Terapia intensiva

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Selección y palabras introductorias de Eusebio Ruvalcaba

CUENTO DE JAIME GARCÍA RODRÍGUEZ

La muerte extrae la materia prima del arte de escribir. Cada escritor espera pacientemente el momento de confrontar la muerte. De que la muerte le dicte el camino de la conciencia. Hasta donde yo sé —que es bien poco— no hay escritor que eluda por siempre el momento de llamar a mujer tan elegante a la palestra. Que salga airoso, es cosa de talento. Y de suerte.

Jaime García Rodríguez lo sabe.

Terapia intensiva

Imbuido en su negligencia, crucé la zona de visita del hospital público y recogí el pase. Hacia el pabellón, el pasillo de los dormitorios me recibió con su habitual coro de lamentos. Ella nunca se quejó, y no es que fuera valiente, pero sí testaruda y orgullosa; necia como su madre y sus hermanos. Llegué. Ella dormía en la primera cama. La envidié; yo estaba sin dormir. Toqué la bolsa interior de mi chamarra y busqué sin éxito el psicotrópico en el que gasté mis últimos pesos.

Había dos camas más, vacías. Días atrás me pidió con señas que le leyera. No lo hice. Estaba convencido de que la habían asignado con los desahuciados, así que para qué molestarse. Su amiga de toda la vida me saludó y me dio algunas indicaciones: que acababa de tomar sus alimentos, que si esto, que si lo otro, y se fue muy preocupada de que me quedara a cargo.

Parecía profundamente dormida, pero abrió los ojos en cuanto su amiga desapareció. Me miró suplicante. Con señas indescifrables quién sabe que me pidió; yo bajé hasta la manivela de la vieja cama metálica y le di vueltas con mucha dificultad hasta que quedó medio acostada, o medio sentada, no sé, que se diera por atendida. Tomé asiento dispuesto a ignorarla y busqué mi psicotrópico con ansiedad.

Con emisiones guturales insistía en decirme algo. Fingí interés y me puse de pie y coloqué mi oreja muy cerca de su rostro. Sólo le daría una oportunidad. Los sonidos salidos de su boca eran incomprensibles; la secuela de la última embolia la había hecho perder no sólo la mitad del movimiento del cuerpo, sino había convertido su voz en apenas un débil gargareo. Volví a mi asiento. Poco antes de perder el habla, me había confesado haber escupido al cielo reclamando a Dios por qué le había preparado “tan ojete destino”, que sí, que en el pasado una vecina le pidió ayuda desesperada, golpeando enloquecidamente a la puerta de su casa de soltera, pero por una rencilla vecinal no quiso abrirle. “Ahora que se joda”, pensaba ella, me decía. Ya cuando llegó su madre se enteraron: la vecina había muerto a unos cuantos pasos, acuchillada. ¿Era para tanto? ¿Tan cara era la cuenta?, me había preguntado. Yo me alcé de hombros, aunque por dentro me reía ante la anécdota; Dios sí que sabía hacer bromas. Qué bueno era ser ateo y estar fuera de ese karma.

Se movía tratando de incorporarse, a veces era su cabeza, a veces su mano, a veces su pierna buena, como si no quisiera permanecer acostada. Le dije: “Cálmate, descansa, relájate, no hables, no te canses”. Movía su quijada, paralizada por la mitad, con muchas dificultades. Se llevó una mano hacia el rostro. Peló los ojos abominablemente. Su mano enclenque se movía hacia arriba, hacia abajo, rebasaba sus fuerzas, caía, y con voluntad increíble volvía a colocarla a la altura de su cabeza, de su frente, de sus sienes. Me miraba. Yo no iba a persignarla. Sus ojos: esferas de pánico. Reí sórdidamente cuando pensé gritar como lo hizo Miguel Inclán en aquella película de vecindad: ¡Cierra esos ojos! ¡Cierra esos ojos! Y los cerró. Su mano cayó sobre la almohada y un gesto triste cruzó su rostro pálido. Vi una lágrima transitar por su pómulo hasta que secó. Me congratulé de su sueño. Lo mejor era calmarse y dormir.

Junté dos sillas para echarme. Antes, volví a buscar el psicotrópico entre mis ropas. Me eché. Recordé cómo, hablando la familia con ella, platicando anécdotas divertidas, de pronto su risa se tornaba en llanto, cuando antes de eso su risa contagiosa nos animaba a seguir. Así que convertido el gesto risueño en sollozos, hacía que se nos cayera la cara de vergüenza por no percibir a tiempo que su felicidad servía para disfrazar sus penas. Le decíamos que se desahogara, aunque en realidad la tomáramos por aguafiestas.

