PRÓLOGO A LA MATERIALIZACIÓN DE FANTASÍAS O EL TRABAJO FOSFORESCENTE DE EDGAR ESCOBEDO QUIJANO

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UNO. No fue ayer sino hace muchos años cuando llegó Edgar Escobedo Quijano (ciudad de México, 1964) al Centro Cultural Librería Reforma, ubicado en Paseo de la Reforma No. 11, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, siendo un jovencito con uno de sus libros bajo el brazo. En ese entonces, los años ochenta del siglo pasado, comenzaba su ahora ya larga carrera como hacedor de fantasías animadas. No recuerdo con exactitud cuál era, de todos sus ahora muchos títulos, pero nos llamó mucho la atención a varios de los tertulianos de los viernes de café y ron, asiduos de ya mucho años y desde que se fundó ese Centro Cultural, atendido por Franklyn y por Angelita, donde era un placer estar ahí, sobre todo para disfrutar de su café, especial, aromático y sabroso, el cual siempre tomábamos por sus cuatro letras: Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso, según lo pedían el poeta colombiano Aníbal Eguea y el mexicano Vicente Quirarte.

Los tertulianos siempre frecuentes eran Xorge del Campo -poeta editor, antologador, crítico y siempre amigo-, Juan Cervera -fino poeta, nacido en España pero con muchos años de residencia en nuestro país-, Raúl Rodríguez Cetina -que ya descansa en paz, narrador nacido en la hermana República de Yucatán, precisamente en Mérida, pero también avecindado en la ciudad de México desde los años setenta, cuando llegó a un taller de literatura del IPN y luego presentó su primer libro El desconocido-, Horacio Espinosa

Altamirano -poeta, periodista, sobreviviente del 68-; Ignacio Trejo Fuentes -crítico y narrador, gran amigo-, Ricardo Clark -narrador argentino y Premio Nacional de Cuento-; José Francisco Conde Ortega -poeta, cronista, ensayista y, sobre todo, amigo-; Delfor Sabalette -quien se decía amigo de Jorge Luis Borges-; Jorge Arturo Ojeda -narrador, cuyos libros de cuentos Personas fatales y Como la ciega mariposa, le dieron fama y prestigio literario-; Víctor M. Navarro -poeta, locutor y comerciante-; César Benítez Torres -Licenciado en Derecho, poeta y amigo-; Agustín Jiménez -poeta, editor durante buen tiempo del suplemento Athenea del periódico Ovaciones; Nemorio Mendoza -mi editor y gran amigo-; Armando Buendía -mi compadre, excelente diseñador y desde siempre mi gran amigo-; las poetisas Aura María Vidales y Minerva López Méndez; la periodista Patricia Gilhuys, y muchos más que se pierden ahora en el vaivén incesante de la memoria.

DOS. No está de más mencionar que Edgar nunca faltaba a las reuniones, era siempre constante, disciplinado, para estar presente en esos viernes de café (a veces en el Café París, en el “Habana”, el “San José” -de donde es asiduo el gran cantante de música afroantillana Luis Ángel Silva “Melón” -, o “El Gran Premio”), que para nosotros era un día más, porque trabajábamos cerca de esa zona -en la Avenida Bucareli, la llamada avenida de los periódicos-, donde se encontraban la revista Su Otro Yo, El Universal, Cine Mundial, Redondel, Excélsior, y ahí cerca El Nacional, La Afición y varias publicaciones más, donde muchos de nosotros colaborábamos o trabajábamos, y aunque él sólo en alguna temporada, siempre llegaba desde el lejano sur, Tlalpan casi esquina con Ermita Iztapalapa, para estar presente en las tertulias y enterarse de los chismes literarios y colaborar con y en ellos.

TRES. También ahí cerca estaban las cantinas “La Mundial”, “La Reforma”, “La Ópera”, el “Salón Bucareli”, el bar “Chapultepec”, “Casino Americano”, “Bar Blanco” y “La Universal”, donde invariablemente iba a parar una buena parte de nuestros sueldos. Pero Edgar no llegaba ahí, nunca lo vi en esos lugares de disipación, ni en “El Molino Rojo”, ni en “El Caballo Loco”, o el “San Francisco Golden Gate”, el “Dos Naciones” o la “La Rana Sabia”, o “La Leyenda”, o el “Bananas Ahí” o algún otro lugar donde convivíamos y con-bebíamos con el alcohol y las chicas malas. Edgar era un muchacho sano, clasemediero de la peor ralea -no lo digo peyorativamente-, que se dedicaba a estudiar, trabajar y las labores propias de su sexo.

