Mochilero sin mochila

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Córdoba, Argentina 2014

Llegó el Sábado de Gloria de la Semana Santa, dormía profundamente en una habitación compartida en un hotel con un grupo de ocho amigos, todos parecíamos estar fundidos entre cobijas luego del cansancio obtenido por un tour que el día anterior habíamos hecho a la ciudad Carlos Paz en la provincia de Córdoba; junto con la celestial aparición del sol por las ventanas, comencé a escuchar voces como en otra dimensión, sí, cuatro de mis amigas se habían despertado para salir y eran sus conversaciones las que de momento interrumpían mi sueño. Cuando las voces empezaban a silenciarse se acercó a mi cama Mali, una mexicana del grupo y me dijo “Toñito voy a ir con las otras mexicanas a Alta Gracia al museo del Che Guevara ¿vienes con nosotras o te quedas con el resto?”, pero mi deseo de descansar era mucho más fuerte, ya que fui el último en llegar a dormir por quedarme hablando en el bar del hotel con Magú, una cantante que ahí había conocido.

Desperté a las 11:00 am junto con el resto del grupo, rápidamente nos pusimos de acuerdo para salir y buscar un lugar donde almorzar. Caminamos por el centro de la ciudad hasta encontrar un bonito restaurante en el que comimos tanto, que parecía desayuno y almuerzo en una misma mesa; saliendo de aquel lugar propuse aprovechar el resto del día para visitar otras ciudades, mis compañeros se mostraron desinteresados, y en contrapropuesta me ofrecieron seguir caminando las calles de esa ciudad, pero a decir verdad no era esa mi intención teniendo en cuenta que había muchos lugares cargados de historia y más contenido cultural; les pedí un permiso para regresar al hotel y guardar mis cosas, pero a medida que me alejaba pensaba que podría llegar al hotel y buscar compañía para cumplir mi propósito, ya que en ese mismo lugar conocí a una mujer de New York y una alemana –ambas tenían ojos tan azules como el brillo del cielo en un amanecer–; luego de avanzar no más de una cuadra me devolví y haciendo señas les indiqué que siguieran sin mí.

Al llegar al hotel me encontré con un israelí que trabajaba como voluntario en la recepción. Le pregunté si había visto a la estadounidense o la alemana a lo que respondió, con un buen dominio del español, que minutos antes se habían ido; me senté en la recepción y comencé a buscar desde mi celular un mapa para marcar un recorrido por hacer. De repente me llega un mensaje de texto de Malí preguntando qué hacía, a lo que respondí que no sabía qué hacer ni para dónde viajar, me dijo que si yo quería me esperaba en la terminal de Alta Gracia para ahí decidir hacia dónde movernos.

Salí en busca de un taxi o remis como le llaman en Argentina, pero el tráfico estaba tan tenso que era más rápido llegar caminando, no lo pensé dos veces así lo hice hasta la terminal de transporte de Córdoba Capital. Bañado en sudor, con mi mochila en la espalda y un abrigo en mano recorrí todo el lugar buscando el bus que tuviera la salida más pronta, pero la búsqueda fue inútil pues la próxima salida era a las 3:00 pm y aún faltaban treinta minutos.

Alta Gracia

Llegué a Alta Gracia a las 3:52 pm y bajando del bus hice un escaneo del lugar hasta divisar en el fondo a mi amiga, me recibió con un abrazo tan fuerte que parecía que teníamos más de un siglo sin vernos.

Justo frente a la terminal estaba el paso de un río de agua cristalina, bajé hasta él y metí mis pies para relajarme, ella intentó hacer lo mismo pero no soportó el frío y salió; comenzamos a narrar los motivos por los cuales nos quedamos alejados de los grupos y entre risas y decepciones momentáneas descubrimos que era el momento justo para que hiciéramos un nuevo recorrido; decidimos hacerlo pidiendo aventones en las carreteras, o sea, a dedo o de mochila.

