Aluxe

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En un pequeño poblado de Yucatán llamado Umán vive un campesino de nombre Rosendo.

Don Rosendo, como se le conoce por el rumbo, cultiva cada seis meses maíz; un maíz al que él cataloga como el más puro de México, nada de transgénicos ni esas cosas de ciencia que un tal Monsanto intenta dañar, no, no. Para don Rosendo basta con darle el mejor trato a la tierra para que ésta produzca varios tipos de maíz, desde el prietito hasta el amarillito.

Durante años, don Rosendo ha procurado sus tierras; las cuida de plagas, ladrones o animalitos que pudiesen comerse sus cultivos. Y a pesar de ser un campesino a él nunca le hacen chanchuy con las leyendas y los chismes que andan circulando por allí: es completamente escéptico de las cosas que se cuentan en el pueblo, como esas criaturas mágicas llamadas Aluxes, duendes mayas traviesos, pequeños y bromistas que esconden las pertenencias de quien sea.

Esa capacidad de fabulación de la gente del pueblo no le convencía en lo más mínimo; podría creer en Chaac, dios maya de la lluvia, pero no que éste tuviese auxiliares que le ayudasen a romper esos cántaros de agua.

De niño, su abuelo le contaba diversas historias acerca de los Aluxes; si un calcetín se perdía o era ilocalizable, su abuelo le preguntaba: ¿a dónde irán esos calcetines divorciados?, ¿hay un universo paralelo en el que aguardan a sus pares o buscan otras relaciones en un ambiente más liberal que permita que el calcetín verde se lleve de maravilla con el rojo? Eso le hacía reír muchísimo a don Rosendo; sin embargo, después de preguntarse a sí mismo si eso era posible, su abuelo mencionaba que “si existe en verdad un cosmos mágico no apto para el ser humano, era probable que los Aluxes provinieran de allí”.

De esta manera, tuvo una búsqueda implacable por hallar dichos duendes, sin embargo, fue en vano, ya que nunca pudo ver alguno. Hoy, don Rosendo tiene 54 años; vive a las orillas de Umán, en una cabañita humilde habitada por él y su perro Solovino, acompañante incondicional.

Un día caminando por los campos de maíz, comenzó a escuchar silbidos, tantos que por un momento pensó que se trataba de escorpiones o grillos, pero el sonido no se asemejaba a ninguno de ellos.

—Seguramente me están jugando una broma —pensó. — Estos condenados escuincles… ahorita que se asomen les arrojaré una piedra para espantarlos y que me dejen en paz —Solovino, vente pa’áca! —gritó.

Esa tarde, no hizo caso sobre los silbidos, comenzó a recolectar maíz, ya que el martes debía bajar al pueblo para venderlo. Una vez terminada la recolección se fue a casa.

Al caer la noche, don Rosendo se preparó un poco de Pozol bien calientito para dormir a gusto. Mientras tanto, comenzó a quitarse todas las marañas que le hacía estorbo para descansar, comenzando por su sombrero. Lo dejó encima del buró que se encontraba a un lado de su cama, su paliacate cayó encima del sombrero cubriéndolo como una lona a su coche, se quitó las botas; las sacudió enérgicamente por tanta tierra que traían del campo, se levantó y comenzó a beber su Pozol.

—¡Ah que rico caray! —dijo con ánimo de desahogo— Sí el pulque es la bebida de los dioses, el pozol es la bebida de los mortales como yo —Se rió sonoramente de su pensamiento. Después que terminó de beber, de inmediato cayó rendido en su cama.

A la mañana siguiente, don Rosendo se percató que no estaba una de sus botas, su sombrero había desaparecido, su paliacate cubría otro par de botas que se encontraban por la mesa, y su rico Pozol se había evaporado; en ese instante le pareció muy extraño, pero sin temor alguno, sólo comenzó a buscar sus cosas.

—¡A Caray!, qué raro está todo esto, si no tengo el sueño tan pesado ¿Cómo es que no escuché a nadie? ¡Solovino!, ven pa’acá —El perro un poco atemorizado, sumiso y con la mirada triste, moviendo la cola como los limpiadores del parabrisas de un coche, llegó a los pies de su amo.

