejan conceptos parecidos a los del lejano oriente ¾como siempre gustamos de decir¾. Algunos libros de Historia mencionan la hipótesis de que los primeros pobladores de América cruzaron por el estrecho de Behring. También mencionan que una de las posibles tribus que lo hizo fue la de los Hñañús (llamados peyorativa y malamente “Otomís”), quienes tienen rasgos orientales, mongoloides, y su lengua es nasal-gutural y muy parecida al chino.

            En la década de 1970 llegó a Ixmiquilpan, Hidalgo, a la sede del Patrimonio Indígena del Valle del Mezquital, un grupo de chinos, quienes muy rápido aprendieron a beber pulque y a hablar hñahñú, en ese orden. Los que saben, dicen que ambas lenguas tienen muchos parecidos lingüísticos. Nunca se ha podido enviar a un grupo de Hñahñús a China para ver si ellos también aprenden rápido el chino y a tomar té.

Todo esto lo podemos ver como una hipótesis y decir que el oriente ya estaba en América desde tiempos inmemoriales.

            Lo que no es hipótesis y es una aportación de la lengua Hñahñú al español es la expresión “Ya chindú!” (“Entonces se murió!”)1, de donde viene el mexicanísimo verbo “chingar” y todos sus derivados; otra aportación más del oriente a nuestra lengua es cuando preguntamos ¿dónde vive el hombre más sabio del mundo? En China. ¿Y cuál es su grado académico y cómo se llama? El doctor Chin-gón.

DOS. Oriente y Occidente.

Desde que nos asumimos como occidentales, gracias a los griegos y los latinos, hemos volteado hacia el oriente donde hay una serie de elementos de cultura y civilización que nos asombran, intrigan y llaman nuestra atención.

Pero no nos son tan lejanas esas tierras exóticas, llenas de sedas y de especies que hicieron que Marco Polo recorriera miles de kilómetros, literalmente “medio mundo”, para llegar a ellas y que luego nos describiera minuciosamente y con múltiples observaciones en su libro El millón; las cuales a su vez abrieron la imaginación de muchos de sus lectores, algunos ilusos y varios aventureros, entre estos últimos un marino genovés llamado Cristóbal Colón.

            Pero los griegos no eran ciertamente el occidente, como ahora lo consideramos: tenían mucho de China, India, Mesopotamia, Sumeria, Fenicia, Egipto y Persia. Alejandro de Macedonia (o “El Magno”) había conquistado todas esas tierras y en ellas dejó la simiente griega pero también recibió muchas enseñanzas. Igual nosotros, en nuestra parte española, cargamos con el bagaje histórico cultural de los árabes ¾y sus números y Las mil y una noches, entre otros tantos aportes¾ y de los judíos, sobre todo de esa religión sangrienta –Cristo en la cruz, las cruzadas, la inquisición, etc.– que se inició con un individuo, Jesús, quien pedía que se amaran los unos a los otros.

            Nos asumimos como occidentales pero volteamos constantemente hacia el oriente. El oriente nos deslumbra acaso porque por ahí aparece el sol. El oriente nos inquieta porque es antiguo y moderno, porque nos propone sabidurías y conocimientos que nosotros, los occidentales, aún no sabemos o adquirimos y nos permite ver un más allá lleno de promesas grandiosas.

            En occidente vamos al templo a pedir y en el oriente van al templo a dar; en occidente tenemos religiones y en el oriente tienen filosofías. La admiración de Apollinaire por los ideogramas chinos lo llevó a hacer caligramas; un libro que exalta al oriente es Un bárbaro en Asia de Henri Michaux;2 José Juan Tablada, Efrén Rebolledo y, más recientemente, Octavio Paz, mostraron su fascinación por las cuestiones orientales de la India, China y Japón en particular, todo esto nos permite atisbar y considerar su influencia ¾a veces decisiva¾ en su formación intelectual y poética.

            Basho, Li Po, Taigui, Kito y muchos otros autores, más o menos conocidos, son lectura obligada y referencia de quienes ven como parte fundamental de la poesía a la síntesis, la brevedad. Y ese arte no es fácil, ni tampoco producto que se venda en la botica, antes al contrario, es un trabajo que se difumina y a veces logra alcanzar diversas alturas ¾como los poemínimos de Efraín Huerta que Octavio Paz calificó de “chistes”, pero que tienen un sentido lúdico y filosófico detrás¾, producto de la observación, la perspicacia y la malicia literaria –como bien dijera el maestro Ricardo Garibay, al referirse a ciertos trabajos literarios.