El primer aventón

Estábamos en el corazón de Alta Gracia y sabíamos que dentro de la ciudad era imposible encontrar aventón, por lo que nos pusimos en una parada de colectivo esperando una ruta que nos sacara de la ciudad, paramos un autobús pero éste se dirigía a otro lugar por lo que nos sugirió que esperáramos el colectivo numero dos que pasaba a las 4:20 pm con destino al crucero, lugar donde hay una vía principal; ya faltaban pocos minutos, pero en un descuido, del colectivo numero dos sólo vimos su sombra al pasar.

Nos miramos las caras y decepcionados decidimos caminar hasta el crucero a una distancia de 4 km, andando por la avenida peatonal a orilla de un río vimos que detrás de nosotros se acercaba un señor en un caballo el cual venía agarrando dos caballos más, nos volvimos a mirar, pero esta vez con un aire de esperanza y le dije, él necesita dos ayudantes y nosotros dos caballos para avanzar; nos acercamos al señor, nos presentamos y le contamos el motivo por el cual andábamos de mochila, aceptó prestarnos sus caballos y así logramos avanzar un par de kilómetros más.

Estando un poco más cerca de la vía principal seguimos caminando por los barrios, lo cual era difícil pues teníamos que hacer muchas subidas ya que estábamos en una ciudad sobre las sierras Argentinas; en medio del recorrido Malí dijo que necesitaba con urgencia un baño, vimos una tienda de frutas, pedimos el favor y mientras Malí usaba el baño yo le contaba a la señora de la tienda el motivo del viaje, al despedirnos de ella y darle los agradecimientos nos pidió que nos detuviéramos, nos entregó una bolsa con manzanas, platanitos y mandarinas, su sonrisa y actitud fueron tan nobles y sinceras que volví hasta ella para darle un abrazo tan fuerte que por poco quiebro sus huesos.

El segundo aventón

Recorriendo las calles de Alta Gracia, entre casas que parecían reconstruir los escenarios arquitectónicos de Europa seguimos nuestro andar, deteniéndonos cada vez que los semáforos daban señal verde para hacer signo de aventón con el dedo a los autos que se acercaban en medio de lo que parecían espesas olas vehiculares; luego de intentar y caminar treinta minutos aproximados, una señora que iba con su esposo se acercó a preguntarnos si estábamos interesados en llegar a Córdoba Capital, pues ellos podrían llevarnos, Malí me miró y preguntó con su mirada si regresábamos y le dije que no era nuestra opción, que la idea era avanzar hasta nuestro siguiente objetivo; seguimos caminando y luego de pasar no más de 5 cuadras un señor de avanzada edad nos dijo que llegaría hasta El Crucero, subimos a su auto y luego de ser entrevistados por él llegamos a nuestra vía principal, donde descansamos escasos segundos hasta ubicarnos nuevamente a orillas de carretera para seguir pidiendo aventón.

El tercer aventón

La noche empezaba a caer y el cansancio cada vez se hacía más notorio, alcancé a contar 52 autos a los cuales hicimos seña y ni un cambio de luces recibimos, de repente Malí se mostró muy exhausta y me pidió que tomáramos el próximo colectivo a Villa General Belgrano, la miré y le dije con mucha seguridad, que se pierda todo menos la fe, frase que se convirtió en la bandera de nuestro recorrido; llegamos al acuerdo de que esperaríamos cinco autos más y si no, regresaríamos a un hotel, pero bastaron solo tres autos hasta encontrar nuestro siguiente aventón, un hombre joven que laboraba en Alta Gracia y que cada día viajaba hasta su pueblo para estar con su familia.

Llegamos al pueblo de nuestro amigo viajero, no estaba en nuestros objetivos, pero si en el camino para alcanzarlos, el hombre se mostró muy amable y nos dio un par de recomendaciones, pues alguna vez en su vida anduvo de mochila, nos ofreció que horas más tarde pasaría por el lugar donde nos dejaba a ver si aún estábamos para brindarnos hospedaje.

