Ojos verdes

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Fue en un día de esos –tan cualquiera como la vida y en los que Catalina aprovechaba para escaparse de la escuela para vagar por las calles del centro de la Ciudad de México– que conoció a Eduardo Cazares.

Catalina tenía 17 años, una pasión por la vida que no se saciaba, pero también una timidez grande como para demostrarlo. Cargaba un brillo en esos ojos grandes color marrón que hacía que todo le llamara la atención.

Todo el tiempo se levantaba con el sol quemándole los ojos, se vestía y preparaba su mochila, besaba a su mamá con un “te quiero, te veo en la tarde”, y salía al frío de las calles para irse a la escuela. Nada más que a veces se desviaba y se alejaba lo más que podía de esa cárcel que no la dejaba pensar en otra cosa que en las horas que faltaban para acabar el día.

Ese día pasó lo mismo. Y sus pasos la guiaron a su refugio de palacios y secretos. Caminó calle por calle, descubrió cada rincón como un tesoro y dejó su mente correr loca como caballo.

Catalina era de cabellos largos y piel color arena. Tan blanca y tersa que parecía de porcelana. Pero todo mundo lo notaba menos ella.

Eduardo Cazares fue todo lo contrario en los ochenta años que vivió. Un bohemio  el a la vida pero no tanto al amor. Así se lo indicó la estrella en la que nació.

Recorrió todo México desde que anduvo en pañales y siempre de la mano de su hermano Javier, con un espíritu igual de salvaje que el suyo, y de sus padres, con el amor pegado en los ojos.

Javier era solo cuatro años más grande que Eduardo, pero desde que éste aprendió a caminar y a tomar partido por las personas, se volvieron inseparables: hablaban, vivían, veían y pensaban sincronizados como el latido de un corazón.

Se guiaron siempre por el gusto de vivir sin preocupación, tanto que, cuando Eduardo cumplió 19 y Javier 23, terminaron en la Ciudad de México, en una de las calles más transitadas. Sin más compañía que dos bancos de madera, un chelo en las manos de Javier y un violín en las de Eduardo. Los dos tocando con el corazón y por el amor a la libertad.

La gente se reunía, atraídos por esos dos muchachos de pelo cobrizo. Eduardo encantaba a las personas –y sobre todo a las mujeres– con su sonrisa de labios nos, sus ojos verde mar y sus manos de dedos largos y rmes, haciendo de cada melodía que tocaba una caricia de mujer. Mientras que Javier, igual de hermoso, dejaba todas sus penas con cada toque de chelo. Su cabello rubio y su mirada inocente hacían suspirar a todas las mujeres de buen corazón, mientras que sus brazos –fuertes y decididos a resguardar en ellos a una mujer– hacían temblar a las que no eran tan buenas.

Así los encontró Catalina ese día: más guapos que nunca y con el talento desbordado a través de sus manos. La gente reunida alrededor suyo, lanzaba monedas al estuche abierto de los músicos y reían con cada ocurrencia de los hermanos.

Catalina se acercó al grupo que aplaudía siempre que la canción acababa, y como un imán se quedó viendo las manos de Eduardo tocando el violín. Le gustaron. Y, sin saber por qué, se le hicieron como un refugio para el corazón. No se  fijó en nada que no fueran esos ojos cerrados que después descubrió del color que eran. Eduardo no se fijaba en nada especial hasta que miró a Catalina.

Siguió tocando su violín al son de un vals que una pareja de viejos le habían pedido, pero con el rabillo del ojo la vio moverse nerviosa de un pie a otro, miraba sus propias manos, pero lo miró más a él. En uno de esos ratos atrapó su atención y sus ojos color chocolate; la hizo enrojecer. Eduardo sonrío y torció los labios. Le gustó esa niña que se agarraba el cabello nerviosa, le gustó su piel que sonrojada se veía aún más blanca, le gustaron sus ojos, le gustaron sus orejas y se imaginó jugueteando con ellas.

No se aguantó más las ganas de saber quién era esa que tanto lo veía. Igual que las demás mujeres pero al mismo tiempo diferente y consiguió que su hermano dejara de poner tanta atención al público y se jara en él.

—Arréglatelas un rato sin mí —le pidió Eduardo con la mirada.

Javier sonrió: conocía bien esa mirada en los ojos brillantes de su hermano.

—Te vas a quemar de tanto andar jugando con fuego —le contestó Javier entre risas, sin importarle la gente.

—Sí, pero mientras cúbreme —contestó Eduardo, y dejó su violín a un lado al pararse del banco.

Catalina sintió esa mirada curiosa y abrasadora como el fuego mismo, pero sin saber por qué, como una niña asustada, corrió en cuanto vio cómo el muchacho de ojos verdes se levantó de su banquillo y caminó en su dirección.

Corrieron como dos niños jugando a las escondidas. Catalina se escurrió por las calles y trató de esconderse, pero Eduardo le siguió el paso sin dejar de reírse. Para cuando ella ya se había cansado, había logrado dejar atrás el gentío que escuchaba a los músicos y se refugió en los jardines de Bellas Artes. Se sentó en un rincón en donde nadie más se había sentado aún, y respiró todo el aire que había perdido por escapar no sabía ni de qué.

Cuando se le pasó el susto, Eduardo se apareció de repente. No gritó del espanto ni se echó a correr, nada más lo miró largo rato, hipnotizada, desde su rincón.

—¿Por qué corrías? —preguntó Eduardo al tiempo que se acomodaba el cabello que le caía sobre la frente.

—Porque me miraste —fue todo lo que pudo contestar. Eduardo se sentó a su lado. Sin dejar de sonreír —¿Cómo te llamas? —le preguntó de repente

—Catalina —contestó ella con las mejillas encendidas. El simple hecho de tenerlo cerca la ponía nerviosa.

—Qué bonito —le dijo al tomar un mechón de su cabello –tengo un hermano… ¿quieres oírnos tocar?

No supo ni por qué, pero Catalina dijo que sí, y lo siguió de nuevo derecho hacia la multitud. Se dejó embriagar por el sonido de la música y la magia que salía de él.

Volvió al otro día, y después al otro, y al otro. Un día encontraba a los hermanos en la plaza, otro en el Zócalo; algunas veces estaban afuera de los restaurantes más caros de la zona, y otras tantas afuera del Metro. El lugar cambiaba pero la emoción de verlo tocar el violín, que ya tanto le conocía, seguía siendo la misma o más grande.

—Te pasas… Nada más mira cómo te ve… está peor que una quinceañera —le dijo Javier una de las tantas veces en las que como de costumbre Catalina había ido a verlos.

Pero el que resultó peor que quinceañera fue Eduardo. En cuanto su mirada atrevida se cruzaba con los ojos inocentes de Catalina, dejaba su violín, junto con el dinero que habían conseguido y se alejaba con ella a contarse secretos que ni ellos sabían que tenían.

Conoció a Catalina más de lo que se llegó a conocer él mismo en toda su vida. Y se enamoró de ella como nunca lo hizo de ninguna otra mujer. Le enamoraba lo frágil de su mirada, el arrobo que sentía siempre que lo miraba a la cara.

—Escucha esto— le dijo Eduardo en una tarde. Cerró los ojos y toco una melodía que Catalina sintió como si cada nota fuera un poco de paz que se le metía hasta las entrañas.

—¿A qué te suena? —le pregunto cuando acabó —A ti —le contestó Catalina.

Diana Maldonado

Diana Itzel Martínez Maldonado estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México; es difusora y bloggera cultural enfocada a la literatura y la historia.