TRES. Oriente y haikús

Es increíble cómo una forma poética tan antigua nos permita hacer algo tan moderno. Un instante único y lúdico, maravilloso y abismal. El dicho de que una fotografía dice más que mil palabras lo podemos revertir señalando que un haikú dicen más que una fotografía. Como manifestaba Guillermo de Torre de las vanguardias: “Entre la tradición y la ruptura” y eso pasa con el haikú: tiene para su escritura unas reglas muy estrictas pero para nuestros tiempos los escritores siguen  la base de que deben ser tres líneas cuando muchos. Y eso a veces se cumple y luego no, como todo en esta vida. Lo cierto es que el haikú moderno ha renovado al antiguo.

El mismo nombre de estos diamantes de la literatura, la forma de escribirlo, se discute mucho pero genéricamente se escribe haikú, o como lo nombran los españoles: Jaikus, así sin acento y con jota. Lo cierto es que en medio de muchas definiciones sobre éste, encontré una que es completa e interesante: “El jaiku, composición breve japonesa, capta el instante, es el reflejo de la emoción que invade al poeta en ese momento, normalmente provocado por su percepción de la naturaleza, el sentimiento que su belleza inigualable le inspira, dependiendo también de la estación en que es contemplada, o imaginada; en él cada palabra está plena de significación.3

            Quizá fue el mismo Basho, considerado por muchos el más grande poeta de Japón, quien mejor lo definió: “Jaiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”.4

            La definición técnica nos la proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Haikú, composición poética de origen japonés que consta de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas”, que como toda regla se puede respetar o se puede alterar, situación que es muy común en la literatura y, sobre todo, en la poesía.

            Como estructura poética independiente cobró vida en el siglo xvi, pero fue en el xvii cuando alcanzó su forma definitiva y clásica gracias a Basho: antes no era más que la simple exposición de sentimientos humorísticos y desconcertantes, él lo elevó a la dignidad de gran género literario.

            Y, claro, su difusión no fue ningún problema. Muchos escritores e intelectuales que viajaron al oriente quedaron gratamente sorprendidos por estas chispas de ingenio y sabiduría, por estas concreciones de observación prodigiosas.

Muchos poetas imitaron el género con distintas suertes: algunos para bien y otros para mal. Sin embargo, el haikú fue ganando un lugar entre quienes disfrutan de lo oriental y me atrevo a decir que el haikú, el sushi y el sake, son tres de las creaciones de oriente ¾concretamente del Japón¾ que más disfrutamos en el occidente.

CUATRO. Oriente en el oriente (de la ciudad y del estado de México)

No me causó sorpresa la convocatoria de Eduardo Villegas para realizar Caracoles extraviados: hacer una antología de Haikús (o Jiakus, como dicen los españoles), por la sencilla razón de que a nuestro editor, el Coyote Mayor, siempre se le ocurren muchas ideas y además las hace concretas, las aterriza, es de verdad un “Ejecutivo”.

 Tampoco siento que es gratuito el nombre de Caracoles extraviados (Caracol: molusco gasterópodo), ya que si hay algo que cambia y permanece igual, es ese pequeño animalito llamado caracol: durante su juventud es hembra, en su madurez es macho, sale de su lugar de refugio cuando llueve ¾de otra manera nunca sabríamos de su existencia¾ y dicen que los caracoles panteoneros son los más sabrosos en un caldo de chile morita.

Por eso ahora en Caracoles extraviados estamos entrando al oriente, vía la dimensión breve que contiene este tipo de poesía, que cambia, se transforma, pero sigue siendo la misma; entramos al territorio ancestral de lo diminuto pero no por ello menos importantes, la chispa que enciende el bosque, la gota que derrama el vaso. Ese pequeño punto que hace la gran diferencia.

            Los autores aquí reunidos se concentran, observan, miden y proponen una visión renovadora de la realidad ¾que es lo real y lo no real, lo que ve el poeta y lo que no ve el profano¾. En las tres líneas que forman el Haikú debe de estar lo fundamental, ninguna debe de sobrar pero tampoco ninguna debe de explicar, ya que no hay cabida para ello.

            Esas tres líneas son el cimiento de ideas y de expresiones que se deben de mantener frescos con esos escasos elementos, porque no hay más. De ahí la dificultad del género y de ahí que no muchos autores lo intenten (lo mismo pasa con el soneto, se guardan las formas pero se pierden los contenidos, muy pocos son los neo-sonetistas que guardan ese equilibrio entre fondo y forma, entre contenido y continente, haciendo atractivos a éstos).

            La fascinación por lo breve obedece a muchos factores, pero siempre tenemos presente ese dicho de Baltazar Gracián: “por breve fuera dos veces bueno” o si lo bueno breve, dos veces bueno.

