El abuelo

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El abuelo

Estaba de vacaciones en San Andrés Coamilpa, el pequeño pueblo de mis padres, cuando cierta noche a alguien se le ocurrió subir a lo alto del campanario de la iglesia, cuya construcción está de por sí en la cima de una pequeña loma, y desde ahí ver la “danza de las brujas”.
Al oscurecer en esos meses de octubre y noviembre, las luces parecían bailar con parsimonia, sin grandes aspavientos, limitándose únicamente a saltar de un árbol a otro. Nadie conocía con precisión el sitio en el cual siempre retozaban aquellas bolas de luz. Los de San Jerónimo decían que lo hacían aquí y nosotros decíamos que esa loma estaba en San Jerónimo. Sea como fuere, en las noches de luna podían verse esas luces que volaban bajo, chocando con dulzura a veces, cual si fuera un juego.
En aquellos días yo era un adolescente, y las veces que iba a Coamilpa de manera natural se formaba una palomilla de muchachos de mi edad, la mayor parte eran primos de trece o catorce años, algunos más chicos otros más grandes, pero todos disfrutábamos estar juntos y hacer travesuras con el único propósito de reír.
Siempre que mi madre estaba embarazada y a dos meses de parir, mi padre nos mandaba a este pequeño poblado del estado de Tlaxcala, mientras él seguía trabajando en México. Esto para que a mi madre la pudieran asistir en el parto y guardar el debido reposo.
Yo disfrutaba por supuesto estas vacaciones forzadas para mi mamá y mi papá, pero felices para mí porque se extendían durante casi cuatro meses en los que por supuesto dejaba de ir a la escuela.
Desde que tengo memoria siempre en dichos meses habíamos visto las luces, de manera que como eran cotidianas normalmente ya nadie les prestaba atención.

 

La imprudencia
No sé por qué se convirtió en rutina ir a la iglesia al atardecer a jugar por los alrededores y cuando oscurecía nos sentábamos a contemplar las luces en aquella colina a especular sobre quiénes eran y qué estaban haciendo. Una noche mi primo Aurelio, de mayor edad, de espíritu travieso y quien gustaba de presumir su fuerza física, cansado de mirar el pasivo volar de las luces, llevó tres cohetones a nuestro lugar de reunión.
Aurelio en muchos sentidos era el rebelde del pueblo: manejaba un tractor o un camión de redilas, o domaba algún potro salvaje, según lo dictara la circunstancia, a pesar de sus escasos diecisiete años. Aquella tarde estuvo dos o tres horas armando con varas una especie de sostén para cada cohetón. Hasta que terminó y, debidamente dirigidos hacia el sitio en donde tranquilamente seguían volando las brujas, nos reunió para enseñarnos su obra y decirnos su plan.
La mayoría andábamos desbalagados correteándonos sin ningún propósito, o bien rodando en el suelo abrazados en alguna lucha cuerpo a cuerpo con alguien, o atacando y jaloneando en conjunto a los de mayor edad y corpulencia. Aurelio nos llamó y nos dijo que había llegado la hora de deshacernos de las brujas, ya que eran unas tontas que no sabían hacer otra cosa que volar ridículamente por aquella loma. Nos enseñó su equipo y sus cohetones.
Alguien encendió una hoguera, y cual pieles rojas bailamos alrededor del fuego cantando cualquier sonsonete que signi cara un desafío a las luces que permanecían con su indiferente vuelo a la distancia. Una vez que canturreamos hasta el cansancio, sin más preámbulos Aurelio encendió uno a uno la mecha de los cohetones.
El zumbido del cohetón salió a toda velocidad hacia la loma vecina, el destello de la luz a su paso nos hizo gritar de emoción porque los tres cohetones estallaron relativamente cerca de las brujas. Todos nos pusimos a gritar como locos, celebrando una dizque victoria, tocando palos uno contra otro cual si fueran tambores, llenando de gritos y de ofensas a las brujas desde nuestra loma. La iglesia a nuestra espalda nos daba más valor y la distancia nos proporcionaba más enjundia, de tal forma que gritamos hasta enronquecer.
Cierto que fue un poco preocupante mirar como de pronto las luces de esa colina, al oír el estallido y al contemplar la coincidencia de la trayectoria de los cohetones, se quedaron estáticas, dejaron de moverse y se pusieron en perfecta línea horizontal. La certidumbre de que nos miraban y nos identicaban como sus atacantes, seguramente cruzó por alguno de nosotros.
Pero Aurelio lanzó un grito de guerra y enarbolando un palo al que había amarrado su playera, lo hizo ondear cual bandera de nuestro ejército. Llamó a las brujas a grito abierto, desde la hoguera, mostrando su torso desnudo. Todos hicimos lo mismo durante un buen tiempo.
Dos o tres horas después alguien consideró que era tiempo de cenar y dormir, así que regresamos cada quien a su casa. Nosotros a la casa del abuelo.

