Consideraciones al libro “La ciudad en que morimos” de Antonio Ávila Galán

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Libro de Antonio Ávila Galán

En cada época surgen escritores que al paso del tiempo en su escritura manifiestan sus obsesiones temáticas, la aprehensión de estructuras lingüísticas, el uso particular de un vocabulario, un ritmo y otros aspectos que el quehacer poético les descubre. Todos estos tópicos son algunos que conforman la experiencia textual. De igual manera el texto genera una reflexión sobre la misma creación.

Daniel Samoilovich afirma que una poética es un aparato de obsesiones y rechazos no completamente consciente ni completamente ignorado por el escritor; es una cosa que al autor le sirve para escribir y que de algún modo se modifica cada vez que escribe; algo que para él surge en parte de su experiencia (y allí incluyo sus lecturas), de su disposición, de su reflexión sobre su experiencia, y en parte de la lectura más o menos sagaz de su propia obra. (1)

Cuando el poeta nombra a las cosas seguramente surge la poesía.  Tiene ojos y oídos para asombrarse; tacto, olfato y gusto para entender que su cuerpo es motivo de padecimiento y goce.  Que existe la necesidad de establecer una relación más cercana con el entorno: nombrarlo.  Los primeros hombres lo hacen con la articulación de sonidos. La repetición monótona  de una línea crea  imágenes plásticas y acústicas que al conjuntarse producen cierta energía.  Cuando las mujeres de la tribu repetían incansablemente: “La cacería ha sido buena, hoy tendremos que comer”, no era por la consumación de la caza, sino porque el ritual del canto era simultáneo a la aventura que realizaban los cazadores.  La poesía o el canto y el arte en general para el hombre primitivo tienen este carácter sagrado.

El que escribe vuelve al origen. Descubre el silencio al que ha de regresar siempre cuando cierra el largo trayecto de la articulación. El que escribe es el hombre primitivo que se asombra; uno más de la tribu sentado cerca del fuego. Sabe que en la inmensa oscuridad, allá arriba, en aquello que no sabe que se llama cielo brillan otras hogueras y alrededor hay otros hombres que platican de seres fantásticos y montañas que hablan y dicen llamarse Polifemos, Escilas o Caribdis. Escribir es asombrarse. Entrar en la naturaleza de las cosas y nombrarlas, situarlas en el espacio verbal del lenguaje, con la relación de significados y equivalencias que ofrecen los sentidos. El que escribe relaciona. Tensa. Desea. Quiere tocar al otro.

La ciudad en que morimos de Antonio Ávila Galán es un libro estructurado en cuatro secciones: “De sal y viento”, “Al despertar el alba”, “De otros amores” y “La ciudad en que morimos”.

En “De sal y viento” Antonio Ávila Galán nos introduce y ubica en el espacio físico y espiritual de las evocaciones. Aquí encontramos a Gonzalo, el padre, que recuerda y a Raquel, la madre, en imágenes vividas y asimiladas en la experiencia propia y que buscan ser compartidas. El mar es una presencia permanente que se confunde y se funde en el acontecer de los seres que habitan esta ciudad en que morimos.

Con metáforas que luego son imágenes abre la expresión y permite adentrarse en la interioridad de un hablante que exterioriza su erotismo, y la mujer es luz, memoria, piel, voz; el río donde se baña un tigre-hombre ya cansado.

En la literatura, una de las formas de valorar y respetar a la naturaleza es el hai kai y el autor lo hace y nos inicia en esa contemplación con el poema “Las ranas”:

Entre las piedras
dos pares de ojos
parecen sincronizar el tiempo

Poemas humedecidos por las aguas del lago, del río, del mar, que es el amar de los soledosos, de esos que regresan. Hombres que se saben finitos y padecen el deterioro de cada día y aceptan su naturaleza. Siempre es el mar, preciso, obsesivo, puntual. Mar que es el hombre al encuentro de otro mar: su espejo.

A través de 35 años, el autor ha indagado y experimentado en torno a la escritura literaria, acto que consta en la publicación de tres libros de poemas y cinco de crónica. Se ha apropiado de un lenguaje y sus palabras son constancia de un tiempo vivido y que ha madurado en sus versos; estos surgen plenos de emoción y pensamiento, esa difícil dualidad que llamamos precisión, quizá por eso afirma: “El octosílabo flamea entre los árboles del parque/ cuando el fandango es gravedad extasiada/ Sólo un sueño”

Poemas impregnados por el viento y la sal gruesa de la memoria, allí donde “Los sueños son luciérnagas/ de polvo y herida/ pesadilla que nos alcanza”

Difícil es el registro del acontecer. Al paso de los días, acaso quedan imágenes o la escritura a fuerza de escarbar en la carne quita capas a la jugosa cebolla que es el cuerpo. Al paso del tiempo el hombre madura, sueña o recuerda; al escribir, tal vez descubre las imágenes carnales de la adolescencia y las actualiza en la experiencia de jóvenes amantes, de dulces compañías.