—A ver tú, ¿por qué no me avisaste que entraron esos escuincles a mi casa y me robaron mi bota? Eres el guardián de la casa y de mí —El perro con gemidos de tristeza, miró a su amo con ánimo de entender lo que éste le decía —Ya sé Solovino, estamos viejos —acarició el lomo del perro— y a nuestra edad el sueño nos vence y quedamos bien dormidos que ni una locomotora logra despertarnos. Ándate, hoy me acompañarás al pueblo para vender el maíz.

Una vez que bajó al pueblo, se instaló en un pequeño espacio donde pudiese caber su maíz, extendió un costal y encima de éste vació el maíz que había recolectado; en ese momento llegó un viejo amigo llamado Felipe a quién no dudó en comentarle las cosas extrañas que le habían sucedido.

—Yo dejé todas mis cosas allí, pos nunca me he preocupado por acomodarlas en algún lugar en especial; no más llego del campo y lo que quiero es dormir; pero ayer, me comenzaron a silbar, me escondieron algunas cosas, mi bota ya no la encuentro y mira que afortunado soy de tener otro par que me compré la semana pasada allí con don Pepe; pero eso no es lo peor, méndigos escuincles, se acabaron mi Pozol, ¡onde que estaba bien sabroso!

—Hmm… no, pos sí es raro Rosendo —dijo Felipe—. Pero eso me suena a las cosas que hacen los Aluxes. No sé si te has enterado que últimamente a muchos les están haciendo travesuras, dicen que te dejan de molestar si haces un Hanlicol, ya sabes, llevar al Ha men para que predique por la salud, ahuyente al Aluxe que te está molestando y sirve que te ayuda para que tu campo dé más maíz, ya se acerca febrero y ves que lo vientos andan fuertes.

—Cómo vas a creer esas cosas —dijo Rosendo—. Tú si estás loco. Son chismes absurdos que la gente se inventa nomás para distraerse; chismes como el de Pepe, que la gente anda diciendo que ya se consiguió otra mujer, que porque su vieja lo dejó por otro que si le rueda el petate y se lo enrolla hasta la cocina.

—¡Órale Rosendo, no me andes albureando! —dijo Felipe—. Pues no se Rosendo, no me explico lo que te sucedió, deberías de intentar hacerlo, aunque sea puro chisme pero no está de más; Uno nunca sabe —Felipe soltó una carcajada y dijo: —Ora sí te pasaste con eso de don Pepe.

Durante un largo día de venta, don Rosendo decidió regresar a casa con la única idea de prepararse otro rico pozol y dormir.

Al día siguiente, volvió a encontrar todas sus cosas desordenadas, esta vez ya no estaba su sombrero, su camisa estaba hasta el baño, sus botas estaban más sucias que cuando las sacudió hacía dos días.

—¡Chingaos! Pos. ¿Quién es el que se mete a desordenar mi casa? ¿Qué buscan? ¿Intentan volverme loco?, no entiendo. ¡Solovinoooo!

Y así, durante un buen tiempo, le continuaron sucediendo cosas extrañas a don Rosendo, los silbidos continuaban, las cosas desaparecían, pero al final siempre las encontraba escondidas o puestas en algún otro sitio dentro y fuera de la casa. Hasta que un día ya harto de esto, decidió no dormir para averiguar quién era el vivaracho.

En la noche preparó su pozol de siempre, esta vez lo preparó bien cargado para no dormir. Miró atentamente su reloj, un reloj que le había comprado a don Pepe el martes en la plaza. Rosendo sentía lástima por Pepe, por lo de su mujer. Dieron las once, las doce, la una y las dos de la mañana, y todo se mantenía sereno, la noche se asemejaba a la de un cuento de detectives, todo sigiloso y en suspenso. De repente apareció un pequeño hombrecillo, de estatura similar a la de un niño, su cara era la de un hombre de 30 años, vestía como un tradicional maya, era raro, piel morena y cabello negro; don Rosendo se quedó pasmado al ver tan curioso personaje; inmediatamente, sin dudarlo, lo enfrentó.