Esperamos el próximo de aventón mientras la noche se hacía cada vez más espesa, de repente se nos ocurrió cruzar la calle para llegar a un mini supermercado a pedir prestados una hoja y un marcador para cincelar el nombre de Villa General Belgrano y ser un poco más visibles en medio de la oscura carretera; mientras yo escribía en la hoja de papel, Malí le contaba a la señora que nos atendió que estábamos viajando de mochila, a lo que ella en un normal sentido de comerciante preguntó si íbamos a comprar algo. Mi compañera le dijo que no llevábamos dinero, pero si ella aceptaba yo podría cantarle una canción y si no le gustaba no pasaba nada, pero si le gustaba podría darnos una botella con agua; cansado de tanto andar solté la mochila de mi espalda, me relajé por primera vez en aquella tarde y con una voz que lentamente recuperaba fuerzas, entoné una bonita canción del colombiano Andrés Cepeda, la señora del mini supermercado nos miró y dijo: “Che, hija, traéle una botella de agua de la más grande al chavón y a su amiga” y fue así como obtuvimos nuestros primeros cuatro litros de agua gratis.

Regresamos al extremo de la carretera donde volvimos a ponernos en guardia, pero esta vez con un papel marcado que de alguna forma nos daba esperanza de que pudiéramos encontrar más fácil un aventón, el hambre como de costumbre empezó a hacer que mi poca paciencia se fuera desvaneciendo y el frio a hacer que Malí me mirara con ojos de gato tierno para decirme que nos regresáramos a Alta Gracia; entonces le propuse: ve al extremo contrario de la carretera, tu pides aventón a Alta Gracia y yo a Villa General Belgrano, lo hice con doble intención pues era más difícil un aventón a Belgrano y mucho más si lo pedía un hombre solo y también yo quería regresar.

De vuelta a Alta Gracia

De lejos se veía venir un colectivo que iba camino a Alta Gracia, crucé la calle y sin pensarlo dos veces subimos; luego de unos minutos estábamos de vuelta a la ciudad que vio crecer a Ernesto “Che” Guevara, y empezamos a caminar con la intención de conseguir un hostal para pasar la noche; mientras hacíamos parada en el semáforo peatonal le preguntamos a una mujer que iba a nuestro lado si conocía uno cerca, nos indicó más o menos el sector donde estaban varios hostales como opción. Llegamos a la primera opción, pero sólo escuchamos una voz por el citófono que decía “Lo sentimos, ya no hay lugares disponibles”. Seguimos caminando hasta encontrar uno que de primera impresión no era el mejor, entramos y al fondo estaba una señora en compañía de una chica, preguntamos por la persona encargada de la administración, nos miró y sonriendo dijo “no está la administradora, pero estoy yo, que soy la dueña, si les interesa puedo ayudarles”. Fue agradable ser recibido de esa forma tan gentil.

Malí inició con todo el parlamento de que veníamos viajando de mochila y no traíamos dinero suficiente, que si era preciso podíamos dormir los dos en una cama y así pagábamos sólo por uno. La señora por un momento se desinteresó en el hecho de negociar con huéspedes y se enfocó más en saber de la vida de una mexicana y un colombiano de mochila por Argentina. Justo cuando Malí decía que extrañaba su gastronomía la señora nos dijo que a unas cuadras había un lugar de comida mexicana llamado “Cielito Lindo”, luego de conversar por largo rato, nos dijo que pagáramos una sola habitación, pero que igual, cada uno durmiera en la suya que ella nos obsequiaba la otra.

Luego de un merecido baño salimos a buscar “Cielito Lindo” pues Malí quería conocer al dueño, proponerle que yo cantara un par de rancheras y él nos dejara comer libremente –se estaba convirtiendo en mi manager–. Encontramos el restaurante, era muy lujoso y bien organizado, ya hasta empezaba a dudar en cantar ese par de canciones; preguntamos por el dueño, dijeron que no estaba, pero si íbamos diez cuadras hacia abajo encontraríamos el “Teatro Pandora” también de su propiedad y donde seguramente estaría. Luego de quedar anonadados detallando la carta salimos en su búsqueda.