 

El preludio
Pasaron algunos días y la mayoría de nosotros había olvidado el episodio. Todos sabíamos que esas luces eran inofensivas. Durante años, desde que se fundó el pueblo de Coamilpa, se les había visto en octubre y noviembre, y sólo los mayores se referían a dichas luces como “brujas”, pero para infundir miedo en algún niño y de esa forma presionarlo para que comiera mejor.
Todo mundo consideraba el movimiento de luces como algo lejano, simple e inofensivo. Algunos de nosotros hasta pensábamos que en realidad eran cigarras o luciérnagas, o algún otro animal o cosa fosforescente.
Pero una noche que llegamos de nuestras aventuras nocturnas nos sorprendió mirar a muchos hombres y mujeres reunidos en la casa del abuelo. La gente hablaba en voz baja, pero algunos otros de plano gritaban enfurecidos.
No supimos la causa porque una tía nos corrió de ahí y nos llevó a la cocina para darnos de cenar frijoles y tortillas con salsa.
Cuando acabamos, tuvimos que esperar un descuido de la tía para irnos al patio, justo cuando la gente comenzó a salir de su reunión. Se veían preocupados. Todos marcharon en forma silenciosa a sus respectivos hogares. Al entrar a la estancia que sirvió como lugar de reunión, me sorprendió ver a mi primo Aurelio en la parte central, donde parecía ser el sitio de los acusados. Estaba sentado, con la mirada baja. Se notaba que había llorado.
Aurelio se paró, dijo “buenas noches” al abuelo y salió hacia su casa sin hacernos caso.
Al otro día no fue necesario que nuestros tíos o tías nos contaran lo que pasó. Todo mundo que encontrábamos en el camino, rumbo a la tienda y el molino, decían con preocupación que las brujas andaban ahora sí volando sobre el pueblo. Decían:
–Ciertos muchachitos pendejos (y al decir esto sin menor disimulo nos volteaban a mirar con indignación) lanzaron cohetones a las brujas. Y ahora ellas andan rondando el pueblo…
El miedo levemente se asomó a nuestras vidas. Pero duró poco. En ese entonces yo estaba tratando de entrar a la Normal de maestros y para mí las brujas no eran sino unas señoras viejitas que conocían de hierbas o de encantamientos para hacer que un hombre amara para siempre a una mujer, o bien que podían enfermar a alguien haciendo un muñeco con sus prendas.
De manera que cualquier problema con las brujas creí que podía solucionarse con dinero.
Pero de las brujas que chupaban a los niños, que volaban cual si fueran aves de rapiña parecidos a los guajolotes y que hacían pactos con el demonio, a esas brujas sólo las conocía en los cuentos y en las historietas. Eran simplemente parte de los mitos de nuestros pueblos, y por supuesto era impensable que aquellas inofensivas bolas de luz que tranquilamente volaban en una de las tantas lomas del altiplano tlaxcalteca fueran las tan temidas brujas.

