El amor en los tiempos del escrutinio

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Cuando la gente busca el amor, éste suele aparecer en los sitios más inverosímiles y en los momentos menos adecuados. Pueden pasar años con ese espasmo indescifrable escondido detrás del corazón y la vida que los lleva y los trae como a cualquier hijo de vecino, pero cuando la flecha hace centro aguantando un viento de cola más poderoso que Marlon Brando en El Padrino cuando medio mundo le besaba el anillo, ahí sí, pierde entidad lo que informe nuestro sofisticado sistema de sensores, porque cuando te salen ojos de lince y el centro del alma alcanza niveles de potencia incendiaria, no importan los cataclismos, ni los compromisos, ni los malhumores de los políticos, ni las intrigas que como un pan se convidan a diario, ni los dientes apretados, las traiciones, los nervios, los apurones, ni el gentío de medio país que transitó por cada rincón de la honorable legislatura.

Todo aconteció entre marzo y abril del año 2011. Habíamos votado para elegir nuevas autoridades provinciales pero el carro de todos nosotros se empantanó de tal manera que unos empujaban para un lado, otros para el contrario, los de más allá indicaban en arameo vaya uno a saber qué cosa, los de más acá vociferaban y hacían señas que nadie entendía, los del medio se encerraban en su propia alquimia pero esas son gentes a las que la emotividad les cambia el color cada quince minutos; los de las gradas altas descansaban a la sombra del talud de los frailes, miraban todo con el ceño fruncido y se tapaban la boca con el canto de la mano, mientras los de gradas bajas iban y venían con papeles, carpetas, fotocopias, urnas, votos, planillas, mediaslunas, transpiraban y aceleraban el paso soñando con el final del día.

Fue un espectáculo fascinante para el espíritu observador, decadente y extraordinario a la vez porque todos los mecanismos de la democracia estaban en juego, como en un gran tablero repleto de perillas, botones, teclas, esferitas, palancas, clavijas, puertitas y llaves, con todas las luces encendidas y con el cortinado corrido de par en par, que todo el mundo diga, opine, reserve su argumento y largue al ruedo su opinión.

Y la carreta embarrada como nunca antes mientras por la noche bajaba desde el norte buscando su lugar, una tropilla de periodistas de todos los medios nacionales, los habidos y los por haber también, más los nuestros, que por cierto estaban de antes y conocían al detalle esa corte de los milagros establecida en plena casa de las leyes.

El forcejeo se presentaba como una parada brava y cada contendiente estaba dispuesto a ejercer su mayor destreza a fin de obtener su parte del león.

Todos hacían lo que creían que debían hacer y por eso, ocupados como estaban en sus intensos menesteres, nadie reparó en el fogonazo que aconteció en plena puja comicial. Fue un resplandor único que nació de la caprichosa urna celestina que tanto se nombró por esos días. Recorrió cada esquina del palacio legislativo atropellando a quien hallara en su paso y aun así, nadie reparó en ese maravilloso suceso.

El amor no cotiza en estas ligas donde se juega el destino colectivo pero en medio de ese escenario operístico, hubieron dos que se prendaron de tan magnífico modo que sólo por eso, el complejo, acalorado e intrigante escrutinio definitivo del año 2011 valió la pena; no sólo para la democracia, por cierto.

Que sería del mundo sin estos eventos irracionales, desbordados, generosos en entregas hormonales que aceleran de tal modo a la razón que la ponen verde e inadecuada para proseguir con su intento de orden; si esto no sucediera, no habría canción popular, ni poesía, ni cine, ni imaginación apremiada por una combustión que te lanza a la estratosfera, ida y vuelta en solo un pestañeo.

Aconteció en el sitio donde se sueña el futuro para que el dictamen alcance a todos, y fue justo cuando las ruedas del carretón de todos nosotros estaban más profundamente hundidas en el charco, pero ¿qué le importa eso al amor?, ¿qué pena puede sentir el amor?. No sólo hay que asegurar la especie gritó el trovador, también debe haber júbilo indicó el juglar, contacto visual, temblor, incertidumbre, confusión, risas sin motivos, ganas de compartir, un bebida, una reunión de dos, una comida, el salto tan temido.

El desatino de la creación humana es lo que siempre ha puesto temeroso al juicio y en el más inadecuado de los escenarios posibles la adhesión incondicional a los dictados del corazón, dijo presente.

Él carga con 70 y ella con 53. Son inocentes de toda práctica teórica ejercida en ese escenario de doctrina, pero ambos, cuando se acuestan por las noches y se miran a los ojos, piensan con alegría en las palabras del bardo español, Ángel González, cuando dijo “… para que mi ser pese sobre el suelo, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo”.

Finalmente, cuando se abrieron las urnas, hallaron votos, votos y más votos, junto a los rastros de dos plumas de cupido.

Algunos señalaron fraude; en realidad fue el amor.

