Anécdotas de un viaje a Cuba

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Siendo de extracción obrera, jamás pasó por mi mente que un día me subiría a un avión para viajar al extranjero. Afortunadamente, mi destino no era morir operando telares de una fábrica textil. Era difícil trabajar y estudiar, pero el sacrificio valió la pena, al terminar y obtener la licenciatura en Historia, en la Facultad de Filosofía y Letras de la .

En 1986 ingresé a la prestigiosa y noble Universidad Autónoma Chapingo, como profesor investigador de tiempo completo. Esta institución que alberga y protege por igual a trabajadores, profesores y estudiantes, me ofreció la oportunidad para realizarme como maestro de historia, pero también me permitió algunos viajes a países extranjeros para participar en foros y congresos con temática histórica.

En esta ocasión, sólo referiré algunas anécdotas de nuestro primer viaje internacional, realizado a la hermana República de Cuba en 1993. En este año, el país caribeño pasaba por una fuerte crisis económica, generada por el fin de la ayuda económica que recibía de las entonces repúblicas socialistas de Europa Oriental y por el terrible bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, abordamos un viejo avión ruso de Cubana de Aviación que parecía matraca por el ruido que hacia al despegar, ocupando en el despegar, casi toda la pista. Ya en la ciudad de La Habana, nos alojamos en el Hotel Deauville, cercano al malecón de la ciudad. En la asignación de los cuartos que ya estaban reservados, surgió el primer incidente al ubicar a la “señorita Refugio Bautista”, con otra dama de la , que también participaría en el congreso. Al conocerme, la compañera protestó porque quería compartir la habitación con una congresista y no conmigo:

– ¡Ah No, yo con Refugio, no me quedo. Dijo.

Al aclararse la situación, nos reasignaron las habitaciones, tocándome compartir el espacio con mi compañero, el profesor Benito Galván. En el hotel hicimos amistad con una empleada llamada Emilia, la cual nos invitó a su casa a comer “moros contra cristianos” (frijoles con arroz), la clásica comida popular cubana. Ella nos contó que ella era “fidelísima de corazón”, pero que su marido era un “gusano” que estaba contra la Revolución y que había emigrado a Miami, Florida. El hombre afrocubano con el que compartía vida, nos contó que era un veterano de la guerra en Angola (África). En la época de la invasión de Bahía de Cochinos, nos contó de bombas que cayeron en las calles de la Habana. Se esperaba la invasión norteamericana en cualquier momento y los cubanos estaban preparados para defender su “Revolución”.

En la calle, circulaban coches, Chevrolet y Ford de los años 50 del siglo , aunque los taxis (de tecnología europea), sí eran de modelo reciente. En las pláticas con los conductores, había desde partidarios de la Revolución, hasta personas que se quejaban de las carencias de producto básicos como jabones y pasta de dientes. Uno de ellos se quejó de que la población de color crecía más que los blancos, lo cual los tenía preocupados. Los refrigeradores y las estufas de gas de las casas también eran de modelo atrasado, al igual que los sanitarios. Esto se explica porque en los inicios de los años sesenta, comenzó el total bloqueo económico de Estados Unidos contra la isla. Los cubanos utilizaron su ingenio para fabricar refacciones y mantener en funcionamiento los aparatos de tecnología estadounidense.

En ese tiempo y de manera oficial, la paridad del peso cubano era igual a la divisa estadounidense, pero en el mercado negro, el billete verde se cotizaba de 18 a 20 pesos por dólar. Nosotros no caímos en la ambición de cambiar dólares en el mercado negro. Recuerdo con claridad que un joven como de 20 años nos estuvo siguiendo por varias calles insistiendo que en que le cambiáramos dólares por moneda cubana. En un momento dado, nos dimos cuenta que varios policías lo detuvieron para llevarlo a la delegación. No supimos que fue de él, seguramente, fue multado o encarcelado por dedicarse a una actividad ilícita, porque en ese tiempo, la población tenía prohibido poseer la divisa americana. Tampoco podían entrar a los hoteles ni comprar en las tiendas destinadas exclusivamente a los extranjeros.

