Aguamarina

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Esta playa es también un bosque donde parece que por error se hubiera colado el mar. Árboles de monte por palmeras, y un sol de invierno que no termina de nacer por completo. En la ribera, el viento es como una lija que va limando las mejillas, y la temperatura del agua en Valdivia, entre más anochece, vuelve más lenta la sangre, pero la sal escuece las heridas.

Estaba ya por amanecer cuando los encontraron. A Vidal lo vieron desde lejos en la playa. Para él no hubo otro modo de pasar la noche que de rodillas frente al altar que había improvisado volteando su lancha sobre la arena, adornada con una cruz hecha de caracoles. De verdad no hubo otro modo. Las plegarias fueron el único bálsamo para apaciguar su angustia, para rendirse en alguien más que no fuera él mismo, para buscar siquiera la promesa del perdón, y que las horas pasaran sin dejar caer toda su gravedad encima de un solo hombre. A veces no queda más que ungir el cuerpo con lágrimas y guardar el aceite sacro para los marchitos.

Martina, Martina, hija… no dejó de repetir entre oraciones y balbuceos desordenados de quien aún sigue embebido en alcohol, pero sobre todo en la tristeza más profunda.

Al amanecer, finos rayos de sol relumbraron sobre el agua y sobre los cristales de la arena que seguían incrustados en las suelas rotas de los zapatos de Vidal. Él permanecía hincado, y su cabeza descansaba sobre la barca donde había puesto el cuerpecito de la niña. Los cabellos de ambos, ondulados y húmedos todavía, se tocaban entre sí, como si estuvieran queriendo entrelazarse en espirales negras a las que no se les veía fin ni principio.

Unas horas antes, los dos habían estado solos en la playa después de la pesca fallida. Vidal no tenía ganas de regresar temprano a casa, y Martina, para matar el aburrimiento, comenzó a juntar piedras blancas con las que hizo un camino, desde donde se encontraba su papá, hasta la mera orilla, donde la arena palpaba el agua. No me voy a perder, papá, este es el camino que tienes que seguir para encontrarme. Vidal estaba ensimismado, afilando su cuchillo de pesca y, sin prestarle mucha atención, asintió con la cabeza, pero no volteó a verla.

Se descuidó sólo un momento, o eso creyó él: quería olvidarse de todo, y cerró los ojos. Se perdió entre sorbos de mezcal que le aliviaban la culpa de no haber pescado nada, y la angustia de no tener tampoco nada que llevarle a su mujer para la cena. Pero el tiempo, relativo, transcurrió distinto para Martina, quien jugaba a ser sirena y se adentró en el agua, y se alejó mucho más allá de donde su papá le permitía, donde la línea de tierra marina empezaba a desdibujarse, a volverse lejana. Y se dejó llevar entre la cadencia de las olas que la fueron envolviendo, de a poco, en un inmenso vestido de holanes y encajes de espuma salina…

Las desgracias casi siempre llegan precedidas de un silencio que ensordece, de una inquietud inesperada que, sin saber por qué, entume el cuerpo. Cuando Vidal se dio cuenta de que todo estaba demasiado callado, volteó con desesperación a buscar a su hija, se puso de pie lo más rápido que pudo, y se dirigió hacia el mar, siguiendo el camino de piedras que acababa de poner Martina. Gritó el nombre de la niña, pero el ruido del mar opacó su voz, la desapareció entre el siseo de las olas y el rumor del viento que tallaba bruscamente las hojas de los árboles.

Papá. fue lo único, y lo último que pudo pronunciar Martina, entre buches de agua salada y espanto. Boca abajo, los labios azules de Martina besaron el mar tantas veces hasta igualar el color de las olas. El agua salada le limpió los ojos, y se los mantuvo tan abiertos que no se sabe hasta qué momento contemplaron la última gota de vida del lado opuesto del cielo.

Con el agua hasta el pecho, Vidal se estremeció al sentir que algo chocaba contra su cuerpo. La mano de la niña lo alcanzó a él. Sin pensarlo, la llevó hasta la orilla, intentó reanimarla durante mucho tiempo, más de lo que cualquiera hubiera luchado, pero su pequeña hija ya pertenecía a otro reino ahora: su lugar era con los peces oscuros, las algas y las sombras, con todo lo impregnado del azul aguamarina, del pálido bálsamo de la muerte.

Estaba ya por amanecer cuando los encontraron. A Vidal lo vieron desde lejos, de rodillas, en el altar improvisado. Y al acercarse, descubrieron frente a él, el cuerpo de la niña. Vidal había tendido su red de pesca sobre Martina y también la pasó sobre sí mismo, momentos antes de caer vacío sobre el charco de su propia sangre. Para él no hubo ningún otro modo de pasar la noche.

Claudia Yenisey