La pregunta

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¿Te casarías con una puta? Es una pregunta de hace  poco más de veinte años. Me la  hizo el gerente de la empresa donde entré a trabajar por primera vez. Fue un viernes por la noche del año noventa y dos o noventa y tres; el caso es que habíamos concluido un curso de capacitación del personal operativo y de la comida de cierre del evento nos fuimos al Bombay, uno de los table dance más exclusivos de la ciudad. Recuerdo que el gerente, mi jefe inmediato, uno de los contadores de la empresa y su servidor llegamos al mismo tiempo de la apertura del bar. Aún nos tocó ver entrar, por la puerta principal, a algunas de las bellezas que ahí trabajaban. Al poco tiempo, medio entonados de las primeras bebidas que degustamos durante la comida y las cervezas que ahora bebíamos, contemplamos el desfile de mujeres semidesnudas que luego, al final de su baile, terminaban cubriendo su cuerpo con una mascada, un pañuelo o con las manos mientras salían de escena fingiendo pudor, nos desbocó a todos como animales. Poco a poco cada quien eligió a una de ellas y fue así como supe que al gerente le gustaban las mujeres de pechos grandes, a mi jefe inmediato las de nalgas prominentes y redondas, al contador las chaparritas bembonas y piernudas y a mí las esbeltas de atributos equilibrados muy bien proporcionados. Participamos en todo lo que participan los caballeros que frecuentan este tipo de antros, en el entendido de olvidarnos de eso una vez pasara. ¿No es tu primera mujer verdad o sí? Me preguntó al oído el gerente quien ocupaba el sillón de mi derecha, a gritos, seguro que aún con la música en alto lograría escucharlo. La primer mujer no, pero el primer ángel sí –le respondí inseguro,  pero riendo, como si le contara un chiste. Al parecer él no esperaba esa respuesta, ahora miraba directamente a mis ojos y en un tono de borracho serio y arrastrando las palabras me soltó la pregunta ¿A poco sí te casarías con una puta? La pregunta no estaba nada fuera de lugar. En ese tiempo el interrogado era soltero y había elevado a nivel celestial a una mujer que se ganaba la vida desvistiéndose, bailando y fichando a los clientes que le llegaran al precio. No sé –le respondí. –¿Qué? –No escuchó mi respuesta. –Que la verdad no sé cuál es la respuesta a su pregunta, le dije con más contundencia. Quizás para mi siempre fue una buena pregunta, de lo contrario ya hace tiempo tendría la respuesta, mi respuesta personal. Pero después de casi veinticinco años con tres divorcios contenciosos, dos congestiones alcohólicas mortales y un accidente de automóvil donde clarito acompañé a una, todavía jugosa, Dolores del Río caminando por un sendero de luz, tomada de mi mano.

A la distancia y después del tiempo trascurrido la respuesta es sí, Sí y SÍ. Sí me casaría con una puta. Si en aquel tiempo, cuando el gerente me interrogó,  cuando apenas iniciaba mi vida adulta, algún brujo o chamán, a través de su bola de cristal me hubiera mostrado la miseria de mi recorrido, ese mismo día mi deseo y mi lujuria las llevaría hasta su última consecuencia: es decir hasta el amor. Con la mujer que me tocó cachondear en el Bombay o con cualquier otra de ahí o de algún antro diferente a los que también fui. María Soledad mi primera esposa, después del aislamiento y el encierro a la que la sometí, terminó huyendo evitando a toda costa, y hasta el presente, saber algo de mí. Socorro, la segunda, terminó odiándome y me juró que si presentía que la mataba a quien iba a matar era a mí. A ver si de ese modo también mataba mi intento de asesinato que la sumió en un mal de terror permanente y todo por ese corazón de perro celoso que descubrió la puritita promesa del amor de otro. Sofía, la tercera,  fue tan fiel, tan entregada, tan misericordiosa y sacrificada que, aunque las viejas que llevaba la corrían de su propia casa, ella siempre volvía a mis brazos. Hasta que de tanto y tanto llegó el día en que nunca volvió.

Aún recuerdo la mirada del gerente cuando le dije que no sabía la respuesta. Me miró enojado como diciendo. Entonces no digas pendejadas. Y pues no, no eran pendejadas lo de aquella comparación con un ángel que le hice saber,  que sin saber cómo ni por qué me salió del corazón. Pero tuve miedo de ser consecuente con lo que en ese momento sentía. Lejos de eso elegí la actitud de sentirme superior al ángel semidesnudo sentado en mis piernas. Superior como si de antemano yo garantizara estabilidad, fidelidad, felicidad y amor en automático. Como si el hecho de ser profesionista con empleo y un crédito hipotecario garantizara a su vez  mi calidad moral a prueba de todo. Y para nada fue así, tal como lo hizo mi padre con mi madre. con María Soledad quise hacer de nuestro hogar su tumba. A Socorrito, de no ser por uno de mis pequeños que me desbalanceo cuando disparaba, de seguro ya estuviera muerta y todo porque le encontré una nota donde alguien le escribió “Yo si te voy a querer como Dios manda”. De la Chofi mejor no digo nada, hasta miedo tuve de salir a buscarla. ¿Para qué? Para luego salirle con las mismas chingaderas. Pinche fraude de pretencioso que resulté. Pero ¿quién me metió en la cabeza que yo era mejor que todas las mujeres del Bombay, que María Soledad, Socorrito y mi Chofi? ¿De dónde mamé la leche envenenada de la estupidez? Pero aún en estos pellejos se me ha metido en la cabeza sacarme la espina. Por eso hace ya meses que a Lucrecia, que en verdad se llama Rosalinda, le pido sus servicios de rosa de mil aromas, donde aprovecho para darle algún regalito, cantarle algún bolero, hacerle el amor y quererla como Dios manda. Y como mi corazón la necesita y la quiere de verdad, entre besos y abrazos empalagosos una y otra vez le pregunto, con insistencia, pegando mis labios a su pequeña oreja: ¿Te casarías con un puto viejo como yo?

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Ingeniero agrónomo egresado de Sociología Rural de la UACh. Autor de la novela Mariposa de cristal y quien recientemente obtuvo el premio de narrativa histórica "Ignacio Solares" 2016