Échate un trompo a la uña y éntrale a los poemas de Gildardo Montoya Castro

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No tengo la fecha exacta pero hace varios años Gildardo publicó su primer libro titulado: El ladrón que sobornó a la luna; pero si sé que diez años después reincidió con otro título: Armónica para desnudar el sueño. En tono de broma sus amigos le decíamos que era flojo y que pues teníamos que esperar otros diez años para un tercer libro. Él siempre sonreía y callaba, como maquinando. Ahora, antes de que se cumpla ese plazo nos entrega Ebria ilusión del aire.

Con regularidad y disciplina ha publicado sus poemas en cada número de la revista Molino de Letras que dirige Moisés Zurita Zafra. Tal parece que así como Gildardo los escribe los arroja a la lectura para que se vayan fogueando.

Muchos de sus poemas son interrogantes, cuestionamientos, pellizcos a la condición humana. Son imágenes vividas. Costras que maduran, que ocultan el zarpazo de lo perdido: “Ninguna metáfora” afirma el poeta, buscando la comprensión y complicidad del lector.

La poesía es acaso el bálsamo, quizá el tepezquehuite ante las pérdidas. Algo queda, las murmuraciones de los seres queridos o la blasfemia ante la impotencia, escribe: “Te perdí y allá te dejé entre tartufos./ Defecan lumbre, un marido,/ mierda, lumbre, ahí, allá, tan lejos, te perdí en/ cáncer, hermana”.

Cada palabra está cargada de lo que somos, cada palabra también es un viaje por lo existido. Tal parece que Gildardo le murmura al lector: detente, no leas tan aprisa, quédate en estos versos, sé mi cómplice, comparte mi soledad y mi grito, escribe: “Escribo íntimo:/ he pasado tantas tardes/ inciertas esperando la voz de mi abuela…/ envuelta, viva melodía, con sus gatos”,

Los poemas son ecos, murmullos. A veces uno siente que la página es su confesionario. Gildardo arriesga su yo, no teme desnudarse, no finge que es otro. En su escritura se mezclan los tiempos de la infancia y la adolescencia; batido que la mirada del adulto las cuela, las criba en palabras constreñidas hasta casi el tartamudeo, dice:

Visito a mi madre, no alude achaques,
ni ochenta y tantos en la tierra…
“Acércate –me dice– necesito contarte algo…
estoy invadida por una música, no dejo de escucharla,
incesante, noche y día, es música,
sí, sí pero triste, casa en ruinas, polvorienta,
sangre a la deriva.

Los poemas de Gildardo Montoya están permeados por la música. Se escuchan las voces puntuales, no buscadas en el asombro de sus asociaciones, sino en el ritmo de lo que se ha vivido, el sonido que al paso del tiempo quiere ser materia  tangible, lo que queda en el cuerpo.

Ebria ilusión del aire trata de ser la recuperación de un tiempo perdido. Palabras, interrogantes. El círculo generoso e incierto: planta semilla planta o padre hijo padre. Algo como el viejo que murmura en el espejo su barba desolada y busca el sabor de aquella delicia. Una manzana

Incertidumbre inocente, horizontes paralelos, en nuestras manos unidas. ¿Cuándo dejamos de ser hijos y somos padres?

Poemas breves, constreñidos, espulgados o desmalezados por el oficioso obsesivo que es Gildardo Montoya Castro. Instantes crepusculares, oscuridades cómplices han iluminado las imágenes y saberes. Quizá una cerveza al frente o un caballito de tequila en la mano sirvan para llegar a ese punto donde el poeta encuentra la tensión verbal que se hace concreta en las certidumbres.

En las clases de Literatura que imparto en la UACh invito a mis alumnos a que se detengan o marquen los poemas o versos que suenen mejor, atendiendo a la sentencia del poeta Ezra Pound, quien afirmaba: “Si suena bien, dice bien”. Y hay versos o poemas que se quedan en nosotros, andan con nosotros, nos viven y los vivimos como esas líneas de Gilberto Owen que dicen: “Hay pájaros que sueñan que son pájaros y se despiertan ángeles”, o los versos de Porfirio Barba Jacob quien escribió: “Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,/que nos depara en vano su carne la mujer:/ tras ceñir un talle y acariciar un seno,/la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer”. De Ebria ilusión del aire, por lo pronto me quedo para mi disfrute de estos días con dos poemas, uno se titula “Desconcierto” y dice:

Escucho el concierto de mis tripas
en la noche insomne. Qué metales;
flauta o aliento ansioso trepan a
galope, inspiran el desacato sin rumbo,
ruido que no sonido, que no silencio, disonancia
furibunda…Ya no sé si estoy en la
melodía de los otros. ¡A callarse fulano!

Las urgencias me delatan. “Perro paria,
parido en el tiempo desierto”. ¿Cuándo
nacerás, pauta con ritmo de delicias? Ay tropel:
pecados, culpas y pedos, más papel, suplico
chorreante, córrele de nuevo al baño.

Me imagino y comparto con Gildardo la sonrisa por arriesgar estos temas escatológicos y hacerlos poemas. También soy cómplice y celebro la “Umbría cantiga”:

La cantina es toda mía. Te bebo, cerveza, con
renovada saña. Lengüeteo la hélice del tiempo.
Chupo memorioso. Sobo la mujer embarrada
en la pared. Léperos besos jadean de mi boca
casquivana; sigo con la mirada, en lento viaje
a la desvaída mesera que tirita en la cercanía
de mis manos. Arrojo mi ajado pliego de
pretensiones. Amiga, le digo, lloremos juntos
las miserias del mundo. La abrazo. Le voy cantando,
como si no tuviera prisa de la oscuridad: ayer
la gata tuerta parió cuatro arcoíris hambrientos

Felicidades, Gildardo y celebremos la aparición de este tu tercer libro de poemas. Y al público va la invitación para que adquieran y lean versos de buena factura. Recuerden que tal vez el destino nos tenga preparadas algunas sorpresas y alguna vez nos pregunten por los tres libros que hayamos leído. Por lo menos ya tendríamos uno. Gracias