            Y aquí está una muestra de semejante dicho; los autores convocados y que le respondieron a Eduardo Villegas nos muestran su talento y calidad. Es probable que haya más y es posible que algunos sean muy buenos, pero en esta muestra están los que son y hay concentración y calidad, hay escritores buenos y de muchas y excepcionales cualidades. Muchos fueron los llamados y éstos fueron los elegidos.

            Fabiola Cabrera, por ejemplo, parte de su cuerpo para desplazarse hacia el mundo. A partir de ella está lo grande y lo pequeño de la naturaleza, lo distinguible y lo tangible pero también lo otro, lo que no podemos ver y es la esencia de algunas de las cosas que nos rodean.

            Delfina Cabrera González recurre al mar y a los trenes, entre otros, para entregarnos la minuciosidad de sus miradas, que ponen la vista en eso que pasa y se queda, recurre al encantamiento del instante para hacerlo como si fuera una bella fotografía instantánea.

            Félix Cardoso siempre gana cuando le apuesta a lo erótico. Su visión costumbrista es buena, pero su modo de observar el cuerpo de la amada es mejor, es sobresaliente: la desnudez es un portento y la visión de ésta es única. Bien lo dijo el poeta español Jaime Gil de Biedma: el mejor amigo del hombre es un cuerpo desnudo. Y en estos textos nuestro autor lo hace patente.

            Eduardo Cerecedo es un poeta con, ahora ya, una larga trayectoria y en estos apuntes  nos muestra su concentración en la observación de la naturaleza, decanta lo que todo mundo mira pero que no observa. Sus observaciones son severas y profundas, nos hacen ver mariposas que son lluvia y la lluvia que vuela. Esos instantes lúdicos y siempre únicos de la lluvia y la melancolía que nos produce ésta quién sabe por qué motivos.

            Al maestro Juan Cervera Sanchiz no le decimos “maestro” por cortesía ni por la edad, sino porque lo es: desde siempre ¾en el viejo y ahora mítico Café Reforma¾, sin aspavientos ni miramiento y con el desparpajo que le caracteriza, siempre nos enseñaba algo. Sus haikús no son la excepción: son el producto de una mirada atenta, inteligente y sensible que sabe observar el brillo de lo que le rodea, las paradojas del destino, y así lo plasma en sus textos llenos de alegría y vida: “Aquella estrella/ ignora que yo vivo/ y ella está muerta”.

            Norailiana Esparza Mandujano es constante, es una pluma que trabaja y no se envanece de lo que hace, antes al contrario: propone, realiza, concretiza, hace plegarias, canta, por eso “el miedo sonríe” y la “juventud” en ella se queda.

            Daniel Baruc Espinal Rivera mira con detenimiento a la naturaleza, con ojos nuevos y asombrados: el tiempo y el espacio suceden de otra manera ante su vista, su observación es minuciosa y certera. El mar es algo que en sus textos “duele” y el “otoño” se mueve con alas.

            Sergio García Díaz nos habla de estados del tiempo, de condiciones meteorológicas, de situaciones que nos pueden hacer felices a pesar del pelo cano y demás situaciones que mucha gente cree desafortunadas. Un silbido, la lluvia, la tarde, son elementos que el poeta capitaliza en su capacidad de ver lo que otros, acaso, intuyen pero no captan.

            En 1967 tomé clases de Historia con un maestro alto, rollizo, fuerte, muy amable, que acababa de publicar un libro de Historia Universal. Tuve la fortuna de ser invitado a su casa y a su biblioteca. Era Ciro González Blackaller. Muchos años después, cuando coordinaba la colección “Los cincuenta” de CoNaCulta, fui a Ciudad Victoria para presentar dos libros de autores de Tamaulipas: Arturo Castillo y Gloria Gómez. Ahí tuve la fortuna de encontrarme con Graciela González Blackaller, de fino trato y de amplia cultura. El mundo es pequeño y cuando le comenté que fui alumno de Ciro, me atendió, si eso fuera posible, más amablemente. Ahora la sorpresa es que también escribía versos pequeños, haikús, que ahora aquí ponemos a la consideración de los lectores y creo que no quedamos defraudados: están bien hechos y pensados, bien estructurados y escritos.

            María Ángeles Juárez pone su pluma al servicio de la naturaleza o al esplendor que ella significa, su visión va de lo que vuela a lo que florece y también a los sentimientos que nos inquietan siempre.

            En los textos de Roberto Mendoza hay brevedad y contundencia: los animales prevalecen y dan sentido a una realidad que el poeta observa y los ojos profanos sólo ven como formas, por encima, o no comprenden cabalmente. Esa es la auténtica labor del poeta: describir la realidad que mucha gente ¾o nadie¾ puede ver.