Debo decir que entre los escritores, sobre todo entre mis amigos, somos muy dados a los exceso y a los vicios, cosas de las que nuestro querido Edgar siempre se ha mantenido al margen y lo que causaba extrañeza en muchos de nosotros, y por eso siempre nos preguntábamos: ¿de dónde salen y saca esas historias exacerbadas, lúdicas, frenéticas, desquiciantes, que nuestro autor pone en sus textos? Lo ignoro totalmente y nunca hemos platicado al respecto, pero las historias ahí estaban, en sus libros, y como el lector corroborará en este libro, son textos trepidantes, sexosos, desbocados, terribles y profundamente anormales.

Antes de que se conocieran los casos, ahora frecuentes, de los transgénero, Edgar ya había hecho las cirugías literarias necesarias para que un hombre se volviera mujer y una mujer se volviera hombre -ahora está muy de moda la historia del ex campeón olímpico en decatlón, Bruce Jenner, padre de las Kardashian y ahora habilitado como Caitlyn- y que además se embarazaran, nuestro autor ya había hecho lo necesario, literariamente hablando, para que animales que no vuelan volaran y animales que reptan nadaran, una mezcla frenética de hechos y sucedidos que no nos imaginamos, como cuando un chavo cohabita con su almohada y la embaraza, teniendo como producto de esa unión a un bebé almohadito.

CUATRO. Edgar Escobedo Quijano es un autor de una obra disparatada -y debo de decir que una novela “disparatada”, que apunta en muchas direcciones, es Rajuela del gran Julio Cortázar o La muchacha que tenía la culpa de todo de Gustavo Sainz, o el Ulises de James Joyce: los textos de nuestro autor apuntan en todas y muchas direcciones, a todo y a nada: y nos dejan boquiabiertos: ¿ahora qué se le va a ocurrir a este tipo? Porque de verdad uno nunca sabe qué va a pasar en sus textos.

En los textos (¿relatos?, ¿cuentos?) de nuestro autor hay un frenesí creativo y vital que apunta para todos lados y que no permite ni siquiera catalogarlos como cuentos, relatos, fantasías, o lo que se acumule esta semana. Cuando veo al papá y esposo Edgar darle la leche y galletas a su hijo Hansel, convivir pacífica y civilizadamente con su esposa Josefina, siempre pienso y sigo pensando ¿de dónde salen esas historias desquiciantes, locas, abrumadoras? Un señor que toma leche, se duerme temprano, casi no bebe, no fuma y se porta bien, no es la imagen del autor que ha conseguido o se desprende de estos textos delirantes y frenéticos. Es como si pudiéramos ver al Marqués de Sade bordando y tejiendo chambritas o a Juan Jacobo Casanova quieto y tranquilo tomando un capuchino en su hogar, rodeado de sus hijos.

Y aquí viene lo espinoso, que no es nada claro: cómo catalogar a una literatura que no es posible catalogar. Siempre se clasifican los modos y formas de la narrativa -cuento y novela- y de la poesía de acuerdo a ciertas características esenciales y así podemos hablar de lo “Real Maravilloso” o “Realismo Mágico” y del “Boom” de la novela latinoamericana, pero cómo clasificar a este tipo de textos que no tiene nada qué ver con “La Onda”, con el Realismo, ni Mágico ni Socialista, ni con el Infrarrealismo, menos con la narrativa de la Revolución Mexicana, por ejemplo. Señalaríamos, como lo hace Harold Bloom, que es mera “Literatura de la imaginación”, donde todo se vuelve posible y real, donde la página es el lugar donde suceden los hechos.

Tenemos que decir que son “fantasías”, delirantes fantasías, donde hay un “Nene colmilludo”, un “Frankenstein de chicharrón”, un “Fabricante de Yetis para ser usados en nuevos cuentos y novelas” y muchos etcéteras, etcéteras, etcéteras. Cuentos espesos, relatos anegosos, que como arenas movedizas, nos inmovilizan y tenemos que hundirnos en ellos irremediablemente. En ese sentido lo creo más cercano a Julio Torri y a los autores de minificciones, de los cuales en la literatura mexicana por fortuna hay legión, aunque no todos son conocidos.

