Perdida

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Después de recorrer los espléndidos campos del Valle de Loira y sus majestuosos castillos, al anochecer llegamos a una pequeña ciudad de Francia, cerca de París, para pernoctar y seguir al día siguiente el tour por Francia.

En cada hotel hay que aprender: cómo llegar al cuarto asignado, cómo funciona la puerta, qué detalles tiene el baño, si el contacto de luz es el adecuado a nuestros aparatos, si hay servicio en el restaurante y muchos detalles más.

Aun cuando llegamos tarde, después de instalarnos en cada lugar de pernocta, la mayoría de los viajeros salimos a hacer un pequeño recorrido, para llevarnos un poco del lugar en el alma.

Como viajaba sola, me uní a un grupo de 15 portugueses, pensando en hacer un recorrido nocturno con ellos. Era muy agradable porque cuando les gustaba algo se ponían a sacar fotos y a echar un poco de relajo, yo medio les entendía, pero igual me reía de sus puntadas.

Al llegar a una plazoleta me maravillé con una escultura que era idéntica al Ángel de la Independencia de la ciudad de México, así que me puse a sacarle fotos, pero al buscar visualmente a mis compañeros de viaje, resulta que ya no me fue posible encontrarlos, siguieron el recorrido sin mí. De todos modos yo estaba muy contenta porque la iluminación de los edificios era espléndida y las fotos que tomaba eran hermosas.

Para no complicarme la existencia decidí volver al hotel. Sólo habíamos caminado varias calles en línea recta, luego tomamos una calle a la izquierda y otra a la derecha, así que el regreso estaba muy fácil. De alguna manera fallé en mi sentido de orientación y de repente ya no reconocí el camino de regreso.

A cada persona que encontraba le preguntaba por el hotel donde me hospedaba y como no lo conocían les comentaba de los comercios cercanos y de una iglesia en particular. Me mandaban de una calle a otra y cada vez me sentía más alejada de mi objetivo. Quizás les parezca extraño, pero cuando hice este viaje los celulares con todas sus aplicaciones todavía no se usaban. Además, a los franceses les molestan los turistas que no les hablan en su idioma o que les quitan el tiempo, aunque no estén ocupados.

 

De tanto caminar sin sentido, llegué al barrio de las prostitutas, pues claramente se veía que las vigilaban sus padrotes. Les hacía la plática a las chicas de la calle porque me sentía muy angustiada; pretendía que les entendía con la esperanza de que me dieran un indicio de cómo llegar a mi hotel, pero en realidad lo que buscaba era un poco de protección.

En esta zona había varios antros y establecimientos con mesas en las aceras. Vi muchos jóvenes divirtiéndose y también otros con cara de maleantes. Me empecé a preocupar porque como no soy una viajera profesional, llevaba para los gastos dinero efectivo, no confiaba en las tarjetas de crédito. En el hotel nos dijeron que no contaban con cajas de seguridad y por eso llevaba todo mi dinerito en ese momento. Si por alguna razón se les ocurriera asaltarme, pues creo que les hubiera ido muy bien.

A todo borracho que encontraba le preguntaba por el hotel y así seguí y seguí. Eran las dos de la mañana y seguía dando vueltas. De pronto tenía enfrente una pandilla de seis muchachos con indumentaria muy fuerte. Sentí que no había otra, probablemente se iban a dar cuenta de mi miedo y me iban a asaltar. De todos modos me hice la fuerte y les pregunté por el hotel y ¡oh sorpresa!, trataron de entenderme y darme valor para que siguiera buscando.

Seguí caminando por una calle horrible que parecía estacionamiento de camiones de carga, era la parte trasera de un supermercado. Ya había perdido toda esperanza. En ese momento encontré el autobús en el que viajábamos, estaba estacionado en ese lugar, así que el hotel probablemente estaba cerca. Me puse a recorrer los alrededores y por fin reconocí una calle que me llevó directamente. Cuando entré al lobby me percaté de que la mayoría de los compañeros también recién estaban llegando.

Resulta que me volví a perder. ¡Es el colmo…!

Como teníamos un día libre en Estocolmo, busqué un mapa de la ciudad, me llevé la dirección del hotel, agarré mi bolsa y bajé al lobby del hotel con un poco de miedo. Desde las 9 de la mañana esperé a ver quién salía y todos estaban en la misma, como que salían y como que se regresaban.

A las 11 am por fin salí del hotel con una pareja de colombianos. Tomamos el metro con mucha dificultad porque no aceptaban euros y no teníamos coronas suecas. Sólo hasta que encontramos un 7eleven pudimos pagar los boletos pues unos turistas nos compartieron sus coronas suecas.

Recorrimos de acuerdo a nuestra guía turística algunos sitios de interés. Conocimos muchas calles muy bonitas. Paseamos por las mismas islas y puentes como tres veces, siempre aparecían nuevas cosas que ver. Entramos en el edificio donde deciden el premio Nobel de literatura y también estuvimos en el hotel donde se hospedan los favorecidos. No sabíamos qué más hacer, así que subimos a un barco turístico para recorrer en forma las 14 islas del lugar. Por lo menos en esta ocasión nos recibieron los euros que llevábamos.

 

A las 6 de la tarde decidimos regresar al hotel, para ello nos ubicábamos según el mapa de la ciudad; no obstante, caminábamos en redondo pues llegábamos al mismo lugar. Decidimos no seguir el mapa y preguntando nos mandaban bien lejos, lo malo es que era para el lado contrario y por tanto teníamos que regresar a dónde estábamos al principio. Preguntábamos y preguntábamos a los lugareños y nos despistaban más. No sabíamos si lo hacían a propósito o porque no entendían nuestro “espaninglis”.

Nos decían que andábamos muy lejos y que teníamos que tomar el metro, pero no podíamos comprar boletos porque no aceptaban euros. Tampoco podíamos comprar souvenirs porque no nos recibían euros en ningún establecimiento. Yo llevaba unas mini tortitas y apenas sirvieron para calmarnos un poco el hambre. Creo que mis compañeros llevaban una fruta que también compartieron.

A las 9 de la noche empezamos a entenderle al mapa y al encontrar una calle dizque conocida, volvimos a hacer el recorrido que habíamos hecho, pero para atrás. Hacía un poco de frío, pero estábamos felices. Perderse con amigos y echando relajo, de verdad que es muy placentero. Llegamos después de las 10 pm, pero como aquí anochece después de la 11 pm, no resultó ser un problema. Mis patitas quedaron fuera de combate, pero el ánimo hasta arriba.

Para mí todos los días en que he estado de viaje han sido una aventura, como es la vida misma.

Georgina Florencia López Ríos

Maestra en Ciencias. Profesora de tiempo completo en la UACh. Es autora de los libros Ecofisiología de árboles y Sistemática de plantas cultivadas.