—¡Hey! Y tú. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Eres tú el vivaracho que esconde y desordena mis cosas? contéstame o si no te voy a zapear o te lanzaré la bota que dejaste divorciada.

El Aluxe se mostró tranquilo, no dijo palabra alguna por un buen rato, caminó, de un lado a otro esperando quizás que la bota volará cerca de éste. Se detuvo y exclamo:

—Yo soy un Aluxe, guardián de la naturaleza. He venido aquí, debido a que no me has agradecido por proteger tus cosechas, te escondo tus cosas porque no sé cómo llamar tu atención, además me parece gracioso y me bebo tu pozol porque… porque me gusta mucho.

En ese momento don Rosendo creyó estar soñando —Creó que bebí mucho pozol —dijo— Desvelarme tan tarde ya me hace ver mayas del tamaño de un bastón.

—¿De verdad, eres un Aluxe?, ¿esas cosas mágicas que cuentan en el pueblo? —dijo Rosendo sorprendido.

—Así es, mi estimado Rosendo, yo soy un ser mágico —dijo el Aluxe—, pero ahora yo debo preguntarte ¿Por qué no me has puesto mi Kahtal?. ¿Acaso no hemos protegido bien tus tierras? ¿Crees que tus cultivos se mantienen solos? ¿Tú crees que la ex esposa de don Pepe lo dejó por otro que sí le enrolla el petate? Todo tiene una explicación lógica y mi lógica es mágica. Por cierto, ya que andamos en confianza y me estás viendo ¿Tienes un poco de pozol? Vengo sediento.

Rosendo no creía lo que estaba viendo; los rumores, los chismes y las historias de su abuelo eran una realidad, Estos seres mágicos sí existen. Inmediatamente le brindo un tarro de pozol. El pequeño ser, bebió el pozol de un solo trago; Rosendo trato de conseguir un tarro pequeño, pero al no encontrar alguno, le dio uno tan grande que apenas y el Aluxe podía sostenerlo.

—Ahora dime —dijo Rosendo— ¿qué debo hacer para que ya no me escondas mis pertenencias? Ya estoy harto de andar buscando todos los días mis cosas por allá y por acá, luego sí te pasas y me las hechas hasta en el baño y otras las encuentro en casa de Solovino. Y de lo de Pepe, ¿Tú que tienes que ver con eso?

—Muy bien, te diré, debes construirme un Kahtal Alux, así no vendré a molestarte por un buen tiempo y mis silbidos protegerán tu cultivo de ladrones, malos vientos, animales y plagas, ya sabes. Aunque también deberás dejarme un tarro de pozol, ¡de verdad es delicioso! Respecto a lo de Pepe, te puedo decir que su esposa quería un petate cálido y grande para poder dormir, no uno arrugado y maltratado como el de Pepe, sabes a que me refiero; yo sólo le ofrecí a Pepe una mujer que valorará su excelente corazón y a cambio él nos ha alojado en un Kahtal con todos los servicios, hasta tenemos Wi-Fi.

De este modo, Rosendo no dudó en construir el Kahtal junto a su casa; Solovino junto con los Aluxes eran la combinación idónea para cuidar de sus cultivos y de su casa. La tradición marca que durante siete años se debe dejar un tarro de pozol todas las noches para el guardián mágico, después de ese tiempo se debe cerrar el Kahtal Alux para que el Aluxe no vuelva a hacer travesuras.

Los mayas demostraron que la parte más elevada de la ciencia se llama magia; y con ello nos enseñaron que entre la lógica y lo fantástico existe una balanza en donde no pesa una más que la otra. Y como dijo un escritor de nombre Juan Villoro: nada más lógico que los duendes preserven sus derechos en sitios sagrados. Lo misterioso es que también se apropien de las situaciones más profanas.

 

Eduardo Martínez Ramírez

Estudia la licenciatura en ciencias de la comunicación, colabora en diversos medios digitales y como guionista en Radio Mexiquense de Amecameca. Participó en el Taller Ambulante de Creación Literaria que impartió el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario en Ozumba, Estado de México.

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