Los editores en español de The Best American Noir of the Century, antología preparada y prologada por James Ellroy y Otto Penzler, acertaron rotundamente al titular la versión hispánica con la expresión American Noir, toda vez que el sustantivo francés noir se ha convertido en carta de identidad de aquel subgénero narrativo al que en español llamamos relato negro, policiaco, detectivesco o de intriga, con lo cual no hemos hecho más que confundir y enrarecer al subgénero. El sustantivo noir, en cambio, ha mucho que reunió las distintas vertientes de aquél, e incluso ha dejado espacio para su evolución discursiva.

De hecho, los relatos que integran American Noir bien pueden leerse como rápidas crónicas de la vida estadounidense a lo largo del siglo XX. Rápidas, que no desaforadas ni despendoladas, pues esta selección de relatos destaca por su cohesión y coherencia internas, al punto de que se   Escritor y poeta nicaragüense, autor del poemario De todas las vidas posibles… advierten enlaces entre las narraciones, imperceptibles vasos comunicantes que las mantienen no sólo unidas, sino también en contacto.

Si se atiende al título original en inglés, el volumen quiere ser un muestrario de cien años del relato noir estadounidense; sin embargo, el orden cronológico del libro no está determinado por décadas sino por la relevancia de los autores, lo que explica el salto que hay entre Pastorale, narración de James M. Cain con que abre el volumen, publicado en 1928, y el siguiente, ¡Muere!, dijo la dama, de Mickey Spillane, publicado en 1953.

Muy probablemente para dar cabida a autores menos conocidos o de reconocimiento postergado, Ellroy y Penzler sólo incluyeron en la antología a James M. Cain, y no a Dashiell Hammett y Raymond Chandler, con los que formó la tríada que entre la década de 1920 y la de 1950 marcó con tinta indeleble la pulp fiction. En lugar de Chandler y Hammett, los antólogos se decidieron por autores no tan apreciados, a ratos favorecidos por el éxito, como Mickey Spillane Elmore Leonard, aunque las más de las veces ensombrecidos por la incomprensión, como David Goodis y Jim Thompson.

Si bien la elección de autores puede no satisfacer a más de uno, lo cierto es que Ellroy y Penzler van en su propuesta de lectura más allá de la selección canónica, por lo que en American noir ofrecen a los lectores no sólo una decena de escritores, sino que también evidencian las dificultades literarias y extra literarias que enfrentan aquellos que quieren habérselas con la narrativa noir.

Como apunté antes, la selección abre con Pastorale, el primer cuento que publicó James M. Cain, y que anunció tanto lo que fue su estilo narrativo, afecto al narrador en primera persona y a los retratos concisos y puntuales del carácter de los personajes, como una de sus preocupaciones morales: el destino

de los perdedores, condenados lo mismo por las circunstancias que por sus propias acciones al fracaso, como nos indica el anónimo narrador testigo desde las primeras líneas del cuento:

Bueno, pues parece que van a colgar a Burbie. Y si lo cuelgan podrá echarle la culpa a esa manía suya de creerse siempre más listo que nadie. Es que Burbie se fue del pueblo cuando tenía unos dieciséis años. Se largó con algún espectáculo ambulante de ésos, creo que era “East Lynne”, y luego se tiró diez años por ahí. Y al volver se creía que lo sabía todo.

En efecto, el grueso de los relatos y las novelas de Cain está poblado por estos seres que al buscar la redención se condenan y a los que, sin embargo, no podemos llamar ángeles caídos, porque no son ángeles sino outsiders, seres de antemano expulsados de la sociedad “normal” y de sus valores.

La inclusión de Pastorale cumple como homenaje a uno de los escritores emblemáticos del relato noir, a la vez que señala el ambiente social y el tono moral de los otros nueve relatos que conforman American noir. Pero, hay que aclarar, no se trata de ambientes y tonos que castigan la pobreza moral, el desvarío o la franca perversión de los personajes; al contrario, ambientes y tonos resaltan la seducción de transgredir leyes y balancearse en el abismo. Como apunta James Ellroy en su introducción al volumen:

La fascinación de lo negro está en la fuerza de la renuncia moral y de la entrega a la excitación. La importancia social de lo negro radica en su capacidad para fundarse sobre los grandes temas de raza, clase, género y corrupción sistémica. El júbilo dominante y el atractivo definitivo de lo negro consisten en hacer de la condena una diversión.

Casi es por demás anotarlo, dicha “fascinación de lo negro” empuja a los personajes a la ambigua relación con la muerte que es cara a todos los verdaderos antihéroes de la narrativa noir, como Freddy Lamb, el asesino a sueldo de Un profesional, el cuento de David Goodis con el que Penzler y Ellroy revaloran a este autor, poco estimado en Estados Unidos.

Lamb es un cordero, tanto porque eso significa su apellido, como porque en su obediencia servil al jefe gánster Herman Charn es un cordero capaz del autosacrificio con tal de conservar su rango de profesional; por ello cuanto Charn le ordena matar a Pearl, la mujer que ambos aman, Lamb la asesina y se suicida: la mujer lo ha hecho dudar de su oficio y él no podría sobrevivir sabiendo que en lo íntimo ha flaqueado.