Llegamos al teatro, el dueño resultó ser un hombre de unos 39 años de edad aproximados, pero con un estilo bastante juvenil; nos invitó a sentarnos con él y mientras mi mirada se perdía en el horizonte por motivos de mi irremediable hambre, Malí hablaba sin parar de la cultura mexicana. En vista de que habían pasado varios minutos sin conseguir nada le dije a Malí que nos fuéramos, pues tendríamos que salir a ganar dinero para poder comer, ella me siguió el juego y justo al momento de despedirnos el señor nos preguntó si ya conocíamos su restaurante, pues si queríamos nos invitaba a que comiéramos lo que quisiéramos y obviamente dijimos sí. Camino al auto nos hablaba que estuvo en México como productor audiovisual, que su esposa es una actriz famosa del país azteca y a la vez una sensual chica Play Boy, llegamos a su auto, un Alfa Romeo muy lujoso al cual subimos y luego de un recorrido por las calles de la ciudad hicimos nuestra entrada triunfal a “Cielito Lindo”, nos dijo que pidiéramos lo que quisiéramos, no sabíamos que era más fuerte, la tentación de pedir por toda una tarde sin comer o la pena de no excedernos por la condición de invitados; luego de unas ricas quesadillas mexicanas y otras delicias, la mesera se acercó y dijo que la casa invitaba todo lo consumido. Agradecimos a aquel señor por su cordial gesto y luego de él hacer invitaciones muy personales a Malí, ella no tuvo otra opción que hacer comentarios como si fuéramos pareja, solo quedó agradecer una vez más, despedirnos y volver al hostal a descansar.

Un nuevo amanecer, un nuevo aventón…

Luego de dormir poco a causa de un vecino de nuestra habitación que tenía un extraño ronquido como el de un cerdo en estado agónico, nos pusimos en pie y nos preparamos para dejar todo listo y reiniciar el recorrido que la noche anterior habíamos suspendido; caminamos por las calles de Alta Gracias buscando un lugar en el que pudimos desayunar café y un poco de pan.

Seguimos caminando pero esta vez con una visión un poco más clara del recorrido, por ejemplo, ya sabíamos que teníamos que llegar al crucero donde era más fácil encontrar un aventón, luego de andar casi quince minutos vimos a un señor que en una antigua camioneta subía unas cajas, aprovechamos que estaba estacionado para pedirle aventón, aceptó sin pensarlo y fue así como pudimos llegar a dos cuadras del crucero.

Quinto aventón, “no hay quinto malo”

Ya estando una vez más a orilla de carretera, con nuevas fuerzas y nuevas ilusiones nos separamos a una distancia aproximada de 100 metros para así hacer señal de aventón a un lugar cercano o en el más prodigioso de los casos, uno directo a Villa General Belgrano, lo cual era mucho pedir.

Justamente en medio de nuestras dos ubicaciones se detuvo un auto color blanco conducido por una señora que lucía unos lentes de sol que cubrían el 50% de su rostro, música rock a todo sonar y una actitud bastante agradable; nos preguntó a dónde nos dirigíamos y con grandes esperanza le dijimos que ojalá pudiera ser a Belgrano, pero si solo podríamos avanzar un par de pueblos con su ayuda, estaría bien, nos dijo que iría a Santa Rosa de Calamuchica y que pasaría por Villa General Belgrano, no lo pensamos ni un segundo y en menos de un parpadear ya estábamos a bordo con aquella juvenil señora. Luego de más de una hora de recorrido, llevó su mano derecha -marcada con una gran cicatriz- hasta el volumen del radio del auto, lo bajó para decirnos que estábamos a punto de llegar a uno de los lugares más mágicos de los Valles de Córdoba, llamado Los Molinos y que si deseábamos podríamos bajar, conocer, tomar fotos que igual ella nos esperaría.