En la Habana, oímos hablar de unos helados riquísimos, llamados Copelia. No quisimos regresar a México sin haber probado tan rico aperitivo. Llegamos a la tienda y ¡oh! Sorpresa, había tres filas que abarcaban calles y calles de mujeres y hombres que esperaban su turno para saborear tan rico manjar. Nos íbamos a retirar, pero uno de los encargados nos vio cara de mexicanos y por lo tanto, portadores de la divisa americana. Esta persona nos atendió inmediatamente; nos dio una mesa y nos sirvió a todos los ricos y demandados helados. Sentimos que era injusto para los cubanos que tenían horas en las filas que nos atendieran por ser extranjeros y porque pagamos en dólares. Una desilusión, fueron las tortas que comimos en La Habana. En México, los torteros le ponen de todo, pero en Cuba, los panes sólo tenían una rebanada delgada de jamón.

En La Habana, nos dimos cuenta que a pesar de los éxitos sociales de la Revolución, aún existía una prostitución disfrazada. Esto lo digo porque paseando por las calles de la Habana pasó un ciclista llevando en el portabulto una morena exuberante. Al pasar cerca de mí, gritó:

–¡Ey, mexicano! ¡No quieres un pastelito! Y al mismo tiempo, señalaba a la chica que llevaba detrás.

–¡Por ahorita no. Gracias! Le contesté.

En una de las noches, algunos compañeros asistimos al centro nocturno conocido como “Tropicana”; era un lugar como jardín abierto, en el que se presentaba todas las noches un show de jóvenes mujeres que bailaron semidesnudas diversos ritmos cadenciosos sobre una tarima circular de madera, que subía con un gato hidráulico y bajaba al nivel del suelo cuando terminaba la pieza musical. Por cierto, recuerdo que unos rusos metieron una botella de vodka que escondieron debajo de la tarima, de tal forma que al bajar esta, rompió la botella llamando la atención de los meseros, ya que estaba prohibido ingresar con bebidas alcohólicas. Nosotros también metimos un Habana Club 7 años, pero corrimos con mejor suerte.

Al terminar cada rola, las bailarinas se mezclaban con el público extranjero, bus-cando hacer amistad, con el propósito de obtener algunos dólares. Yadira, una de ellas que así dijo llamarse, nos invitó a su casa, a comer los tradicionales moros vs cristianos. Ya en su hogar, nos dijo que su hijo no te-nía zapatitos (zapaticos, decía ella). Todos le dimos algunos billetes estadounidenses. En una ocasión nuestras amigas de color, nos acompañaron en el vestíbulo del Hotel y re-cuerdo que una de ellas bailó magistralmen-te sin música. El baile y el sonido lo traen en las venas y la piel.

Regresando a la casa de Emilia, la empleada del Deaubille, le comenté que al siguiente día iríamos en un tours a la famosa y hermosa playa de Varadero, en el mar Caribe. Para mi sorpresa, me dijo:

– “Cuco. No vayas al Varadero, y vamos a donde tú quieras”.

Me quedé pasmado, era una oferta tentadora, pero yo estaba casado y con todo el dolor de mi corazón, rechacé su oferta y me fui al Varadero pasando por Matanzas. A lo largo de la carretera, vimos muchos letreros con la frase: “Socialismo o muerte”. La guagua que nos transportó iba llenó de turistas de varias nacionalidades. Nos llamó la atención un norteamericano como de 60 años, que llevaba en las piernas a una jovencita cubana como de 16.

La playa del Varadero es un verdadero paraíso terrenal, sus aguas bajas son tibias de un color verdoso-azulado. Las horas pasadas en este hermoso lugar, quedaron grabadas para siempre en mi memoria. Este balneario paradisiaco ha sido el más hermoso de todos los lugares en que he estado.

Refugio Bautista Zane

Profesor-investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma Chapingo