Es martes y viajo en pesero hacia Chapingo, voy dormitando pero voy pensando las cosas que tengo pendientes… mmmm, una de ellas es hacer un escrito para leerlo en la tertulia del viernes, ni duermo ni pienso, por lo que abro de vez en vez los ojos por unos segundos.

Otro pasajero grita: “bajo en piedras”… Abro los ojos y de repente veo unas formas medio conocidas, una es verde oscura y la otra pinta. Mmmm… ¿eran calabazas?

Vuelvo la cara buscando y despabilándome, el tono rojo de la camioneta se nota entre las ventanas de las dos peseras, ese color resalta el color verde, y sí, efectivamente son calabazas, de esas grandes, ovaladas con las que se hace dulce en noviembre… su sabor se presenta en mi boca y a mi mente llega los gratos recuerdos de mi padre y de mi madre cocinando. Mmm… pero una molestia también es recordada, mmm… ¿qué será? y aparece la forma de las ollas de barro que ellos utilizaban.

Recuerdo a mi padre, todo un toro en fuerza y carácter, cambiando su expresión cuando se dedicaba a preparar las cosas para cocinar el dulce de calabaza, mi madre ayudándole en ocasiones o sirviéndonos el postre de calabaza.

De nuevo aparece el sabor y la textura en mi boca. Mmm, qué rico le quedaba. Ah, pero ese recuerdo molesto de las ollas… grrrr ¿Por? es que son muy molestas, todo un gorro, bueno, en mi vida.

Cómo no las voy a odiar. En esos tiempos me tocaba limpiar la terraza o el cuarto de trebejos que teníamos en la azotea, y era ahí donde se guardaban estas ollotas. Caray, casi un metro de diámetro, bueno, exagero. Pero casi cabía yo en ellas. No podía agarrarlas bien, eran como enormes tortugas, llenas de polvo y siempre tenía que barrer debajo de ellas, por lo que debía quitarlas y ahí empezaba el relajo. O estaban llenas de arañas o, que era lo peor, era la guarida de algún roedor. Aaagggg, jaja, y empezaba el aquelarre, jaja, huir de ellos o a perseguirlos, jaja, pero no era todo. Mmm… en una ocasión me tocó una ya sentida, apenas intentaba levantarla y ¡zaz!, se partió a la mitad. Ups ¿y ahora? Pues sí, regañada segura: “¡era la más grande y la preferida o adecuada para el mole o el dulce de calabaza!” Pero si ya estaba resentida, mira ya se ve antigua la rajada. “No importa, así servía, te tocará reponerla” y pues sí, a poner por lo menos la mitad.

En otra ocasión me sentí torero, me quedé con la oreja, lo bueno es que era más chica. Ah, pero ésta si o me toca, yo la cuelgo de la otra oreja, jajaja.

¿Odiarlas? Cómo no, si ocupaban toda la estufa, y mi padre cada tarde nos encargaba hacerle su café y la condenada olla estorbando. Ni moverla podía y no cabían los pocillos. Teníamos que limpiar la cocina y la ollota ahí, pues la permanencia de la condenada olla era de por lo menos una semana en la estufa y toda ahumada, manchando todo.

Ah, pero no todo era feo, lo de adentro valía la pena. Recuerdo que en las tarde me paraba de puntitas para meter mano y sacar unas pepitas o un tejocote. Mmm, riquísimos, y a chuparse los dedos. “Niños ya les dije que no sean cochinos, usen un plato y la cuchara” ¿Plato? ¿Pa´que si sólo queríamos una pepita o tejocote?

“Ya que vas a la cocina, ¿me pasas un tejocote o una caña?” decían mis hermanos, “si no, le diré a mamá que metiste la mano”. Claro, ya para eso si ocupábamos la cuchara, pero no el plato, jajaja. Ahí los tres nos hacíamos cómplices ¡qué tiempos aquellos!

Lo que sí, a comer dulce toda la semana y más, ya después de 4 o 5 días aborrecíamos la calabaza. Pero nada más se acercaba noviembre y cuidado, íbamos al pueblo de mi papá o a la central de abastos y nada más veíamos los puestos de calabaza y mi padre mirándolas, sabíamos que vendría la frase: “a ver quién baja la cazuela”, y a pujar por la ollota.

A mi padre también le gustaba mucho cocinarla, más por su viejita linda. A ella le fascinaba, pero cuando ella se fue, él dejo de cocinarla por unos años. Los recuerdos a veces son duros. Ya unos años después empezó a hacerlo, me encantaba ver como servía casi la mitad en una ollita y se la bajaba a mi hermano, seguía compartiéndonos esa sensación dulce de nuestra infancia.

Tanto tiempo que mi padre la preparó y nunca me preocupé por aprender, aunque le ayudábamos un poco, no tengo ni pizca de su receta.

Mi padre ya alcanzó a mi madre. Mis hermanos en sus casas, yo acá en el camino. Ya no hay nadie en casa ahora, sólo las ollas siguen ahí, en la pared de la cocina. Ya son más chicas, sólo 50 centímetros de diámetro. Mi esposa me ha dicho en ocasiones: “¿cuándo quitaremos esas ollotas de ahí? no las usamos.” Volteo y las veo: “ahí están bien, no estorban”. Y pienso en mis adentros: “además están llenas de dulce, de historia y de amor familiar”.

¿Se puede odiar eso? Las ollotas seguirán ahí por más tiempo, tenlo por seguro.

 

Javier Pazarán Méndez

Ingeniero en electrónica. Imparte talleres de cartonería y alebrijes, hace bicimáquinas y restaura bicicletas, entre otras cosas.