Leonardo

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Cuando tenía catorce años de edad me enamoré de Leonardo. Él siempre fue un sueño inalcanzable para mí, pues otras niñas lo seguían y éste no les hacía el feo.

Los dos íbamos en el mismo salón, lo que era aún peor para mí, tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos, verlo a diario sentado en su butaca haciendo no sé qué cosa en su libreta; era un completo martirio. Aunque con eso que me fascinaba observarlo cuando estaba distraído.

Yo me enamoré de Leo por su manera de ser, contaba con un gran sentido del humor y por añadidura tenía unos ojazos cafés que resplandecían con el sol, unas pestañas preciosas, bien chinas y estilizadas que me hacían erizar todo el cuerpo: sus labios, su nariz, su complexión delgada, todo completo era perfecto. Simplemente lo amaba con locura y me mataba verlo con alguien más. Tenía unas ganas enormes de gritarle lo que había guardado en mi pecho por mucho tiempo, de gritarle mi amor en secreto, pero me contuve, tal vez por vergüenza o por temor al rechazo, en n.

Fue hasta que pasamos a tercer grado de secundaria cuando empezamos a llevarnos. Nunca olvidaré el primer día que hablamos. Recuerdo perfectamente la escena como si hubiera sido ayer. Si mi memoria no falla fue un día viernes, el profesor de Educación física ordenó que todos saliéramos a la cancha. Ya lo iba a hacer cuando me percaté de que la libreta de Leo, en la que siempre escribía estaba encima de su butaca, esa era la oportunidad para descubrir qué contenía, así que esperé a que todos salieran. Cuando estuve completamente sola me apresuré hacia su lugar. Toqué la libreta con las yemas de mis dedos, mi corazón latía a mil por hora y bombeaba descargas eléctricas, por n me decidí y abrí la libreta, ¡Vaya sorpresa que me llevé! Nunca creí que dibujara vestidos de novias y quinceañeras. Mi primera reacción fue de desconcierto, pero luego se pintó en mi rostro una media sonrisa sarcástica. En ese momento escuché que alguien se aclaró la garganta. Alcé mi vista y ahí estaba Leonardo, recargado en la puerta del salón. Mi cara se hizo de mil colores como una rocaleta.

–Di- disculpa –tartamudeé. –¿Te gustaron? –dijo sonriendo.

Volteé a ver los vestidos que parecían crema batida y dije: –Sí, son hermosos.

–¡Hmm! Gracias, es un don –rió.

La conversación había adoptado un aspecto burlesco. Así que pensé qué decirle y proseguí:

–Tú serás mi diseñador de bodas– le guiñé un ojo. Y mi esposo–pensé.

–Lo que usted ordene –rió él.

Para haber sido la primera vez que hablábamos creo que estuvo bien, suspiré y luego salimos los dos juntos a la cancha con los demás.

Desde aquel día nos hicimos muy unidos y al estar cerca de él me fui enamorando cada vez un poco más. Compartíamos tanto tiempo juntos que la gente empezó a creer que entre nosotros había algo más que una sola amistad.

Así pasó el tiempo, los contactos físicos y las miradas se hacían más frecuentes. Comenzaba a pensar que finalmente sentía algo por mí pero no quería hacerme ilusiones.

El n del ciclo escolar se acercaba y mi única preocupación era qué pasaría entre Leo y yo. Durante las últimas tardes nos estuvimos viendo, pues teníamos que asistir a los ensayos para la clausura. El día que empezamos a ensayar el vals la maestra formó parejas. Por una vez en la vida los astros se pusieron a mi favor y por obra de ellos la maestra asignó a Leo como mi pareja de baile. Ese era un pretexto para tenerlo cerca y platicar más tiempo. Un día mi curiosidad llegó muy lejos y no pude contenerme, le pregunté si le gustaba alguna chica, Leo me miró y se puso rojito como un jitomate y lleno de vergüenza me contestó que sí, pero que no me diría quién era, yo le insistí mucho para que me dijera, entonces Leo me susurró al oído:

–Te prometo que mañana responderé tu pregunta.

Toda esa noche no pude dormir, pues mi cabeza pensaba miles de cosas, pero traté de tranquilizarme.

Al día siguiente lo vi en los ensayos, ninguno de los dos habló, estuvimos mudos. Cuando íbamos rumbo a mi casa él me dijo que si estaba lista para escuchar la tan esperada respuesta, a lo que yo asentí con la cabeza. Las ansias me consumían.

Podría haberme esperado cualquier otra repuesta menos la que había salido de sus labios:

–La chica que a mí me gusta va a lado mío ahora mismo y ha bailado conmigo todas estas tardes, he podido conocerla y he caminado a su lado y eso es realmente maravilloso.

Me detuve y lo miré. En mis ojos se reflejaba esa chispa de emoción extasiada. No lo podía creer, no podía creer lo que Leo había dicho y antes de que yo pudiera articular palabra se acercó a mí y me besó tan tierna y ardientemente que por un instante sentí cómo se detuvo el tiempo: Todo me daba vueltas, en mi estómago miles de mariposas revoloteaban, felizmente alborotadas y desde aquel día, cada vez que lo veo, la misma sensación regresa a mí y su recuerdo sigue alterándome.

 

María José Tiscareño Ruelas

Estudia la Preparatoria agrícola en la UACh.