No podemos hacer teoría literaria de estos textos porque el autor es muy cercano a nosotros y si éstos valen por lo que son, en algún momento no faltará un crítico en un futuro no lejano, que los desechará o dirán que eran -o son- la maravilla de la narrativa mexicana contemporánea, casi al nivel de Juan Villoro, Raúl Rodríguez Cetina o Carlos Fuentes -autor que no es del agrado de Edgar y motivo de algunas discusiones con él-, que yo lo veo más cercano a Guillermo Cabrera Infante y otros autores caribeños, también está atrás de sus textos El libro de la imaginación de Edmundo Valadés -libro fundamental para todos los que hacemos literatura-, Antología del cuento breve y maravillosos de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares; aunque Edgar habla con cariño de sus autores y libros predilectos: Carlo Collodi, Lewis Carroll, Hoffmann, Michael Ende, la Generación Perdida, Homero y los trágicos griegos, “Las mil y una noches”, Selma Lagerlof, Colette y Francoise Sagan, Antoine de Saint-Exupéry, su tocayo Edgar Allan Poe y Oscar Wilde, la revista El Cuento de Edmundo Valadés, José Revueltas y nombra como su póker a Rulfo, Borges, Cortázar y García Márquez, y otros tantos libros y autores de América Latina, además de otros no tan famosos como “El padre tembleque” de Octaviano Valdés, “Céfero” de Xavier Vargas Pardo, poemas de Guido Gezelle, Perros noctívagos de Luis Moncada Ivar (de quien me ocupé en el número 82 de Molino de Letras) y El detective tropical de Dámaso

Murúa. Aunque él mismo ha calificado a su narrativa como “fosforescente” y no le falta razón porque brilla con luz propia.

CINCO. ¿De dónde salió esa imaginación ululante, desbordada, locuaz, que permite la creación de estos textos aquí presentados? Un sujeto que estudia en el Kínder Patria, la Primaria Novoa, la Secundaria 13 (“Enrique C. Olivares”, y que desde hoy pedimos que se llame “Edgar Escobedo Quijano”, por su méritos de campaña y literarios), la Preparatoria 6 de Coyoacán de la UNAM (entre los mejores 20 promedios de su generación: 1980-1982), la Facultad de Derecho (piropeaba a su maestra de Sociología, la hoy magistrada Olga Sánchez Cordero, para alegrarla cuando llegaba enojada), la Facultad de Filosofía y Letras (recuerda a su maestro de Latín, Tarcisio Herrera Sapién), ambas de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo imaginamos de lo más común y corriente del mundo, cuyo camino es y era terminar una carrera, plantar un árbol, tener un hijo y, en un descuido, escribir un libro, pero no, algo pasó, y ese muchacho clasemediero y hasta ese momento de lo más normal, se desquició y comenzó a hacer una carrera literaria, Literatura, y como Alonso Quijano, su pariente de apellido, personaje de El Quijote, quiso avanzar por un rumbo que presagiaba “sangre, sudor y lágrimas”, aventuras, sabores y sinsabores.

Ahora entre sus libros, como ya parte fundamental de su obra, se encuentran: La Mexiquíada (novela infantil), Cuerpo de Piedras Preciosas (novela), varios libros de cuentos entre los que destacan Fosforescencias, Cuentos Prohibidos, la Antología, Ponle mi foto al muñeco, El conejo que agacha las orejas por la infancia de capacidades diferentes (cuentos para niños, Ed. Luna Negra, México, 2014. 128 pp.), igual algunos títulos de investigación como Brujería negra Vudú, Yoruba y de Brasil (Ed. La Biblioteca, México, 2014, 156 pp. con un contenido que no tiene desperdicio y que nos da valiosa información sobre este tipo de actividades en las que uno puede creer o no, pero que se dan y hay gente que cree en ellas), Angeles (firmado con el seudónimo de “Aura Shyler”), también aparece en la antología Abrevadero de Dinosaurios (minicuentos, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2014. 110 pp., donde publica el cuento más breve de la Literatura, incluso mucho más breve que “El Dinosaurio” de Augusto Monterroso; y del ensayo- novela cubista Santa Muerte, El Libro Total. También es autor del libro de viajes La Eurodisea del Jaguar Rojo, y de Santa Muerte: La Niña Blanca; Descuartizadores, de Jack el destripador al Caníbal de la Guerrero; El Gran Libro de la Suerte (que en sus páginas tiene todas las supersticiones, amuletos y talismanes) y además es cofundador de la revista Devoción a la Santa Muerte del corporativo Editorial Mina.