 

El abuelo Leobardo
El abuelo Leobardo era un hombre recio, alto, y con una seriedad pasmosa y una capacidad innata para aprender cualquier cosa y arreglar desperfectos. Trabajaba la tierra, pero también era músico y tocaba el violín en la orquesta de San Jerónimo. El pueblo tenía un solo pozo de agua, y éste había sido cavado por varios hombres en el patio de su casa.
El abuelo sabía leer, algo muy raro en ese pueblito por aquellos lejanos años de 1940, y no solamente entendía los pentagramas de música, sino que decían que algunas canciones que cantaba el cantor de la iglesia las había compuesto el abuelo.
Mucha gente decía que el abuelo entendía a los animales, principalmente a los perros y a los caballos. Alguien lo había visto más de una vez platicando con un perro, y según se a rmaba, el perro parecía entender porque casi siempre le miraba a los ojos.
Por eso y por muchas cosas más, el abuelo Leobardo era el orgullo y el amor de toda nuestra gran familia y quizás de nuestro pueblo.

 

La crisis
Con el correr de los días la situación en Coamilpa se agravó. Muy pronto casi todos los habitantes del pueblo se fueron a vivir apretujados a la casa del abuelo. Todos tenían miedo. Las mujeres implementaron un rosario que por días y noches se recitaba.
Yo ya no salía de la casa. Mi papá seguramente ignoraba todo y seguía trabajando en México como si nada ocurriera con nosotros. Nadie conocía el teléfono. A duras penas contábamos con un radio y sólo se podían escuchar comedias o canciones, mientras el terror nos paralizaba a todas horas.
En la segunda noche que pasamos con la gente acostada o sentada por todos los lugares y rincones, en cierto momento se aceleraron los rezos, y varias mujeres rompieron a llorar. Mi mala suerte quiso que volteara hacia la ventana, desde donde una señora señalaba con voz estentórea y llorando histérica: dos mujeres de aspecto feroz y de vidriosos ojos, dibujaban una horripilante sonrisa paradas en el árbol de aguacate que estaba en el patio interior de la casa de mi abuelo.
Desde ahí parecían acecharnos.
Las brujas o lo que fuera, venían a eso de las siete de la noche, y a las ocho de la mañana, cuando todavía hacía mucho frío, levantaban el vuelo y se iban como quien se dirige al Iztaccíhuatl para regresar tan pronto volviera a oscurecer.
En eso días aciagos me convertí en la sombra del abuelo. A todos lados iba con él, hasta en el baño lo esperaba a que saliera. Varias veces él tenía que echarme de su lado porque decía: “ni siquiera me dejas pensar”.
Todos los días no faltaba mujer u hombre que le implorara al abuelo que hiciera algo, que hablara con las brujas. Él solo escuchaba y no contestaba nada. Al correr los días la desesperación iba en aumento, de manera que un día encararon a mi abuelo y en tono acalorado le exigieron que hablara con las brujas, ya que la mayor parte de los que las habían ofendido eran sus nietos. Le dijeron que era su obligación solucionar el problema y que éste no pasara a mayores, porque había bebés, y recién nacidos que despertarían el voraz apetito de aquellos seres.
El abuelo solo callaba.
A partir de esa noche viví una pesadilla terrible. Estando en cama era un martirio mientras no lograra dormirme. Sudaba y temblaba a más no poder, porque me tapaba cualquier trapo o cobija que estuviera a mi alcance y además me acorrucaba hasta perder mi cuerpo entre el de mis primos.