De regreso al auto, nuestras caras de sorpresa eran indisimulables, pues parecía un sueño que alguien no sólo tuviera la voluntad de ayudarnos sino también la intención de cumplir nuestros silenciosos caprichos, seguimos avanzando hasta hacer parada frente a una entrada muy colorida y peculiar de una ciudad con todo el ambiente Alemán–Suizo llamada Villa General Belgrano.

Villa General Belgrano

Nuestra meta estaba cumplida, llegamos al lugar que tanto nos hizo sudar, caminar y hasta morir de frío, luego de recorrer sus calles descubrimos que todo el sacrificio valió la pena, era como entrar en los dibujos de un mágico libro: estructuras alemanas y paisajes indescriptibles, era como haber atravesado un portal a lo fantástico, a un mundo ficcional extrañamente palpado con nuestras propias manos; entrando al corazón de Belgrano vimos un arroyo de agua transparente al que decidimos bajar para refrescarnos, pero justamente entre las rocas del arroyo resbalé y caí, afortunadamente no me pasó nada más que mojar mis zapatos y parte de mi ropa.

Seguimos caminando, cada rincón era un lugar para degustar una deliciosa cerveza artesanal alemana o cualquier comida típica europea, cuando empezamos a planear para sentarnos a comer y tomar algo, escuchamos que alguien llamaba detrás pero con dirección a nosotros, confundidos porque no sabíamos qué querían nos detuvimos y miramos, se acercaron dos argentinos y dijeron “che, disculpen molestar, es que pagamos una pizza y nos dieron la otra gratis, no queremos comer más ni caminar con ella, ¿la quieren?”, sorprendidos por esa situación que parecía de otro mundo recibimos aquella pizza y seguimos caminando buscando conocer más y comprar un par de cervezas para almorzar.

Escuchamos desde lejos una bonita melodía que parecía escocesa, la seguimos hasta encontrar en un restaurante en el que grupo de señores hacían esta cautivadora música; bailamos y reímos sin parar, en ese momento alcancé a conectar mi mirada con la mujer más hermosa de ese contexto; entró en receso la banda que sonaba y los músicos muy gentilmente entablaron una conversación con nosotros, conversación que terminó cantando las más reconocidas canciones de la salsa en el mundo, todo mi ánimo estaba al máximo hasta ver que aquella hermosa chica subía al auto con su familia y aun mirando por la ventana de atrás me sonrió y dijo adiós.

Despidiéndonos de los amigos músicos caminamos para buscar dónde comer, entramos en un restaurante que calles antes habíamos visto, ahí pedimos un par de cervezas, comimos la pizza que nos habían brindado y descansamos un par de horas bajo la consentidora sombra de un frondoso árbol. Volvimos a caminar en dirección a la salida de esa ciudad, queríamos llegar ahí para regresar a Villa María, ciudad donde vivimos; entramos a un bar para preguntar a los dueños cuál era la mejor forma de regresar, pero haciendo con sus dedos un mapa imaginario nos explicó que era más lejos regresarse que seguir avanzando hasta llegar a Villa María, pues debíamos pasar solo un par de ciudades y ya estaría.

Nunca pensamos que habíamos recorrido tanto como para estar a punto de cerrar el trayecto por los valles de Córdoba, Argentina; nuestros planes de inmediato empezaron a reestructurarse y sin darnos cuenta, nuestro próximo plan no era ya volver a Alta Gracia, sino avanzar en el camino teniendo como nueva meta Santa Rosa de Calamuchica.