La Obra Literaria de Edgar Escobedo Quijano ha sido ampliamente comentada, reconocida y recomendada en distintos medios de comunicación de México y otros países, entre ellos algunos europeos y algunos críticos literarios como Jean-Marie Colombani (Director del periódico Le Monde, París, Francia; Suplemento Des Livres), Leo Magnino (Revista La Cultura nel Mondo, Roma, Italia), Juan Luis Pla Benito (Revista Pliego de Murmurios, Barcelona, España), Federico Patán (Suplemento “Sábado”, del periódico unomásuno), Ignacio Trejo Fuentes (periódico Milenio, y “México en la Cultura” de la Revista Siempre!), le han dedicado palabras elogiosas y algunas notas.

SEIS. Luego de 31 años (La muñeca del arcoiris erótico incluye sus cuentos de 1984 a 2015) haciendo literatura, en estos cuentos se encuentra la labor minuciosa y constante de nuestro autor, y creo y siento que a partir de la publicación de este volumen, donde se reúne una selección de sus textos, Escobedo Quijano pasa a la dimensión de la literatura para lectores, de la Literatura con mayúsculas, que exige una lectura atenta y nada frívola.

Ya llegó con sus trabajos y méritos de la Liga de Ascenso a la Primera División Profesional. Ahora, como lo dice Dante

Los lectores de a deveras, son gente seria, son gente sensata que está acostumbrada a leer literatura que debe dejar algo en ellos. No son lectores de Paolo Coelho o de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, sino que son entusiastas y febriles que han leído a García Márquez, a Cortázar, a Rulfo, a Fuentes, a muchos otros más.

Edgar entra al terreno en donde se espera una buena literatura en un volumen y entonces sí, por más que le eche yo porras en la presentación, quien tiene la última palabra, quien es el juez, es ese lector que ahora está leyendo estas líneas, quien se deleitará, sufrirá o se quedará con buen sabor de boca o un conocimiento a partir de los textos que aquí nos presenta nuestro autor.

Repito: no son textos comunes, no son textos corrientes, el trabajo de Edgar exige, como toda lectura, concentración y tiempo. Si así lo hiciere el lector, encontrará un universo locuaz de situaciones que no es fácil encontrar en otro autor. Así pues, amigo lector, cuando entres a este volumen deberás de abandonar toda esperanza de encontrarte con textos complacientes o “bonitos”; entras a otra realidad que se escapa de nosotros mismos, entras a situaciones que son inconcebibles para la verdad pero no para la realidad de la Literatura.

Bienvenidos entonces a esta profunda aventura literaria de la narrativa de Edgar Escobedo Quijano.

Chapingo, México-Iztapalapa-Bondojito, 28 de diciembre del 2016, día de la llegada de Julio Arturo Mata Trejo.

Arturo Trejo Villafuerte

Profesor investigador de la Universidad Autónoma Chapingo y miembro del ISEHMER de la misma institución. Sus más recientes trabajos se han publicado en: Alas de lluvia (Poemas, 2010), Sueños al viento (Poemas, Antología, 2010), Ecos del tiempo (Poemas, Antología, 2011), Poemas para un poeta que dejó la poesía (Antología, 2011); y en la editorial Cofradía de Coyotes: Donde la piel canta (Poemas, Antología, 2011), Coyotes sin corazón (Cuentos, Antología, 2011), Sombras de las letras (Ensayos, 2012), El tren de la ausencia (Cuentos, antología, 2012), Perros melancólicos (Cuentos policíacos, antología, 2012), Abrevadero de Dinosaurios (Antología, 2014), Árbol afuera (Antología, 2014); además de Mi vida con las mujeres (cuentos), Amar es perder la piel (Ed. Molino de Letras-UACh, 2013) y Lámpara sin luz (Novela Fondo Editorial del Edomex, 2013).

Para Josefina García Paredes y Julio Arturo Mata Trejo

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Nació en Ixmiquilpan, Hgo., en 1953, es egresado de la FCPyS de la UNAM. Sus más recientes trabajos se han publicado en: De Neza York a Nueva York. From Neza York to New York. Una antología de poesía de la Ciudad de México y la Ciudad de Nueva York. A bilingual anthology of the poetry of Mexico City and New York City (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2015. 220 pp), Escobas de fuego (Historias de brujas), (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.), Ret(r)azos (Cuadernos de Pasto verde, Orizaba, 2017. 34 pp.), Amores chapingueros (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.) y Respirando por la herida (Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 94 pp.)

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