Una vez tuve un sueño atroz: vi claramente que un coyote salía de la casa y corría a gran velocidad por el camino. Bajaba pendientes, subía colinas, hasta que por n llegaba al lugar en donde estaban las bolas de luz. El coyote se sentó. Y después ya no era un coyote, sino era el abuelo, que yacía hincado. Lentamente las bolas de luz se apagaron y en su lugar fueron apareciendo mujeres de diferentes edades, complexiones y todas con el pelo largo, con un lazo burdo atado a sus cinturas. Todas rodeaban al abuelo que seguía de rodillas y con la vista hacia el piso.
–¡Matémoslo ya! – gritaba una de ellas.
–¡Es un traidor! –decía otra.
Todas echaban espuma por la boca y miraban con odio al hombre que no podía verlas a la cara. Era monstruoso mirar cómo ciertas partes del cuerpo de las brujas, sin que pudieran evitarlo, sin que se dieran cuenta, se convertían en partes de animal tan solo por la furia que sentían.
En cierto momento, la bruja que parecía ser el jefe, tomó de los cabellos al abuelo y le dijo:
–No eres más que un cobarde, Leobardo… Ni cuando estés muerto sabrás valorar el don que pusimos en ti.
Después, volviéndose hacia sus compañeras, ordenó:
–¡ Mátenlo!
Una bruja histérica dio un terrible alarido que viajó hasta no sé qué con nes del mundo, al tiempo que el círculo de brujas se precipitó sobre el abuelo y al mismo tiempo de mujeres se transformaban en diferentes animales o bestias.
–¡Noooo! –Grité enloquecido de dolor, al ver que ya lo estaban atacando. –Dejen a mi abuelo. –les ordené.
Nunca he tenido un sueño tan pasmosamente real. Las brujas voltearon sorprendidas a mirarme. Mi abuelo también había alzado la vista del suelo y me miraba con gran asombro dibujado en el rostro, en ese querido rostro que ya estaba bañado en sangre.
Comencé a correr con furia hacia las brujas y ellas hacia mí. La certeza de saberme en un sueño me había convertido momentáneamente en un muchacho valiente y osado.
Es todo lo que recuerdo de ese sueño. Nunca supe por qué esa noche desperté a orillas de la barranca, justo en las afueras del pueblo. Las huellas de que un cuerpo había sido arrastrado estaban aún dibujadas en la tierra. De hecho esa marca había servido para que mi familiaa y vecinos me localizaran por la mañana.
Esa misma noche había muerto nuestro querido abuelo Leobardo. Yo no fui a su entierro ni estuve presente en su velorio. Según me dijeron, tuve varios ataques epilépticos durante las dos semanas que duró el duelo, y ahora tengo medio cuerpo semi paralizado, lo que me impide hablar bien.
Pasaron las semanas y todo se tranquilizó. Me hermano nació sano y robusto. Me lo han puesto algunas veces en los brazos.
De las brujas ya nadie sabe nada. Incluso en los meses de octubre y noviembre ya no danzan en su colina.
Un año después que murió el abuelo, se reunieron todos los hermanos en la casa paterna. No dejaron entrar a ningún sobrino, esposa, o alguien que no fueran los hijos de mi abuelo. Sólo a mí me dejaron permanecer con ellos, dada mi situación de invalidez.
Mi abuela estaba sentada en la cabecera de la mesa, rodeada por sus hijos. Comenzó a decir:
–Su padre nunca me dijo nada sobre las tierras, la casa y los aniales. Yo sólo les pido que se repartan en paz las cosas. –Suspiró. Tomó aliento.
–Siempre creí que su nieto Aurelio debería recibir las cosas personales de Leobardo. Su música, su violín, su cuaderno de anotaciones y sus muchas guritas y libros raros que guardaba siempre bajo llave en un baúl. Pero últimamente lo he soñado tanto y en esos sueños me pide que te deje sus cosas a ti. –Dijo mi abuela, mirándome.
–Sí, pobrecito. –Dijeron tíos y tías, tocándome con consideración en los hombros. –Estamos de acuerdo en que se quede con el baúl de nuestro padre

 

José Rosalío Hernández García

Nació en México, DF. Economista, egresado de la UNAM. Radica en Nezahualcóyotl, estado de México. Ha publicado en la revista Molino de Letras y en Cofradía de Coyotes