Flor de Tuna

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Para Rolando Rosas Galicia, Moisés Zurita Zafra y Ariel Sánchez Hernández

Capítulo 7

Arturo me ama, de eso no tengo duda. Quisiera olvidar, dejar atrás lo que descubrí de él, pero no puedo. Simplemente no puedo. Y sin embargo, de tanto repetírmela y repensarla, empieza a causarme menos náusea la única explicación que me dio la noche en que lo descubrí frente al monitor: “Cuando miraba esas páginas, Rebeca, en mi mente sólo estábamos tú y yo.”

Contrario a lo que creí en un primer momento, aquella no había sido una excusa irreflexiva. Arturo es una persona amable y mesurada, pero también demasiado tímida. Nunca ha contradicho ninguna de mis decisiones. La primera y la última palabra las tengo siempre yo. Como marido, hasta antes de nuestro problema, tal vez lo habría calificado de intachable; ¿ahora debería tacharlo de pervertido?

Obtuve una posible respuesta del mismo medio del que Arturo obtenía sus imágenes obscenas: el internet. A la par que descubría que yo no era la única esposa en el mundo con este problema marital, me enteraba también que había varios tipos de consumidores de pornografía. Iba desde el dependiente al visitante esporádico, del experto al curioso. Además, tras mis frecuentes visitas a los foros de opinión en internet, llegué a la firme sospecha de que alrededor del mundo, en la vida pública, las relaciones conyugales obedecen a diferentes reglas y tradiciones y por ello mismo se diferencian de una sociedad a otra, pero que, en lo íntimo, los matrimonios no se distancian notablemente: a la mayoría de los hombres les gustaría estar con sus parejas a cualquier hora y en cualquier lugar. En esto sí que no encontré divergencias remarcables entre todos los comentarios que leí: no hay marido sin fantasías, sin deseos. Algunos, por supuesto, intentan realizarlos; otros, los acallan.

Arturo era uno de estos últimos. Mi situación se parecía mucho a la de una mujer española:

“De qué me puedo quejar, tías, que nosotras algunas veces tenemos algo que ver; que en ocasiones andamos por ahí en la vida exaltando las virtudes y los recatos que nos vienen de nuestras madres y abuelas, y ahora que estoy en su lugar, dudo mucho sinceramente que nada de lo que nos decían era cierto, que sus puñados de hijos les habrán valido al menos un gusto, ¿no os parece? No digo tampoco que gozaran de las mismas libertades e igualdades que una mujer de nuestros días, pero, vamos, que en mi caso me había creído la gilipollada esa de los príncipes azules que sólo dan besos y te abrazan por las noches con mucho respeto y cariño antes de dormir. Llamadme tonta si queréis, que ya me lo he dicho yo misma bastantes veces. La cosa está en que ni mi marido ni yo éramos felices. Haberlo pillado frente al ordenador, mirando las cosas que vuestros maridos también miran, nos llevó, claro, primero a la riña y a las amenazas de abandono, pero hablando se entiende la gente… y eso era lo que le faltaba a mi matrimonio: comunicación, mucha comunicación. Y buen sexo (o llamadle amor o como queráis); lo que es de mí, yo ya no me trago las moralejas de la abuela. En mi hogar faltaba la chispa del deseo; o mejor dicho, el deseo estaba pero jamás la realización. Él no se atrevía y yo mucho menos: el uno ignoraba los pensamientos y apetitos del otro. Nos carcomía por dentro el qué dirá, el qué pensará de mí mi pareja si yo… ¿me entendéis? Mirad que no estoy ni culpando ni mucho menos absolviendo a mi marido: simplemente, tías, lo pasado lo hemos dejado ahí, en el pasado, y hoy puedo decir con alegría y satisfacción que disfrutamos cuanto queremos, cuando ambos queremos, y sin remordimiento alguno…”

Leer este comentario hizo que me cuestionara qué papel jugaba yo en todo esto. No en cuanto a sentirme culpable, porque ya he escrito en otra parte que ese sentimiento jamás lo experimenté, y porque aún pienso que lo que hacía Arturo no era de ninguna forma aceptable. Lo que en realidad estoy tratando de decir aquí es que, tras leer aquel comentario en internet, empecé a preguntarme a mí misma si con la vida sexual que Arturo y yo llevábamos hasta entonces yo era feliz. Porque, evidentemente, Arturo no lo era.

Raúl Orrantia Bustos

Estudió Letras Italianas en la UNAM y actualmente realiza estudios de posgrado en Europa.