Al igual que Goodis, a Jim Thompson nunca se le ha estimado mucho en Estados Unidos, a diferencia de Francia, en la que ambos gozaron y aún gozan de la estima de los lectores y la crítica. Al respecto, en la nota correspondiente a Goodis, Penzler y Ellroy con un dejo de ironía recalcan: “Parece que a los franceses les interesa esa sensación de absoluta desesperanza, pues ellos lo consideran entre los más grandes escritores americanos.” Curioso, con su ironía los antólogos parecieran olvidar el hecho de que el relato noir surgió y se desarrolló y ha evolucionado en el desencanto y el fatalismo, en una actitud contradictoria, porque al desencanto por la vida se empareja la obcecada sublevación al orden social, que inmoviliza a los hombres y las mujeres y los reduce a la ignominia. Fatalismo y sublevación es lo que mueve a Ardis Clinton, la protagonista de Para siempre jamás, a planear el asesinato de su esposo. Relato lacónico, en éste Jim Thompson creó una atmósfera opresiva, en que el sueño y la muerte se entrelazan:

-¡Basta¡ ¡Basta¡ -sus gritos llenaban la sala. Gritos silenciosos que hendían el silencio-. ¡Está…¡ ¡Estás muerto¡

¡Lo sé¡ Sé que estás muerto y no tengo por qué aguantar esto ni un minuto más. Y. Y.

-Yo no apostaría mucho por eso – dijo él, en tono suave-. Y mucho menos teniendo el cuello roto como tú.

Se alejó con paso cansino hacia el baño, dondequiera que esté el baño en la eternidad.

El relato noir, así, está indefectiblemente atado a la desmoralización, al punto que a ratos se mezcla con el pesimismo. Al leer un relato o una novela noir, debemos tener presente que este subgénero narrativo emerge del capitalismo, desde sus orígenes con Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, hasta su etapa de madurez y de constantes reinvenciones en el Estados Unidos del siglo xx, es decir, justo en el país que asumió con mayor vehemencia la moral capitalista, que puede resumirse en el axioma financiero: minimizar costos y maximizar beneficios.

Esta lógica financiera no es superficial, toda vez que ha alimentado

el individualismo y la indiferencia ante la desgracia ajena que dominan el espíritu del mercado. Ese individualismo insaciable es el que solivianta las ansias homicidas de Edward “Skip” Skipperton”, el asesor financiero de Lenta, lentamente al viento, relato que Patricia Highsmith publicó por vez primera en 1976, dos años después de la dimisión de Richard Nixon como presidente de Estados Unidos debido al escándalo político del Watergate. Uno de los artífices del neoliberalismo económico, que reeditó al capitalismo salvaje del siglo xix, la inmoralidad de Nixon se reproduce en “Skip” Skipperton”:

A Skipperton le proporcionaba ahora un gran placer controlar el maizal con sus binoculares de diez aumentos desde la ventana del dormitorio del piso superior. Le encantaba ver cómo el viento mecía las puntas de los tallos en torno al cadáver del viejo Frosby, le encantaba pensar en él, imaginar cómo se encogía y se secaba, igual que una momia al viento. Se retorcía lenta, lentamente al viento, como solía decir el ayudante de Nixon acerca de los enemigos del presidente.

He apuntado en líneas anteriores que la narrativa noir procede directamente del capitalismo, y en esencia del capitalismo salvaje, al que retrata de manera despiadada, aunque sin proponerse necesariamente servir como narrativa de crítica social. Son los temas que aborda, siempre en los márgenes de la ley, de la ética e incluso de la existencia, los que la hacen lindar con la denuncia. Claro está, ha habido escritores, como Patricia Highsmith o el propio James Ellroy, que muy a conciencia han introducido con mayor o menor énfasis la crítica social en sus escritos. Pero también la narrativa ha dado cabida a la voz de Mickey Spillane, narrador abiertamente derechista y poco afecto a cuestionar al sistema.

En su prólogo a la antología, Otto Penzler diserta: “Curiosamente, la categoría de lo noir no difiere mucho de la de lo pornográfico, en el sentido de que ambas resultan virtualmente imposibles de definir, pero todo el mundo cree saber reconocerlas cuando las ve”. La disertación de Penzler es cuestionable pero también certera: con simplismo y carencia de miras, muchos críticos e historiadores literarios han pretendido reducir la narrativa noir a fórmulas, tipos y clichés preestablecidos, de los que, según su perspectiva, no deben desentenderse los escritores.

Los diez autores reunidos en American noir de hecho dan fe de las características más conocidas del subgénero, pero sobre todo testimonian la capacidad de éste para revisarse y renovarse, garantizando su evolución y permanencia.

Por ello, a reserva de que coincidamos o no con algunas de las aseveraciones de Penzler y Ellroy, debemos reconocer que acometieron la selección con sentido de la habilidad técnica y de la creatividad discursiva, lo que hace de American noir una antología rigurosa y perspicaz, en la que encontramos las sonrisas desesperadas o crueles, abatidas o sarcásticas, que se fusionan y se dispersan por las calles y los caminos del otro Estados Unidos, la América inhóspita que desde los días de James M. Cain ha campeado en las páginas de la narrativa noir.

Sergio Pravaz 

Periodista y escritor argentino

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