            Walter Mondragón nos sorprende con sus palabras mágicas “abracadabra” y con un mundo al revés, donde nada es como lo pintan y todo está en constante cambio. En algunos de sus textos deslumbra y en otros oscurece y ese el santo fin de la poesía: luz o sombra en un mundo que nos quiere uniformados y regidos por la normalidad (sic).

            Luis Esteban Patiño Cruz se concentra ¾esa es la palabra exacta¾, entre la selva y ciertos atisbos de la violencia que finalmente nos dejan ver la “Esperanza” donde “nacerán flores” y entonces también (y por eso) hay una nueva “hormiga” en el libro que es la otra letra, que es la poesía, que es la literatura, que es la vida, que es la revolución, que es lo que representa ¾por ejemplo¾ “El Ché”.

            Alejandro Reyes Juárez acompaña a sus textos con un ambiente Rulfiano, hay en sus escritos ese calor de Comala, ese hablar entre muertos, los sueños que se confunden con la realidad y la realidad que es “Como que se van las voces. Como que se pierde su ruido./ Como que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño”, según el decir del maestro Juan Rulfo.

            Iliana Rodríguez es acertada al llamar a sus textos “Mudanzas” porque el ser humano, como dijera Machado, es un huésped en la tierra, lo nuestro es pasajero: “Todo pasa y todo queda,/ pero lo nuestro es pasar,/ pasar haciendo caminos,/ caminos sobre la mar”, y siempre estamos mudando: de dientes, de pelo, de sentimientos, de casa, de espacios, de parejas, de amigos, de pensamientos. Los espacios no son eternos, los estados no son inamovibles y nuestra autora así lo observa y así lo plasma.

            María Elena Solórzano privilegia el sentir y la emoción en su quehacer poético, sus sentidos están alertas y son los que reciben el estímulo, pero su inteligencia crea la chispa que conduce a las palabras exactas para lograr el texto, ese sendero es el que conduce a la poesía y a la literatura.

            Raymundo Pablo Tenorio es un viejo autor de haikús, incluso su dedicación y devoción a ellos lo llevó a estudiar japonés. Él siempre ha propiciado esa brevedad y por eso sus textos son constreñidos y profundamente evocativos e invocativos. Les da a ellos cierta soltura pero no permite el total esplendor sino el brillo preciso. ¿Para qué deslumbrar si puede iluminar? La estricta concreción está presente en cada uno de sus textos.

            Aura María Vidales tiene mucha soltura para realizar el breve texto y lo que quiere decir: Lluvia, Luna, Jacaranda, Sol, entre otros, son los motivos de su sintético canto donde se maravilla ante lo que observa y da fe de que esos momentos mínimos la conmueven y, al leerla, nos conmueve.

            Eduardo Villegas Guevara recrea un bestiario donde la amada es el cuerpo del deleite, cada figura, cada texto, es como si fuera abrasando lentamente a la querida. La concreción en este caso es la posesión, la posesión también son nuevos ojos para ver a la presencia amada. Chispazos de luz que se confunden con los animales quienes nos dan su sombra o su aura, son nuestros “nahuales”, siempre hay un animal que es nuestro protector o emblema.

            La razón de ser de esta reunión de Caracoles Extraviados es la de dar un minucioso, suculento y breve festín, un auténtico placer desmenuzado. Y la mesa aquí ya está puesta. Lo que sigue es disfrutar y festejar. ¡Larga vida al haikú! Y provecho lectores.

1     En el posfacio a la novela Macunaima de Mario de Andrade por Héctor Olea (pág. 248)

2     Tusquets Editores, Barcelona, 1978. Traducción de Jorge Luis Borges.

3   Jaikus. Poemas breves japoneses. Ed. Grijalbo-Mondadori, España, 1998.70 pp. Traducción de Antonio Cabezas

4     Ibidem

 

Bibliografía

Macunaima, Mário de Andrade. Ed. Seix Barral, España, 1976. Posfacio de Héctor Olea.

Jaikus. Poemas breves japoneses. Ed. Grijalbo-Mondadori, España, 1998.70 pp. Traducción de Antonio Cabezas

Diccionario temático visual, Selecciones de Readers Digest.

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Nació en Ixmiquilpan, Hgo., en 1953, es egresado de la FCPyS de la UNAM. Sus más recientes trabajos se han publicado en: De Neza York a Nueva York. From Neza York to New York. Una antología de poesía de la Ciudad de México y la Ciudad de Nueva York. A bilingual anthology of the poetry of Mexico City and New York City (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2015. 220 pp), Escobas de fuego (Historias de brujas), (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.), Ret(r)azos (Cuadernos de Pasto verde, Orizaba, 2017. 34 pp.), Amores chapingueros (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.) y Respirando por la herida (Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 94 pp.)