La enfermera en turno entró y le tomó el pulso. Hora del medicamento y cambiar las sábanas. Las enfermeras siempre me han chocado. Con la presencia de ésta y la falta del psicotrópico me puse tenso. Imponente, implacable con su rostro de palo, me pidió que saliera. Salí y ella detrás de mí. Cerró la puerta y se perdió en el fondo del pasillo, sin prisa, sacudiéndose las manos en su uniforme impecable. Aproveché para ir al sanitario. No podía usar el de los pacientes, pero lo usé, y oriné fuera del retrete. Mis manos comenzaron a temblar, cuando sucedió un milagro: había una tira de Valium, probablemente caduca, en el bote de desperdicio. La tomé de entre el papel higiénico ungido de mierda humana y me sentí más tranquilo.

La enfermera regresó con seis personas de blanco, jóvenes. Tal vez pasantes. La última de ellas arrastraba dos carritos con aparatos. Ocultándola, recargué la tira de Valium entre mis manos y el muro. Esperé. Salieron del pabellón y se repartieron en otras habitaciones, quedándose cerca de mí la enfermera y un médico –eso decía su gafete–. Él preguntó a ella quién era el familiar. Ella me señaló. El médico chasqueó la boca desilusionado, y me dijo:

–¿Cuántos años tienes?

–Dieciocho –dije sacando las manos detrás de mí, adoptando una posición firme, madura. El Valium quedó entre mi espalda y la pared. Tenía presente la descompostura de la gente ante malas noticias, así que pretendí que el médico me tomara por entendido, que yo comprendía.

–¿Hay algún otro familiar en la sala? –preguntó. –No –contesté. Hasta las seis alguien me relevaría.

El médico volvió a chasquear la boca. Tomó aire e inició un discursillo informándome que a las cinco de la tarde se diagnosticó, después de aplicar un quién sabe qué… Me negué a escucharlo, hasta que anunció:

–Lo siento, la paciente falleció de un paro cardiaco y respiratorio. ¿Puede morir alguien de dos ataques letales a la vez?

Sorprendido por mi compostura, me dio indicaciones de lo que seguía. Cuando acabó, entré por el pase al pabellón. Ella yacía en la cama, ya sin expediente en el compartimiento para los documentos en la piesera, cubierta de pies a cabeza por una sábana que no quise levantar. Del buró tomé el pase de inmediato, mas salí tranquilo, no permitiría que pensaran que la muerte me afectaba. Yo era cabrón. Se dice que “hay que ser cabrón, no cabrón pendejo”. Yo era el segundo. Estaba muerta, ¿por qué seguía orgulloso con ella?

El pasillo que conducía a la sala de espera se hizo más largo de lo habitual, las lumbreras en el techo se burlaban con sus destellos parpadeantes. Bajo esa luz, las gesticulaciones tétricas de la mujer en cama me invadieron mientras recorría el pasillo de lamentos con paso milimétrico. Quería que la persignara, que no la dejara ir con la conciencia sucia al haber expelido hacia el cielo. Y, sin desearlo, la memoria fue más atrás: ella en el baño, la boca en el grifo del lavabo, muerta de sed por las raciones raquíticas que se le permitían del líquido, apenas sostenida con su pierna que se pudría en ámpulas.

Salí a la calle. Me habían dejado una tarjeta telefónica para llamar a casa por si algo se ofrecía. Llamé. Nadie contestó. Paré un taxi. Cuando estuve arriba, luego de comunicarle al chofer la dirección, le dije que al llegar alguien pagaría su servicio, y el masculló: “¡Uta madre!”. Y luego más alto: “¡Pues ya qué, ya estás arriba!”, hizo tronar la caja de cambios y aceleró su vocho desclochado.

Me había acostumbrado a aventones, a taxis sin pagar, o a amedrentar al chofer si se enfurecía por el “ray” –mamá nunca saldría más al rescate con su monedero–, pero en ese momento sentí una vergüenza espantosa, ganas de bajar y salir corriendo a casa; con suerte, seguiría de filo hasta perder de vista el mundo y largarme a otro pinche planeta. Pensé en la tira de Valium que encontré –cayó de mis manos al retirarme del muro e introducirme al pabellón por el pase–, pero las ganas de doparme se habían disipado para siempre. Era cierto: ya qué, ya estaba arriba. Esperé –con el taxista mirándome con hastío por el retrovisor– llegar a casa y que alguien más, quien quiera que fuera, pagara la cuenta.