“Al despertar el alba” está poblada de imágenes y aromas de la naturaleza: Niños, voces, aves; pájaros que con su aleteo liberan a la tarde y con los que el hablante identifica sus desahogos: “Pájaros/ descifran su vuelo”; “Los pájaros/ vuelven a ser/ ocioso sol de invierno”. Pájaros y más pájaros: niños pájaro: “—los mocosos del demonio—”, pájaros trasnochados, taciturnos, contemplativos; pájaros en el alambre que “desgranan la tarde” y enmarcan el encuentro erótico de los amorosos hasta convertirse en un recuerdo y festejo del Plan de los pájaros. Imágenes campiranas: de la minucia del gusano al sopor del ganado en el corral; perros de barrio tirando su último aullido en la madrugada. Escritura donde el hablante es un escarabajo y desde allí expresa su acontecer: la soledad y la desmemoria de los viejos.

En “De otro amores” habitan los amores perdidos que sobreviven como un contagio. Es la celebración de la ausencia, el cuerpo que muere y, ”el esqueleto/ se vuelve humo casero”. El paisaje, la cotidianidad y el hastío del amor en el anochecer. O ese arrastrarse por los arrabales y descubrir a la “Puta después del alba”.

“Duele no dejarse ir” es uno de los poemas medulares en el libro. Es festejo de la amada, aprehensión de lo soñado. Contemplación, alabanza y contacto: juegos y jugos, descubrimiento y comprensión: la mirada del amante y de Dios: reverberación y revelación, y sin embargo “Duele no dejarse ir/ En el momento exacto/ El tiempo es efímero”. En este poema el autor, con sabiduría, nos ofrece la celebración de los cuerpos germinando en la verdadera existencia, aquella donde los amantes se saben eternos y efímeros..

En el poema “Poseer lo que se pierde” Antonio Ávila Galán expresa su poética. En ese preciso oxímoron está contenido el sentido de su poesía: sólo se posee lo que se ha ido, aquello en cuya pretensión de eternidad estaba el gusano de lo efímero. Nada es nuestro, lo que poseemos es sólo una ilusión. Ya el poeta Carlos Illescas en certeros versos escribió: “Qué buscas temerosa con empeño,/ si lo vivido es sólo lo vivido,/ si nada existe fuera del asombro/ y la memoria vive del olvido?/ Escucha cómo canta sobre tu hombro/ la certidumbre del momento justo/ y míralo después cómo es escombro.”

Antonio Ávila Galán ha vivido, bebido y escrito con nervio y la escritura le ha revelado que la verdad en la que cree es la que “nos enseñaron en la infancia/ Los ancestros”. Por eso vive las urgencias de la carne, padece lo transitorio de la existencia y ese doloroso paso del tiempo que se queda “En la memoria de las piedras/ Y cuerpos vírgenes”. Sabe que el hombre se encuentra o se descubre desnudo ante su cotidianidad y no hay espejos que se rompan: él es la materia desgarrándose en el festejo a la hora de echar tragos: Sabe de la imposibilidad de perpetuarse en la dicha y que sólo es posible ese “asombroso caer en el instante efímero”

Por eso, en sus versos escuchamos a hombres cansados de la sórdida rutina de lo cotidiano y que prefieren soñar “con ser un animal a la deriva (…) Animal que habla a las sombras” y ser “un viejo amor”; hombres que a la manera de Jaime Sabines canonizan a las “Cotidianamente santas”, aquellas “que se quedan olvidadas/ En otros sueños”, aquellas que “En cada aventura,/ Embarazan de humedad/ Su alegría en la soledad del miedo”

La ciudad en que morimos es un paseo evocativo por Tuxtepec: sus lugares, personas, paisajes, orígenes, imágenes, costumbres, creencias, palabras de la ciudad en que se ha nacido. En poemas de amargura sutil ante el irremediable paso del tiempo, allí donde “Agonizan placeres” y “Cada sueño del hombre es un paso al vacío”, transitamos entre el olvido y la memoria, el fastidio y el desprecio.

Ante el universo divino de la carne, el hombre es una minucia, todo se transforma y “nada es igual” y sólo queda reconocerse como ese animal que inútilmente enmendará su instinto, o evocar ciertos placeres cuando “La memoria se arrincona por/ Todos lados/ Enseña sus fauces”

Para Antonio Ávila Galán el hombre es memoria. Una ciudad conocida, que ha envejecido en la interioridad del poeta, ésta, donde “Por las calles largas de otoño/ la mirada de los animales/ pasea como si vieran revivir al muerto”. Tuxtepec que ama y a través de los muchos versos ha aprendido a nombrar y distinguir a sus personajes, entre ellos a la prostituta o el “culión del barrio”. Ciudad que es tránsito nocturno, experiencia entre las sombras, mientras se allega “la catástrofe del día”.

Antonio Ávila Galán con una poesía que deleita y duele nos ofrece el espejo borroso donde el lector se mira, se reconoce pues sabe que el tiempo, el tortuoso como dijera Hesiodo, con su guadaña carcome la carne del hombre, devora su conciencia y “degüella la ciudad en que morimos”. Todo es transitorio. Sólo los deseos permanecen.

 

  1. Crónica dominical, año 2, núm 134, julio de 1999.