Volvimos a orillas de la carretera en la entrada de Belgrano para esperar nuestro próximo aventón, pasó mucho tiempo y la tranquilidad empezaba a huir con cobardía al ver morir la tarde; regresé a un bar que estaba ahí cerca para buscar una hoja y marcador, pero cuando había escrito sólo tres letras de nuestro destino escuché el insistente llamado de Malí. Salí y era que había conseguido aventón, lo que se me hacía extraño es que era un taxi, por un momento pensé que se había aburrido y decido pagar, pero lo que no me convencía es que viajar en taxi era cinco o más veces costoso que un colectivo. Fui hasta el auto, me dijo que subiera y solo hice caso, ya dentro me enteré de la situación, el señor iba camino a su pueblo a buscar a su hija de dos años que estaba presentando fiebre y convulsiones, por lo que no tenía inconveniente en dejarnos de paso en Santa Rosa.

La noche se hacía cada vez más espesa y nosotros clavados en la entrada de Santa Rosa, ya no queríamos turistear sino seguir avanzando hasta llegar a casa, luego de una hora anclados a la carretera decidimos entrar a aquella ciudad en busca de un terminal de transporte para así tomar un colectivo directo hasta nuestra casa y dar por finalizada toda esa travesía; preguntamos a una señora que barría la entrada de su casa y nos dijo que unas cuadras adelante había una parada de bus donde seguramente pasaría el colectivo que buscábamos, luego de llegar ahí vimos que aun en medio de la soledad de aquellas calles estaba una pareja justamente en la parada que estaba frente a nosotros, tenían tanto equipaje que parecían irse para nunca volver; mientras mi compañera descansaba en aquel frío anden yo crucé la calle, no sé si buscando una guía o nuevos amigos para no aburrirnos en la espera. Entre sus equipajes llevaban una vieja guitarra, les pregunté si la podían sacar para cantar un rato, de inmediato comenzamos a hacerlo y a narrar nuestras historias y experiencias como aventureros de todos los mundos; justo después de explicarles de que parte de Colombia soy, la chica me preguntó si me gustaba el porro; de momento me sentí incómodo, pues porro es el nombre que en Argentina y otros países le dan a la marihuana y nunca me ha gustado que nos relacionen con la marihuana por ser colombianos; pero cuando la chica me dijo “cantáte los sabores del porro” yo quedé paralizado y ella me explicó que conoce muy bien de mi cultura y que esa canción le gusta, y fue así como en medio de la noche interpreté ese hermoso himno del maestro Pablo Flórez.

Pasaron muchas horas, aquellos compañeros de ruta tuvieron que partir y todavía no llegaba un colectivo para nosotros, decidimos seguir caminando para no congelarnos en esa estación, una señora que pasaba nos indicó por dónde seguir hasta encontrar el hospital de Santa Rosa, donde paraban los buses que nos podrían servir; en medio de aquellas solitarias, frías y oscuras calles llegamos hasta donde nos había indicado, a orilla de esa carretera pero bajando por una pendiente estaba una casa con las luces encendidas y la puerta abierta, sentimos que no estábamos solos.

Llegamos hasta esa casa para verificar la información que teníamos, una señora de avanzada edad nos atendió, luego de presentarnos dijo “mucho gusto, soy doña Chela, así me conocen todos, díganme Chela”; nos confirmó que justo frente al hospital paraban los conductores y que siempre llegaban a su casa por un poco de jugo o agua, nos dijo que el próximo pasaría en 45 minutos aproximadamente; nos invitó a sentáramos para esperar y con su paso lento se levantó para brindarnos algo de comer, nos dijo que su nieta estaba de visita y ella había preparado un asado para recibirla, pero quedaba mucha comida y nosotros parecíamos tener hambre. Admito que tenía razón; aparte de que un asado argentino es lo más delicioso del mundo, sumemos a ello las ganas con la que lo recibimos.

Pasaron unos minutos, seguíamos sentados en una antigua mesa ubicada en la parte de afuera de la casa de doña Chela, mi amiga y yo no encontrábamos palabras para agradecer tan majestuoso gesto de amabilidad, saqué del bolso de la cámara una manzana y se la entregué y luego de avanzar la conversación, Mali y yo le dimos dos estampitas, una del sagrado corazón de Jesús y otra de la virgen, lo cual ella recibió con un rostro de suprema gratitud y felicidad.

Vimos salir de la casa de doña Chela a un niño de dos años aproximadamente, muy sonriente, activo y juguetón, detrás de él venía la mamá, la nieta que doña Chela mencionó. Mientras se despedían de los abuelos y subían algunas cosas en el auto nos preguntaron a qué lugar nos dirigíamos y pues una vez les contamos se ofrecieron llevarnos hasta su ciudad, desde donde sería más fácil llegar y sólo faltarían dos horas de viaje desde allí.

Pudo ser el último de nuestras vidas…

Comencé a ayudar a pasar las cosas a la cajuela para ganar espacios en el auto, nos despedimos de doña Chela y empezamos a entrar en la nublosa carretera; habíamos avanzado sólo uno o dos kilómetros y percibimos un fuerte olor a quemado, por lo que dije que muy seguramente el bus que iba adelante estaba quemando las pastillas de los frenos, pero no, el olor estaba mucho más cerca. De repente comenzó a salir humo por la guantera, el conductor y su esposa estaban desesperados, pero no era posible detenerse pues íbamos atravesando un puente que no tenía luz ni señalización; el humo cada vez se hacía más intenso y sólo al terminar el puente nos hicimos a la orilla de la carretera para revisar qué pasaba. Bajamos del auto el conductor y yo, mientras mi amiga, la chica y el niño seguían adentro esperando que todo se solucionara; ya había fuego en la parte de adelante, el conductor levantó el capó lo cual fue un gran error, porque era obvio que se oxigenaría el fuego y se haría imparable, Mali desató al niño de su silla de seguridad y lo llevó al extremo de aquella oscura y escalofriante carretera, yo salí a buscar ayuda, pero me di cuenta que la chica seguía muy tranquila dentro del auto, esto me inquietó mucho y fui hasta ella, la encontré en estado de shock, parecía estar congelada, la saqué y la llevé hasta el otro extremo junto a su hijo y mi amiga. Miré hacia el auto y el fuego era más alto y angustiante, el hombre gritaba desesperado que no quería perder su auto y al otro extremo su esposa de rodillas le suplicaba que se alejara, que un auto se podía recuperar y que su vida era más valiosa; fui hasta la mitad de la carretera, me quité mi abrigo y aprovechando que por dentro es color azul fuerte, le di la vuelta para hacer señal de pare a cualquiera que viniera en el camino.

Un señor que viajaba en una camioneta con su familia se detuvo, le pedí prestado un extinguidor o como dicen en Argentina un “mata fuego”, él al ver la terrible situación fue hasta el auto a buscar al hombre que por poco se quemaba aferrado a no perderlo; lo convenció y junto al resto del equipo se fueron mucho más lejos, pues el fuego ya había consumido la mitad del auto, miré el extinguidor y por su tamaño era evidente que no serviría de nada, pero aun había un problema, mi mochila seguía en el asiento trasero y éste no estaba en llamas todavía; sin pensarlo fui a rescatar mis cosas, pero cuando estaba por llegar recordé que cuando ayudé a guardar las cosas en la cajuela había visto un cilindro de gas, lo cual me hizo reaccionar, olvidar aquel equipaje y correr hasta donde estaban los demás; no había corrido ni diez metros cuando un estruendo aturdió mis oídos y por ende mi equilibrio, y mirando de reojo hacia atrás vi como el auto explotaba y se consumía en el fuego, en ese momento descubrí que no existe nada más valioso que la vida, que aferrarnos a lo material no tiene sentido y que era necesario tomar ese camino para salvar esas vidas, porque el niño dormía atado en su silla, la chica quedó paralizada y su esposo se olvidó del mundo y sólo se concentraba en no perder su auto, fue así como aquel día terminé siendo, un mochilero sin mochila.